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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El bien que busca la ley es el mismo que busca Cristo: darnos la comunión con Dios nuestro Padre a través de su sacrificio en la cruz y la efusión del Espíritu Santo.
Homilía k033013a, predicada en 20170322, con 7 min. y 28 seg. 
Transcripción:
La frase central del Evangelio de hoy, tomado de San Mateo, es que Cristo no ha venido a abolir la ley, sino a darle plenitud. Y esto nos invita a pensar cuál era el papel que cumplía la ley de Moisés y por qué dice Cristo que no ha venido a abolirla. Una pregunta adicional es, si no está abolida la ley de Moisés, ¿quiere entonces decir que tenemos que seguir practicando lo que practicaban los judíos en aquella época y que siguen practicando los judíos fervorosos en nuestro tiempo? Cosas como, por ejemplo, la circuncisión o como, por ejemplo, evitar el comer carne de cerdo, ¿ese tipo de preceptos son ley para nosotros, dado que Cristo no ha abolido la ley? Vamos a tratar de responder brevemente a estas inquietudes.
En primer lugar, hay que tener en cuenta lo que significa abolir. Abolir quiere decir que lo que estaba prohibido ya no lo está y lo que era obligatorio ya no es obligatorio. Si Cristo dice que no ha venido a abolir, quiere decir que, el bien que se señalaba en la ley de Moisés y el mal que se denunciaba en la ley de Moisés, siguen siendo el bien y el mal que Dios ha mostrado a su pueblo, y esa es la parte que es permanente en la ley. Así, por ejemplo, la ley de Moisés decía, -No hay que dar falsos testimonios, no vas a mentir. Pues eso era válido en la época de Moisés, eso era válido en la época de David, eso era válido en la época de Jeremías, el profeta, eso era válido en la época de Jesucristo sobre esta tierra, eso era válido en la época de San Benito, de Santo Tomás, de San Maximiliano María Kolbe y también en el siglo XXI. Y si el planeta Tierra continúa por unos cuantos siglos, seguirá siendo válido. El bien sigue siendo bien y el mal sigue siendo mal.
Entonces, el bien que buscaba la ley es el mismo bien que busca Cristo, porque el dador de la ley en realidad no fue Moisés, a través de Moisés, a través de Moisés, fue Dios quien dio la ley. Aquí se cumple lo mismo que leemos en el capítulo sexto de San Juan. Decían los judíos: -Moisés nos dio el maná del cielo y Cristo corrige: -No, no fue Moisés, fue mi Padre el que les dio el maná. Lo mismo hay que decir con respecto a la ley, no fue Moisés, fue Dios, Dios Padre el que dio la ley. Y esa ley permanece en su esencia, permanece perfectamente cierta, vigente, por eso no está abolida. Ah, pero hay cosas que han cambiado, sí, y lo que ha cambiado, ahí es donde entra la otra parte de la frase de Cristo, lo que ha cambiado, ha cambiado para plenitud. Porque resulta que hay cosas que son imperfectas y hay cosas que son más perfectas.
Yo hago una comparación, tal vez infantil, con aquellas ruedas pequeñas que a veces se ponen a lado y lado de las bicicletas, donde los niños están aprendiendo a montar en ese vehículo. A veces, para darle un poquito de seguridad al niño o para evitar que, de pronto tenga una caída demasiado aparatosa, las bicicletas, las bicicletas de los niños tienen o se les ponen unas pequeñas rueditas, esas pequeñas rueditas sirven para que el niño se sienta un poco más seguro, tome un poco más de velocidad y seguramente va a poder sostenerse mejor. Pero, obviamente esas rueditas tienen un papel temporal, esas rueditas sirven para el inicio, pero no es la idea que un gran ciclista, como decir un Nairo Quintana, tenga que salir al Tour de Francia con un par de rueditas porque, quizás se cae. Sería ridículo que un gran ciclista, como este hombre, tuviera que utilizar algo así. Entonces las rueditas auxiliares tenían un papel, pero la plenitud ya no requiere de esas rueditas. El bien que querían esas rueditas se consigue mejor con la pericia, con el entrenamiento, con el esfuerzo del gran ciclista. Y así podríamos dar otras comparaciones.
Hay cosas que tienen un determinado papel en su momento, pero luego llega algo que es definitivo. Así, por ejemplo, también dice el apóstol San Pablo que, cuando uno es niño, pues sigue las costumbres de niño y las leyes de niño y tiene que obrar como niño. Pero luego uno crece y deja las cosas de niño y nadie va a decir que era preferible seguir con todas las costumbres y con todas las restricciones de los niños, ha llegado la edad adulta, entonces ha habido una plenitud. Entonces hay que distinguir, en la ley de Moisés hay que distinguir cosas permanentes y cosas que eran figura que eran preparación en la ley de Moisés. Hay cosas permanentes, como lo que he dicho de no mentir, como el no fornicar, como el no matar, como el santificar las fiestas, es decir, básicamente los mandamientos. Por algo Cristo le dice a aquel joven rico, que se le acercó en alguna oportunidad, le dice, cumple los mandamientos. El joven le estaba preguntando: ¿qué tengo que hacer para alcanzar la vida eterna? Y la respuesta de Cristo es rotunda, es sencilla, es clara: cumple los mandamientos. Quiere decir que los mandamientos están vigentes en la mente, en el corazón de Cristo. Yo no entiendo cómo hay teólogos que dicen que los mandamientos están desuetos, o que ya no son válidos, ¿por qué dicen eso?, ¿por qué niegan a Cristo? No tiene sentido que lo hagan.
Entonces, esa parte, la que señala el bien esencial, lo que está unido a la naturaleza humana, lo propio de la naturaleza humana, eso permanece. En cambio, lo que era preparación para la plenitud de una alianza, eso ha sido reemplazado por algo mejor. Así, por ejemplo, todos esos ritos que estaban en el templo de Jerusalén, por supuesto que son como las rueditas de la bicicleta, no los necesitamos ahora, tenemos algo infinitamente superior. Tenemos el sacrificio mismo de Cristo, ¿quién va a querer devolverse a esos sacrificios que eran apenas figura, cuando lo que tenemos ahora es el sacrificio perfectísimo del Cordero de Dios? ¿Cómo vamos a dejar al Cordero de Dios y volvernos otra vez a los corderos de nuestros rebaños? No tiene sentido.
Eso es lo que quiere decir que Cristo no ha abolido la ley, sino que le ha dado plenitud. No la ha abolido, porque el bien sigue siendo bien, porque el mismo bien que buscaba la ley de Moisés es lo que Cristo quiere darnos, lo cual es, finalmente, la comunión con Dios nuestro Padre. Pero le ha dado plenitud, porque había elementos que eran temporales y preparatorios en la ley de Moisés, y esos elementos ahora han quedado superados con el sacrificio de Cristo y con la efusión abundantísima del Espíritu Santo.

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