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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La ley de Moisés muestra la ruta, el Evangelio da la fuerza. La ley nos muestra el bien y el mal pero nos deja en manos de nuestra sola voluntad. El Evangelio nos da la fuerza que viene de Dios para poder obrar el bien.
Homilía k033022a, predicada en 20250326, con 6 min. y 47 seg. 
Transcripción:
El Evangelio, mis hermanos, es la plenitud de la ley de Moisés y el pasaje que nos presenta la Iglesia para la Misa de hoy, creo que es perfecto para que entendamos o para que repasemos esta enseñanza fundamental. Y creo que la manera más fácil, más directa de aprenderlo, es haciéndonos un par de preguntas. Primera pregunta, ¿para qué se nos dio la ley? La ley de Moisés. Segunda pregunta, ¿qué le faltaba a la ley de Moisés como para que necesitáramos el Evangelio? Estas dos preguntas nos ayudan a responder en qué sentido el Evangelio es la plenitud de la ley de Moisés.
Vamos con la primera, ¿para qué se nos dio la ley de Moisés? La ley de Moisés, según palabras de San Juan Pablo II, lo que hace es despertar y clarificar la voz de la conciencia, de la conciencia moral humana, es decir, lo que cada uno de nosotros tiene en su corazón, en lo más profundo de su ser, esa voz que de alguna manera nos indica lo que es correcto y lo que es incorrecto. Pero como esa voz de la conciencia fácilmente se puede oscurecer, precisamente por la obra del pecado, por las malas costumbres, por los malos ejemplos, por las heridas y traumas que todos llevamos dentro, cómo eso se puede realmente corromper, la ley de Moisés nos enseña este Santo Pontífice, Juan Pablo II, la ley de Moisés lo que hace es clarificar, explicitar, sacar a luz eso que está en la conciencia.
Dicho de otra manera, nos muestra con bastante claridad en dónde está el bien y en dónde está el mal. Y en esa clarificación, en esa luz que nos da la ley de Moisés, pues nosotros ya no podemos caer en aquello que denunció el profeta Isaías, el profeta Isaías le denunció a su pueblo, ustedes están llamando mal al bien y están llamando bien al mal. Y lo dice con un lamento: ¡Ay de aquellos que llaman bien al mal y mal al bien! Efectivamente, es un desastre, es un daño muy grande. Pero, de ese daño nos salva la ley de Moisés, clarifica la situación moral de nosotros, nos muestra con bastante, bastante claridad dónde está el bien, dónde está el mal.
Ahora viene la otra pregunta, y entonces, ¿qué le faltaba a la ley de Moisés? De hecho, en el Antiguo Testamento tenemos una gran cantidad de elogios en favor de la ley de Moisés, por ejemplo, se dice: «La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma». «El precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante». Y se dice que, el conocimiento de la ley es dulce como la miel, es luminoso como el sol, es eterno como la sabiduría de Dios, eso es maravilloso. Entonces, ¿qué le faltaba a la ley?, ¿por qué necesitábamos el Evangelio?, por qué la respuesta a la miseria moral humana no podía ser, simplemente, que todos nos volviéramos judíos a practicar todos, la circuncisión, a seguir los preceptos de Moisés y listo, solucionado el problema.
Sí, sí le faltaba algo a la ley de Moisés, no en el ámbito de la claridad, sino en el campo de la fuerza. Es decir, la ley nos podía mostrar hacia dónde, nos podía mostrar la ruta, pero la fuerza para buscar el bien, sobre todo el bien que es arduo, la fuerza para evitar el mal, sobre todo el mal que es seductor, esa fuerza no la daba la ley. Podemos decir que la ley de Moisés nos dejaba en manos de nuestra propia voluntad, y si la voluntad de una persona es frágil, y creo que de eso conocemos bastante muchos de nosotros, si la voluntad es muy frágil, si la voluntad es inconstante, si la voluntad está enferma, pues entonces, lo que va a suceder es que conoceremos el bien, pero haremos el mal. O sea, lo que describe San Pablo en Romanos capítulo 7, y en vez de mejorar esa ley, se va a convertir en un dedo acusador que nos dice: -Sabías lo que tenías que hacer y no lo hiciste, y en ese sentido, la ley se convierte en un motivo de condenación. Este tema lo desarrolla ampliamente San Pablo en la Carta a los Romanos.
Por eso necesitábamos algo más, y ese más es lo que viene a traer Cristo con el Evangelio. Es decir, la manifestación de la misericordia divina. El diluvio del amor de Dios que cae sobre nosotros y que nos sana, que nos restaura, que nos levanta, eso marca toda la diferencia. Pero es que además del camino que Cristo hizo en esta tierra, su pasión, su bienaventurada pasión, rompe el poder del pecado en nosotros y luego la efusión de Pentecostés, que es el fruto precioso del sacrificio de Cristo, pues hace que nosotros tengamos no solo la disposición, sino que tengamos la capacidad de obrar ese bien, de seguir ese bien. Lo que pedía la primera lectura de hoy del capítulo 4 de Deuteronomio: «Pon por obra el bien», pero ya no estamos solos, ya no es solo mi voluntad, ahora es el Señor obrando con su poder, con su amor, con su ternura, con su misericordia, con su fuego, con su Espíritu. Ya no estamos solos. Eso es lo que trae el Evangelio y por eso el Evangelio hace la diferencia, abre la puerta. Recuerda que, el Miércoles de Ceniza una de las frases que nos dicen es: «Conviértete y cree en el Evangelio». Pues vamos a hacer eso, vamos a convertir nuestro corazón, volverlo hacia Dios y, sobre todo, vamos a creer en el Evangelio. Amén.

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