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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La Ley como puente entre Dios y el hombre
Homilía k033017a, predicada en 20200318, con 12 min. y 36 seg. 
Transcripción:
Mis queridos hermanos, la primera lectura del libro del Deuteronomio nos presenta el lugar central que tiene el mandato, el lugar central que tiene el mandato de Dios en la vida del pueblo elegido, vamos a ver por qué es así. Por una parte, Moisés le dice al pueblo: «¿Hay alguna nación que tenga a Dios tan cerca cuando le invocamos?» Ahí está el elemento de la cercanía de Dios a través de su Palabra, su Palabra que es mandato para nuestra vida de cada día, pero también, su Palabra que se vuelve oración en nosotros cuando le invocamos. Así que estamos hablando de un Dios cercano, Dios cercano, porque con su Palabra le da forma, le da cauce, le da sentido y propósito a mi vida. Dios cercano, Dios cercano, porque yo le llamo y Él me responde. Inmediatamente recordamos la expresión del libro de Job: «La oración del pobre atraviesa las nubes». No hay cielo nublado para el pobre, no hay cielo nublado para la oración del pobre. Y así nosotros, orando con un corazón creyente, experimentamos al Dios cercano.
Pero luego, hay otro elemento, y es que estos mandamientos son justos y son sabios y son santos. Mandamientos que entonces nos remiten a un Dios infinitamente justo, infinitamente sabio, infinitamente santo. De tal modo que, su Palabra me remite a la justicia que rebasa toda justicia, a la sabiduría que desborda toda sabiduría y a la santidad que me llena de asombro, como se llenó de asombro el profeta Isaías cuando dijo: «He visto con mis ojos al Dios de Israel, estoy perdido». ¿Por qué se sintió perdido, por qué se sintió al borde de la muerte, a la puerta de la muerte? Porque estaba desbordado por la santidad de Dios, esa es la expresión que encontramos en el capítulo sexto del profeta Isaías. Entonces, fíjate este elemento de la palabra. Por una parte, la palabra es la que me hace a Dios cercano, pero, por otra parte, la Palabra es la que me muestra cuán grande es Él, cuán santo es Él, cuán bello es Él, cuán sabio es Él. La Palabra, la Palabra me lleva a descubrir esa santidad. Entonces, es evidente sacar la conclusión, la palabra sirve como de puente, podríamos decir.
La palabra es puente, ¿puente de qué modo? Pues puente, porque está cerca de mí y puente, porque me habla de la santidad única de Dios. La palabra fue para el pueblo de Israel, puente entre el mismo pueblo y el Dios eterno. Ah, pero el pueblo es pecador, sí, y el pueblo es ignorante, sí, también nosotros somos ignorantes y somos pecadores. Y, sin embargo, la palabra sigue siendo puente entre ese pueblo ignorante al que ilumina, ese pueblo pecador al que llama a conversión. Así que la Palabra es puente, y como puente es el tesoro grande que tiene el pueblo de Dios, porque es el tesoro que le mantiene conectado a Dios. Esta conexión no debe perderse, esta conexión no puede perderse. Y para que no se pierda el pasaje de hoy termina diciendo: «Enséñale, enséñale esto a tu hijo y a tu nieto». Enséñalo, que ellos también tengan el puente, que ellos también sepan que, a través de la Palabra, Dios está cerca de ellos y a través de la Palabra, Dios les está mostrando cuán santo es. La Palabra, al mismo tiempo, me muestra en dónde estoy y me muestra para dónde voy. La Palabra es puente, por eso la Palabra no puede perderse, por eso la Palabra tiene que hacer su obra en nosotros.
Este es uno de los ejercicios más preciosos de la Cuaresma, escuchar con más abundancia, escuchar con corazón todavía más atento, escuchar con corazón, sobre todo, más dispuesto esta Palabra. Que no me gobierne la palabra del mundo, que no me gobierne la palabra del demonio, que no me gobierne la palabra de mi carne, ni el mundo, ni el demonio, ni la carne. Que tenga triunfo en mí la Palabra de Dios, que es puente y, por consiguiente, conexión. Conexión que no debo perder, conexión que debo dar a otros. Así que la palabra que proclamó Moisés, es una palabra que estaba con una misión específica, que tenía una misión específica. Bueno, esa Palabra también tiene una misión específica en nosotros.
