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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Una reflexión sobre Jesucristo y la Ley de Moisés.
Homilía k033010a, predicada en 20140326, con 5 min. y 53 seg. 
Transcripción:
El pasaje del Evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre la relación entre la ley de Moisés y Jesús. No es un tema sobre el que se reflexione frecuentemente, para nosotros que somos cristianos, la ley de Moisés parece algo muy lejano. Es fácil pensar en la ley de Moisés como una etapa ya superada, algo que no tiene ya ningún significado. Otra posibilidad es quedarse con la ley de Moisés, esto fue lo que hicieron los judíos que no creyeron en Cristo. Así que, algunos rechazan completamente la ley de Moisés. Otros, en cambio, se quedaron con esa ley.
El evangelio de hoy nos muestra que estas dos posiciones están equivocadas. Jesús se presenta a sí mismo como el que lleva la ley a su plenitud. Él no se desconecta de la ley de Moisés, pero tampoco se limita a repetirla. La palabra clave es, plenitud, llevar a plenitud la ley. Esto significa que la ley tenía un propósito, una meta. Pero, también significa que la ley de Moisés no podía llegar a esa meta. Y también significa que, a esa meta, sí se llega con Jesucristo. La meta a la que quería llegar la ley era hacernos buenos, y para hacernos buenos se necesitan dos cosas. Lo primero es aprender a diferenciar el bien del mal, de manera que no caigamos en algo que advirtió el profeta Isaías, llamar bien al mal y llamar mal al bien. Lo primero que se necesita para hacernos buenos, es diferenciar lo bueno de lo malo, es decir, iluminar nuestra conciencia moral, tener una conciencia que pueda distinguir una cosa de la otra.
En este punto, podemos hacer una comparación con un coche en una carretera. Vamos a suponer que es de noche y este coche está en la carretera, se necesitan dos cosas. En primer lugar, luces para ver el camino, pero luego se necesita motor para mover el coche. Esa primera parte, la de las luces, es la que tiene la ley de Moisés, sirve para ver qué es lo bueno y qué es lo malo, pero para volvernos buenos, para transformarnos y volvernos buenos, se necesita motor y ese motor no lo tenía la ley. Por eso, la ley no logra su objetivo. La ley de Moisés advierte sobre lo bueno y lo malo, pero no tiene motor. Pensemos en la situación de ese coche en la noche y en la carretera, y supongamos que el conductor logra encender las luces, pero el motor está dañado. Él solamente puede ver el camino. La noche va avanzando y la persona no se mueve, la batería del coche se va acabando y se apagan las luces. La condición de esa persona es realmente triste y esa es la tristeza con la que acaba el Antiguo Testamento.
Es aquí donde entendemos mejor las palabras de Cristo, Jesús dice que ha venido a darle cumplimiento a la ley, o mejor, que ha venido a darle plenitud a la ley. Jesús no trae solamente la luz, sino que trae el motor. Ese motor, según esta comparación, es el fuego del Espíritu Santo. El Espíritu de amor que Cristo trae es el que nos mueve, nos mueve porque hace que disfrutemos el bien. El Espíritu nos da una anticipación del bien y eso nos mueve. Con su sacrificio en la cruz, Cristo reveló un amor inmenso y quitó el obstáculo de soberbia que nos impedía experimentar el amor de Dios. De esa manera, puede llegar a nosotros el amor de Dios, y de esa manera, ahora sí tenemos motor.
De toda esta historia sacamos dos conclusiones. Primera, que sí hay un valor permanente en la ley de Moisés, descubrir lo bueno y lo malo siempre es necesario para la humanidad. Si no se empieza por encender esa luz, no se entiende nada de la vida cristiana. Pero al mismo tiempo vemos que la ley de Moisés es insuficiente y vemos que necesitamos la nueva ley, como la llamaba Santo Tomás de Aquino. Esa nueva ley que obra dentro de nosotros es el motor, es el Espíritu Santo de amor, fruto del sacrificio de Cristo. Por eso, en el camino de la Cuaresma tenemos que tener una meta, acercarnos con agradecimiento a la cruz de Cristo, para recibir el fruto de su amor y de su gracia, y abrirnos así al regalo del Espíritu Santo. Amén.

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