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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Los "proto-mandamientos" son aquellas disposiciones para cumplir y vivir los mandamientos. Destacamos: escuchar. recordar, admirar, practicar y proclamar.
Homilía k033007a, predicada en 20120314, con 15 min. y 6 seg. 
Transcripción:
Cuando me preparaban para la Primera Comunión, me enseñaron que existían los diez mandamientos de la ley de Dios. Y me enseñaron también, que existían cinco mandamientos de la Iglesia. Una cosa que no me enseñaron, así expresamente, y que yo quiero compartirles hoy, es lo que podemos llamar, los proto-mandamientos. Esa raíz proto quiere decir lo primero, por ejemplo, el Protomártir San Esteban, porque es el primero de los mártires. El protagonista, es el que tiene la primera y principal acción dentro de un drama. ¿Qué es lo que quiero llamar proto-mandamientos? Aquellos verbos, aquellas acciones que hacen posible, o por lo menos mucho más fácil, la práctica de los mandamientos, sobre todo los santos mandamientos de la ley de Dios.
Por ejemplo, mire lo que tenemos en el libro del Deuteronomio hoy, Moisés habló al pueblo diciendo: «Ahora Israel escucha los mandatos y decretos». Ahí está el primer mandamiento, escucha, para abrirnos al querer de Dios, para recibir su Divina Voluntad, para salir de nuestras rebeldías, para liberarnos de las cadenas de la opinión pública y de la mayoría, y las llamo cadenas porque a menudo nos arrastran al engaño, para todos esos bienes, lo primero es escuchar. Con razón, el gran rey Salomón, cuando Dios le dijo: pídeme, ¿qué quieres? Salomón, que era joven y acababa de asumir esa responsabilidad máxima de ser el rey, le dijo a Dios: -Dame un corazón que sepa escuchar. El primer proto-mandamiento es escuchar. A medida que escuchamos la Palabra de Dios, entra en nosotros, pero esa palabra no entra muerta, entra viva y la Palabra viva de Dios realiza su misterio y su vida en nosotros. Y es así como esa misma Palabra hace posible que cumplamos el Querer Divino.
Por eso, también dice el capítulo 55 del profeta Isaías: «La palabra que sale de mí no retornará vacía, porque es palabra eficaz». El solo escuchar la palabra, limpia, esto lo demuestra Jesucristo en el capítulo 15 del Evangelio de Juan, cuando nuestro Señor, después de la última Cena, dice a sus apóstoles: «Vosotros estáis ya limpios por las palabras que os he dicho». Así que, este es el misterio maravilloso de ese verbo, y por eso esa consigna, escuchar, yo la llamo el primer proto-mandamiento.
Luego viene el segundo, son cinco, el segundo, por supuesto, es no olvidar. La carta de Santiago dice, que si nosotros nos vemos en el espejo de la Palabra, pero luego se nos olvida lo que nos ha dado la palabra, perdemos todo. La parábola del sembrador nos dice, que si la semilla era buena, pero los pájaros se la llevan antes de que entren en la tierra, esa semilla no dará ningún fruto. Esto es exactamente lo que le sucede a la persona que olvida la Palabra y que olvida el mandato del Señor. Por eso, alguno de los antiguos padres del desierto recibió a un joven como novicio, y el joven era fervoroso y quería buscar el camino de la perfección, y entonces le dijo a este gran maestro, a este gran santo del desierto, le dijo que, qué tenía que hacer. Y el santo lo único que hizo fue poner en sus manos el libro de los Salmos y le dijo: -Cuando te lo sepas, volvemos a hablar. El muchacho tardó muchos meses aprendiéndose los salmos, hasta que los podía recitar todos de memoria. Pero cuando él había poblado su memoria con esa Palabra divina y ya no la perdía porque la recordaba, entonces, ya era otra persona. Su noviciado fue aprender el libro de los Salmos, eso lo hizo distinto.
Por eso también la Iglesia tiene esa práctica tan hermosa de las jaculatorias, que son modos sencillos y al alcance de todos para mantenernos en la presencia de Dios. Cuando, por ejemplo, repetimos a distintas horas del día, Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío. O cuando decimos, todo por tu amor, Jesús. Esas palabras, repetidas en distintos lugares y repetidas siempre con amor, van haciendo que no nos olvidemos. Porque el que no se olvida de la presencia de Dios mantiene encendida esa lámpara, y como bien dice el Salmo: «Lámpara es tu Palabra para mis pasos». Menos errores vamos a cometer en la vida, si estamos constantemente alumbrados por esta lámpara. Por eso, el segundo proto-mandamiento, no olvidar, o si lo vamos a decir en positivo, recordar.
