Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Qué significa el amor de Cristo en la cruz, la redención y la Gracia de Su perdón.

Homilía k033004a, predicada en 20100310, con 23 min. y 41 seg.

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Transcripción:

La ley es el tema en las lecturas de hoy, en el libro del Deuteronomio se hace elogio de la ley: «Poned por obra los mandatos y decretos del Señor, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos». La ley es también señal, casi diríamos con terminología actual, sacramento de la cercanía de Dios. ¿Hay alguna nación que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros? La ley, finalmente es expresión del orden querido por Dios, ¿cuál es la gran nación cuyos mandatos y decretos sean tan justos? Todos esos son elogios a la ley.

En el Evangelio, Jesús define su relación con la ley, no se trata de destruir, no se trata de abolir, se trata de dar plenitud. En esto de dar plenitud, pues ahí tenemos una luz grande, porque la Biblia entera puede ser vista como preparación y luego plenitud, o también como hambre y luego alimento, o también conocimiento del pecado, y luego reconocimiento de la gracia, o también la figura, y luego llega la realidad. Todas estas parejas de nociones complementarias nos hablan de una especie de dialéctica que en todos los casos implica un proceso, un avance, pero no anular, no es una anulación.

Cristo, entonces, es la plenitud de la ley. Plenitud significa que no quita lo que ella había dado, sino que da lo que ella no tenía. ¿Qué era lo que daba la ley? Fundamentalmente, en su aspecto más permanente, nos enseña Santo Tomás, el conocimiento sobre lo bueno y lo malo. En su estudio sobre la ley, sobre la ley antigua, o sea, la ley de Moisés, Santo Tomás distingue distintas clases de preceptos. Hay unos, por ejemplo, que evidentemente tenían un valor bastante temporal, los que tienen que ver con los ritos, por ejemplo, los ritos del templo, incluso la circuncisión misma. Pero hay otros, aquellos que iluminan la conciencia, esos tienen un valor permanente. Hasta cierto punto, los encontramos sintetizados en los diez Mandamientos. Entonces, Cristo no viene a quitar ese orden moral.

El Papa Juan Pablo II, en varios documentos, se refiere a eso, al valor permanente de los mandamientos, por ejemplo, reflexionando sobre aquel joven que se acerca a Cristo y le dice: ¿qué tengo que hacer para ser perfecto? Y la respuesta de Cristo, la primera, como espontánea, es: Cumple los mandamientos y luego se los enumera. Entonces Cristo en relación con la ley, no anula ese aspecto, ese valor permanente de los mandamientos, eso no lo quita. Sigue siendo entonces, plenamente verdadero, plenamente vigente, que en el amor a Dios y al prójimo está toda la ley, y que tomar el santo nombre de Dios en vano es pecado gravísimo. Y todo lo demás que nos enseñan los diez Mandamientos, aquello que ilumina nuestra conciencia y que de algún modo está ligado a nuestra misma naturaleza humana.

Sobre este tema también ha vuelto el Papa Juan Pablo y el Papa Benedicto, al mostrar ese vínculo inseparable entre la ley positiva, la ley que ha sido dada, eso finalmente es lo que significa positivo, lo que ha sido puesto, la ley que ha sido dada en la Antigua Alianza y su relación con la ley natural, esa que se escucha en la conciencia, si la conciencia quiere oírla, si el ser humano forma su conciencia, en ella encuentra la ley natural que viene a coincidir finalmente con esta ley positiva de la Antigua Alianza. Todo eso lo conserva Cristo, eso no lo cambia.

Entonces, si Cristo conserva eso, ¿qué es lo que añade? Pues añade lo que el mismo Santo Tomás llama, la ley nueva. La ley nueva para Tomás de Aquino es la que está escrita en los corazones, la que fue anunciada por boca de profetas como Ezequiel y como Jeremías. En palabras como esas: «pondré mi ley en sus corazones». Esa ley nueva, la que se escribe en los corazones, es la ley del Espíritu. La acción del Espíritu Santo en nosotros, esa es la ley nueva. El Espíritu no solo nos da conocimiento sobre el bien y el mal, sino que nos da gusto y nos mueve, nos da el gusto, el sabor del bien y así nos atrae hacia el bien y además nos mueve, nos pone en marcha hacia lo bueno y, a la vez, quita las máscaras de lo que es seductor pero perverso.

De esa manera, el Espíritu Santo de Dios nos libera de lo que San Pablo llama en otro lugar, la maldición de la ley. Porque tú te acuerdas que, en el capítulo cuarto de la Carta a los Gálatas, San Pablo dice que nuestro Señor Jesucristo nació de mujer, nació bajo la ley para liberarnos a los que estábamos bajo la ley. Y ahí parece haber una contradicción con el tono y con el contenido de las lecturas de hoy. Porque aquí se habla de todas las bendiciones de la ley y San Pablo dice que hemos sido liberados de la ley. Hemos sido liberados de lo que el mismo Pablo llama la maldición de la ley. Pero luego, Pablo también explica que, no es que la ley sea mala. Él lo dice, expresamente, en la carta a los Romanos, la ley es buena, la ley es buena y es justa y santa. Lo que sucede es que la ley estaba incompleta porque la ley no daba los recursos para alcanzar lo que pedía de nosotros.