Pero hay un problema, algo falló, algo falló en la Palabra de Moisés. De hecho, si tú miras los últimos capítulos, sobre todo el último capítulo del Deuteronomio, te das cuenta de que efectivamente algo falló, no me lo estoy inventando, algo falló. ¿Qué fue lo que falló? Pues mira, ¿sabes lo que falló?, que esta palabra, aunque me declaraba qué es lo bueno, qué es lo malo, no me daba la fuerza para rechazar el mal. No me daba la fuerza para perseverar en el bien. La palabra cumplía ciertamente su función de iluminar, pero la función de transformar el corazón, de dar el nuevo corazón, no podía darla esa palabra de Moisés. Y por eso, en los capítulos finales, en los versículos finales del Deuteronomio, lo que podemos llamar el testamento de Moisés es triste, es un testamento triste porque básicamente lo que nos va a decir Moisés es: -Yo sé que ustedes no van a poder cumplir esto, yo sé que no van a poder. Eso es triste, muy triste, y por eso esa palabra se queda incompleta, aunque es una palabra sabia y aunque tenía un valor de conexión, se queda incompleta.
Y si se queda incompleta, ¿qué hizo Dios? Lo que hizo Dios fue darle plenitud. Eso es lo que nos encontramos en el Evangelio de hoy, tomado del capítulo quinto de San Mateo. Por eso dice Nuestro Señor Jesucristo: yo no he venido a quitar la palabra, yo no he venido a desconectar a Dios con los hombres, yo no he venido a desconectar a los hombres de Dios. Yo no he venido a desconectar, sino a hacer perfecta la conexión entre Dios y el hombre. A eso he venido, dice Cristo. He venido a dar plenitud. Lo que no podía esa ley, aunque por supuesto, nos mostraba el bien y nos mostraba cuál es el mal, lo que no podía, esa palabra, eso, eso es lo que yo voy a dar. Por eso Cristo es la plenitud de la ley, porque Cristo es la plenitud de la Palabra, porque en Cristo la conexión es perfecta. En Cristo la conexión es total.
Decía nuestra amada Catalina de Siena, decía que Cristo es ante todo puente. Antes hemos utilizado esa palabra para referirnos al lugar de la Torá, el lugar de la ley en Israel. Pero ya vemos que era un puente imperfecto, el puente de la ley de Moisés. Esto no lo digo yo, esto lo dice el mismo Antiguo Testamento, por eso tienes aquellas famosas expresiones en Jeremías capítulo 31: «Voy a hacer una nueva alianza», ¿porque Dios habla de una nueva alianza? porque se necesita, porque estamos en el solo régimen de Moisés, estamos incompletos, falta la plenitud y la plenitud, ¿cómo se da?, la plenitud se da en Jesucristo, en Él el puente es perfecto, en Él la conexión es perfecta.
Y por eso, mis hermanos, apegándonos a Cristo en todo tiempo y en todo lugar, apegándonos a Jesucristo con todas las fuerzas de nuestra alma, apegándonos a Jesucristo, o mejor, dejando que Él sea don con el que Dios se apega a nosotros, ¿por qué utilizo esa expresión? Porque sabes, ¿cuándo se dio ese, ese pegue, ese apego, ese pegarse?, se dio en la Encarnación. En la Encarnación, ahí se dio, ahí fue cuando Dios hizo la conexión perfecta. Entonces, yo ni siquiera tengo que decir: -Oh, ahora me toca apegarme y apegarme. Él ya lo hizo. Lo que a mí me toca es todavía más sencillo, es lo que el apóstol San Pablo destaca muchas veces, la fe, es decirle a Cristo Jesús: -Yo creo, yo creo, yo creo que tú eres el Mesías, yo creo que tú eres el que tenía que venir al mundo. Oiga, ¡qué expresión tan hermosa! Yo creo que tú eres el que tenía que venir al mundo.
Y cuando Cristo viene a este mundo, se realiza la conexión perfecta. Y cuando yo creo en ese Cristo, se realiza la conexión perfecta. Esa es la conversión, esa es la vida nueva, eso es lo que nos corresponde a nosotros como cristianos. Así que, hermanos, renovar nuestra fe, escuchar con mayor profundidad la Palabra y saber que Él, Él está con nosotros. Es que su propio nombre lo dice, es Emmanuel, es el Dios con nosotros. A Él toda alabanza, a Él toda la gloria, a Él toda nuestra gratitud, y en Él toda nuestra confianza y toda nuestra fe. Amén.

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