Tercer mandamiento, la hermosa lectura de hoy, que está tomada del capítulo cuarto del libro del Deuteronomio, nos habla de un ejercicio muy hermoso, muy necesario al corazón y muy saludable. Ese ejercicio es admirar. Fíjate las palabras que utiliza Moisés para inculcar el amor a los divinos preceptos: «¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca, como lo está el Señor Dios de nosotros? ¿Cuál es la gran nación cuyos mandatos sean tan justos?», con estas y otras parecidas moniciones, Moisés está exhortando al pueblo no solo a que aprenda, sino a que pondere y admire lo que está recibiendo, porque el corazón que sabe admirar, sabe también valorar lo que Dios le está dando. Y el que sabe apreciar y ponderar lo que Dios le da, no lo perderá tan fácil.
Sucede lo mismo que cuando una persona ha ahorrado durante muchos meses, por ejemplo, para comprarse algo que le gusta mucho, quizás su corazón ha quedado prendado de una cierta joya, pero vale muchísimo. Entonces tiene que ahorrar durante mucho tiempo, precisamente porque es tan valiosa, al recibirla tiene una gran alegría y por supuesto, su primer propósito será conservarla. Le queda más fácil conservarla porque la valora.
Si nosotros valoramos lo que significa nuestra fe, si valoramos la Sangre con la que hemos sido salvados, si valoramos los sacramentos que con tanta abundancia nos ofrece la Iglesia, si valoramos la práctica de la oración y los bienes que trae al alma, si todo eso lo valoramos y lo ponderamos en el corazón, no lo dejaremos perder tan fácilmente. Por eso, es necesario ese tercer proto-mandamiento, admirar, valorar.
Pero nada de esto serviría sin el cuarto de los proto-mandamientos que estamos comentando, el cuarto se resume en esta frase del día de hoy: «Ponedlos por obra», la letra muerta no da vida. Vamos a tratar de decirlo en un lenguaje afín a nuestro tiempo, haz el experimento de hacerle caso a Dios. Utilicemos esa expresión, haz el experimento de hacerle caso a Dios. Decía el gran filósofo, matemático y pensador Blas Pascal, que para convertir a una persona solo se necesitaba que hiciera lo que hace un buen cristiano, aunque no tuviera todavía las razones, ni las explicaciones para hacerlo. Quizás nos puede parecer muy optimista este ilustre francés, pero quizás también tiene razón. La práctica nos muestra de un modo incontestable, nos ofrece una experiencia tan inmediata del bien de Dios, que esa memoria queda grabada en nosotros y así es difícil apartarse del Señor.
Cuando un médico nos da un medicamento, una medicina o cuando un amigo nos da un consejo, lo ponemos por obra y vemos que las cosas pronto mejoran, de inmediato nos volvemos adictos a esa práctica. Eso me está sirviendo, eso me está haciendo bien. Y esa experiencia inmediata es superior a cualquier contradicción o cualquier confusión que otros quieran traer a nuestra vida. Por eso, dice el Salmo: «Gustad y veréis cuán suave es el Señor». El verbo gustar tiene que ver con el paladar y el paladar no funciona a distancia, el paladar solo funciona en la inmediatez. Eso es lo que tiene, eso es lo que recibe la persona que pone en práctica los divinos mandamientos, tiene ocasión, una ocasión única e irremplazable de gustar el bien que Dios le ofrece. Llevamos así cuatro de estos proto-mandamientos. En tu memoria seguramente los tienes claros, pero los voy a repetir, el primero es escuchar. El segundo, recordar. El tercero, admirar. Y el cuarto, practicar. Nos falta únicamente el quinto.
Cuando ya se ha hecho este camino y cuando uno tiene la experiencia personal de ese poder y amor de Dios y de esa sabiduría con la cual Él todo lo dispone, entonces se puede pasar al quinto proto-mandamiento, proclamar. Verbo muy propio de la Santa Virgen María, cuyo cántico recordamos todas las tardes: «Proclama mi alma la grandeza del Señor. Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador». Es importante proclamar y es importante dar testimonio por muchas razones. En primer lugar, porque es un acto propio de la caridad, en medio de la espantosa sed que este mundo tiene, porque tanta gente no encuentra sentido a la vida, hay que considerar que no solo es egoísmo, sino que es crueldad callar la fe que tenemos. Es cruel que no le cuentes al mundo que crees en Jesús. Se te puede considerar reo de crueldad tanto o más que aquel que, en una población donde todos mueren de hambre, encerrará en su bodega el pan necesario. Ese pan lo tienes tú, ese pan se llama Jesús, ese pan es la fe que tú has recibido, ese pan es el conocimiento progresivo que tienes de la Escritura y de los tesoros de la Iglesia. ¿Cómo guardarse ese tesoro?, ¿cómo no compartirlo?
Pero además, no se nos olvide lo que varias veces nos han dicho en los congresos de evangelización: -La fe crece cuando se comparte. A medida que vamos compartiendo, la fe se va afianzando en nosotros ese bien inmenso, inexpresable, inconmensurable de creer. Queridos hermanos, este texto del capítulo cuarto del libro del Deuteronomio, cuanto nos inspira. No apartemos de nuestra mente estos cinco proto-mandamientos, porque ellos harán no solo más sencilla, sino más fecunda la práctica de los santos mandamientos de la ley de Dios. Amén.

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