Entonces, el hombre encadenado a sus deseos mezquinos o incluso perversos, pero viendo con sus ojos lo que es bueno, termina bajo maldición, porque ese ser humano, al descubrir lo que es bueno, pero no practicarlo, entonces ya hace el mal a conciencia, ya lo hace a sabiendas y lo hace, por tanto, en condiciones más graves y con peores consecuencias. Esa es la maldición de la ley, no es que estén mal los preceptos, sino que los preceptos puestos por fuera, escritos en piedra, se convierten en un ideal que tortura porque no se alcanza. Ese es el ideal de la caridad perfecta, el ideal de la justicia para todos, el ideal de la humildad consumada, el ideal de la pureza sin tacha, el ideal de la coherencia total y todos esos ideales a cualquier ser humano que aplique con orden su razón, todos esos ideales le parecerán atractivos, pero no los va a alcanzar y no alcanzando los desespera y en su derrota pues se vuelve, pero ya a conciencia, ya sabiendas, se vuelve a su fango y entonces peca a sabiendas y cae en el cinismo o en la desesperación, esa es la maldición de la ley.

Cristo nos libera de esa maldición. Cristo nos da lo que la ley no tenía, y en ese sentido, Cristo lleva a plenitud la ley. Cristo nos da una participación en ese don del Espíritu. El sacrificio de Cristo viene a reventar nuestros esquemas, viene a reventar nuestra cárcel mental, viene a reventar los obstáculos y a permitir la efusión del Espíritu. Entonces, queda la pregunta, ¿y cómo hace Cristo para romper el obstáculo?, ¿porque Cristo es el que trae la ley nueva? Pues Cristo trae la ley nueva en su sacrificio. El valor central del sacrificio de Cristo está, sobre todo, en que con su muerte ha quedado destruido el pecado, De modo que, en el despliegue de su amor en la cruz, nuestro Señor Jesucristo ha logrado lo que no podía la ley.

Pregunta: ¿qué tiene que ver el sacrificio de una persona inocente, con el hecho de que los demás seamos liberados? Es una pregunta penetrante, difícil, que se enuncia de distintas maneras y para la cual quizás, no hay una única respuesta. Pero si hay algo que podemos decir, por lo pronto, Cristo en la cruz es el que desenmascara la maldad, el pecado, la incoherencia. Cristo saca a la luz las llagas que todos llevamos dentro, pero porque están adentro, no las vemos ni las ven otros. La desnudez de Cristo crucificado, que es la desnudez de Cristo llagado, muestra la seriedad del pecado. El pecado que uno no quiere ver, tiene que verlo en la cruz levantada de Cristo. Entonces ahí aparece en toda su crudeza el pecado. Y ese, es un principio de libertad, pero no es todo.

En segundo lugar, hemos dicho que uno cae en lo que San Pablo llama, la maldición de la ley, porque uno termina pecando a sabiendas, el pecado a sabiendas, el pecado a conciencia es un acto de desesperación. Es el que busca un ideal, pero al verlo imposible, reniega de su propio sueño y se lanza al fango. Pero resulta que Cristo es la expresión misma de ese ideal, hasta sus más profundas, casi diríamos, escalofriantes consecuencias. El amor hasta el extremo, el perdón hasta el extremo, la verdad hasta el extremo, la santidad hasta el extremo patente ante nuestros ojos. Entonces, Cristo también nos libera, y Cristo también lleva a plenitud la ley, porque en él se realiza lo que quería la ley.

En él se realiza lo que todos nosotros, en nuestros mejores sueños, quisiéramos ser. Quisiéramos ser así, verdaderos hasta el fondo, puros completamente, coherentes, sin tacha, sin grietas, sin fisuras, así quisiéramos ser, pero no lo somos. Encontrar a alguien que sí lo es, resucita el ideal en nosotros. Encontrar a alguien que llega al perdón a los enemigos. Encontrar alguien que no se suelta de la fidelidad al padre, en lo peor del tormento, eso hace que resucite en nosotros el ideal. Y esta es la segunda manera como Cristo le da plenitud a la ley, porque eso que quería la ley, Él lo muestra, lo muestra vivo y lo muestra presente, en el momento mismo en el que él muere. Su muerte es ya la resurrección del ideal más puro del corazón humano.

Pero Cristo, en la denuncia de sus pecados, en la denuncia de nuestros pecados digo, Cristo también hace que todo aquello que a nosotros nos servía como disculpa, entonces caiga. A él le arrancan las ropas y a nosotros se nos arrancan las mentiras. Entonces, miramos a Cristo crucificado y todas esas disculpas que nos decimos para ser mediocres, para ser tramposos, para quedarnos a mitad de camino. Nuestras disculpas, nuestras excusas tontas caen. Y así también Cristo lleva a plenitud la ley, porque ya no quedan esas disculpas. Pero lo más sorprendente, por supuesto, de la muerte de Cristo, es que es una muerte inocente, llena de amor y llena de oración. La inocencia es más o menos lo que hemos reflexionado hasta ahora, ese alcanzar como una plenitud sin tacha.

