Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La fe que Jesucristo quiere.

Homilía k041001a, predicada en 20020311, con 9 min. y 25 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, podemos decir que las lecturas de hoy, especialmente el Santo Evangelio, nos invitan a una purificación de la fe. Es una lectura un poco extraña la del Evangelio que hemos escuchado. Jesús anuncia a los discípulos: Un profeta no es estimado en su propia patria porque está volviendo a Galilea. Pero inmediatamente dice el evangelista: Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, y se queda uno como extrañado. ¿Por qué Jesús dice que un profeta no es estimado en su patria? Y lo que encontramos es precisamente que lo han recibido bien. Ahí queda uno como desconcertado.

Y luego, más adelante, encontramos lo siguiente. Oyendo que Jesús había llegado a Galilea, fue a verle un funcionario y le pedía que bajase a curar a su hijo. Jesús toma una actitud un poco dura, podríamos decir, o por lo menos desengañada. Como no veáis signos y prodigios, no creéis. Y nos quedamos un poco sin entender en qué consiste la queja de Cristo. ¿Por qué dice que se siente mal recibido? ¿Y por qué esa actitud? ¿Por qué esa respuesta un poco agria a este hombre que pedía una curación? Si nosotros miramos más de cerca el evangelista me parece que nos da claves para entender qué es lo que está sucediendo aquí, qué es lo que le duele a Cristo y, por consiguiente, qué es lo que Cristo quiere que cambie en nuestra vida. Porque el dolor de Cristo nunca es un dolor estéril, es un dolor que nace del amor y es un amor que quiere nuestra transformación según el plan de Dios.

Resulta que el evangelista dice: Los galileos lo recibieron bien porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta. Es decir, hay una razón para ese recibimiento. Lo recibieron bien porque habían visto lo que había hecho. Y la frase que dice Jesús a este hombre va como en el mismo sentido, -Como no veáis signos y prodigios, no creéis. Es decir, Jesús admite que hay una fe, pero ve que esa fe sigue dependiendo de signos y prodigios. La fe de la gente y la manera de recibir a Jesús depende de lo que ven, de lo que comprueban. A mí me parece que ahí está la clave para la comprensión de este evangelio. Jesús es bien recibido, pero bien recibido, porque habían visto por lo que habían visto en la fiesta. Y el funcionario está abierto a la fe por un signo, por un prodigio que espera ver. Y Jesús quiere ser bien recibido, y Jesús quiere que nazca la fe sin necesidad de ver.

Obsérvese cómo Jesús le dice a ese funcionario real: Anda, tu hijo está curado. Iba ya bajando, cuando sus criados, los del funcionario, vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo estaba curado, les preguntó a qué hora le dijeron la hora y el padre cayó en la cuenta de que esa era la hora cuando Jesús le había dicho que estaba curado y creyó él con toda su familia. Lo más interesante es que cuando Jesús le dice: Anda, tu hijo está curado. El Evangelio añade: El hombre creyó en la palabra de Jesús. Pero luego, cuando le dijeron: Tu hijo se curó a la hora en que Jesús te dijo que estaba curado. Dice: Él creyó con toda su familia. Son dos momentos del creer. Hay un creer inicial, una aceptación de la Palabra del Señor. Luego viene una comprobación. El hombre comprueba y en ese momento el evangelista vuelve a decir: Creyó. Y sin embargo, la fe que quiere nuestro Señor Jesucristo es una fe en él por ser quien es.

La misma idea que vamos a encontrar en este Evangelio. Hacia el final, en ese famosísimo pasaje del apóstol Tomás Tú crees, porque has visto: Dichosos los que sin ver creen. Jesús sabe que el ver las señales, el ver que el niño se curó a la misma hora, Jesús sabe que eso despierta fe, pero esa no es la fe que a Él más le gusta, y esa no es la manera como Él quiere ser recibido. Al principio del Evangelio dice: Un profeta no es estimado en su propia patria. Entonces, ¿Cuál es la estimación? ¿Cuál es la estima que espera Jesucristo? Jesús espera ser estimado. Jesús espera ser acogido y amado por ser quien es. Y esto supone en nosotros una purificación de la fe. Ser bien recibido porque se han visto los prodigios no es recibir al profeta, es recibir a la mata de los prodigios, el árbol de los prodigios, la fuente de los prodigios. Pero Jesús no quiere ser recibido como un árbol de prodigios o como una fuente de prodigios. Jesús quiere ser recibido como el enviado del Padre, porque el Padre lo envió, por eso quiere ser recibido Cristo.

Por eso, y recibir a Cristo porque el Padre lo envió, es recibirlo de la manera más perfecta. Y esa es la estima, ese es el amor, esa es la acogida que Él quiere que tengamos. Precisamente esa es la acogida que nosotros le damos a Él en la Santísima Eucaristía. En la Santísima Eucaristía, como dice hermosamente aquella poesía de Santo Tomás de Aquino. No el apóstol, sino el fraile dominico. Todo queda para la fe. Ahí no hay nada para los sentidos. Para ese pan es la especie del pan, pero es Cristo. Ahí recibo a Cristo por ser Cristo. Recibo a Cristo porque Papá, Dios me lo da. Recibo a Cristo porque es el enviado del Padre. Ahí no recibo a Cristo porque vaya a hacer ningún prodigio. El único y maravilloso prodigio que es su presencia viva queda completamente en la fe. Porque mis sentidos, incluso mi misma inteligencia, no alcanzan a abrazar y abarcar ese misterio.

Por eso en la Eucaristía, Jesucristo realmente es recibido como Él quiere ser recibido. Un profeta no es estimado en su propia patria, decía él: Que me reciban, porque yo soy la mata de los de las señales y de los prodigios que me reciban. Porque yo soy la fuente de los prodigios y los milagros y de las cosas extraordinarias, eso no es grande. Que me reciban, porque Yo soy el enviado del Padre, así es como quiero ser recibido, así es como quiero ser amado. Y así es como la Santa Iglesia te recibe, Jesús, así te recibimos en la Santa Misa, así te acogemos sobre el altar, así, porque eres el enviado del Padre, porque eres el profeta que tenía que venir al mundo, a ti, Jesús, la gloria, la alabanza y el amor por los siglos. Amén.

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