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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Quien no reconoce una naturaleza humana tampoco reconoce que hay leyes vinculantes que nos ayudan a encontrar nuestro genuino bien.
Homilía k033006a, predicada en 20120314, con 4 min. y 33 seg. 
Transcripción:
Creo que una de las personas que más daño le hizo a nuestra sociedad en el siglo XX fue Jean Paul Sartre. Este es un filósofo francés, de la línea existencialista, un poco para tristeza y comparación, puede servir recordar que uno de los hombres más grandes del siglo XX es otro Jean-Paul, Juan Pablo, Juan Pablo II, el contraste es muy grande y es muy importante. Tanto Jean-Paul Sartre, como Juan Pablo II vivieron un siglo espantoso, es el siglo de las guerras mundiales, es el siglo de la amenaza nuclear, es el siglo que más ha devastado la naturaleza, es el siglo que ha presenciado horribles crueldades entre seres humanos, incluyendo los tristemente célebres campos de concentración. Pero mientras que la postura de Sartre, es una de pesimismo y de frustración, la postura de Juan Pablo II es de confianza en el Señor, es de construir, es de hacer posible la esperanza. No creo que sea necesario recordar que Sartre era un ateo, mientras que Juan Pablo II es uno de los más grandes creyentes.
Pero, no es sólo la diferencia en la fe o la diferencia en la esperanza, lo que distancia a estos dos personajes. Sucede que Sartre tenía esta idea filosófica, pero ya ves la implicación que tiene la filosofía, Sartre decía que el ser humano no tiene verdaderamente una esencia, que no existe una naturaleza humana, sino que simplemente, cada uno de nosotros en su existencia va creando lo que es, es decir, que la esencia sale de la existencia. La manera como yo escojo vivir, eso es lo que hace que yo sea lo que soy. Por atractivo que pueda parecer, este pensamiento tiene un peligro muy grande, y es que, si no existe propiamente una naturaleza humana, entonces tampoco existe un bien propio para el ser humano o, dicho de otra manera, no existe una ley moral verdaderamente vinculante, verdaderamente obligante para todos, porque si no hay naturaleza humana, entonces no hay nada que nos vincule en términos de cuál es el bien o cuál es el mal. Dicho de manera más breve, para Sartre, realmente todas las leyes son sencillamente acuerdos entre personas, no existe un bien propio ni existe un mal propio y no existe, por consiguiente, una obediencia sincera o de corazón a la ley, sino sólo obediencia a los acuerdos y convenciones de los seres humanos.
Juan Pablo II toma una postura radicalmente distinta, Juan Pablo II cree, lo mismo que creemos todos los católicos, que en nosotros está impresa la imagen de Dios y que, ciertamente, existe una naturaleza humana abierto a grandes cosas, abierto a la grandeza de lo bueno, pero también, si usa mal su libertad, a la grandeza, a la espantosa y temible grandeza del daño que puede causar. Y por eso, Juan Pablo II predica la obediencia a los mandamientos de Dios, que es el tema de las lecturas de hoy, el capítulo cuarto del libro del Deuteronomio y el capítulo quinto del Evangelio según San Mateo, nos recuerdan que solo en el camino de la ley y los mandatos de Dios podemos alcanzar nuestra plenitud. Que Dios nos libre de estos ateos que se ufanan de su inteligencia y que Él nos inspire, que Dios nos inspire, cómo obedecer con más amor y con más generosidad su Divina Voluntad.

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