Pero nos falta mirar que se trata, ante todo, de la muerte de alguien repleto, colmado de amor. El amor que Cristo despliega en su pasión, se convierte en una especie de faro o principio de esperanza para todos aquellos que están rotos como él, pero que no tienen ni la coherencia ni el amor de él. El caso más patente es el de aquellos que fueron crucificados a su lado. Uno toma el camino de la desesperación, uno de estos forajidos toma el camino de la desesperación, mientras que el otro pone su esperanza. Y lo más interesante es que ese, el que se suele llamar el buen ladrón, y que la tradición nombra como Dimas, ese, al reconvenir al otro, el que se burlaba de Cristo y fustigaba a Cristo, el otro crucificado, Dimas, el ladrón bueno, al regañar al otro, le dice estas palabras: «¿Y es que no temes a Dios, sufriendo su mismo suplicio?» Esa frase merece más reflexión de la que se le suele dar. Es ver a Dios sufriendo el suplicio, es una confesión, en realidad, de la divinidad, ¿es que no temes a Dios?

Entonces en Cristo uno ve una persona que pasa por lo peor, por el túnel más oscuro, por la alcantarilla más sucia, por la tormenta, por el suplicio más humillante, pero que lo vive desde el amor. Y entonces, toda la mezquindad de uno sale a flote, toda la cobardía de uno sale a flote, pero como sale a flote frente al amor de Jesucristo, entonces uno no siente simplemente, que sería como lo natural, yo soy un desastre, sino uno siente, yo necesito de éste que está a mi lado. Como hermosamente lo han explicado tantos predicadores, Cristo en la cruz se convierte en el compañero de todos los que sufren. Pero muchos sufrimos renegando, sufrimos en rebelión, sufrimos con arrogancia, sufrimos con dureza de alma, sufrimos sin piedad hacia el hermano, pues Cristo pasa por lo mismo mío, se hace compañero mío, está en el mismo tormento, pero lo vive desde el amor.

Y entonces, hay un momento en el que el entendimiento no aguanta más y se estalla y le dice: ¿Cómo haces tú?, ¿tú, cómo le haces?, así preguntan los mexicanos, es el estilo mexicano de la pregunta: ¿cómo le haces? ¿Tú, cómo haces Jesús, ¿cómo puedes pasar por esto, qué es lo que yo vivo y que tiene poder en mí, pero que por lo visto no tiene poder en ti? Porque si a mí me traicionan, yo reniego, protesto, juró venganza, maldigo y resulta que tú eres traicionado y perdonas o intercedes, ¿cómo le haces? Ahí se revienta el entendimiento humano. Y esa fractura, esa bendita grieta, lleva a plenitud de la ley, porque cuando se revienta ese entendimiento nuestro, se renuncia a toda posibilidad de explicar el mundo como yo lo entendía. De tal modo, que mi mundo entero colapsa delante de Cristo, porque no entiendo cómo ora, porque no entiendo cómo ama, porque va más allá de lo que yo podía imaginar, porque en su humildad infinita me supera.

Entonces mi mundo, que finalmente es un mundo hecho de pensamientos, porque ese es el mundo en el que uno vive más que en el mundo de calles y ladrillos, nosotros vivimos en un mundo de pensamientos. Mi mundo colapsa, mi mundo se revienta, mi mundo estalla en mil pedazos y me pasa lo equivalente a lo que vivió Pedro, es decir, cuando la pesca milagrosa, también yo me arrojo a los pies del Señor y le digo: -Razón tienes tú, o como dijo David en el Salmo: -En el juicio, tú vas a resultar inocente, el de la culpa soy yo. Ahí, en ese instante, cae el peor de los obstáculos, el peor de los obstáculos se llama la soberbia, mi soberbia se fractura de arriba a abajo y lo que era un monolito se convierte en una lluvia de pedruscos. Cae la muralla y queda en pie la grandeza del amor de Cristo.

Quitada la soberbia y puesta la contrición, entonces ya no solo está abierto el corazón de Cristo para amar, sino que está abierto mi corazón para ser amado. Y cuando ya se abre el corazón de Él, que viene abierto lo tiene en la cruz, y cuando ya se abre mi corazón, que se arrepiente frente al de Él, en esos dos corazones ya puede circular una misma sangre, en esos dos corazones ya puede pasar un mismo amor. Algo de eso parece que sugiere San Juan en su relato de la Pasión, cuando dice que Cristo entregó el Espíritu, dato interesante, no dice murió, dice, entregó el Espíritu. Y así es, el acto de la muerte de Cristo es el acto de la entrega del Espíritu. Y entonces, ese amor que estaba en él, ese amor que es la explicación de su ministerio público y que es el secreto de su humanidad santísima, ese amor que es Espíritu, Espíritu en persona, ese Amor se vierte sobre nosotros.

Pero claro, hay una pieza que falta en esta descripción y esa pieza es la que tiene la Carta a los Hebreos, dijimos que Cristo es inocente, amante y orante. La razón última de la efusión del amor, no es que ahora yo me abrí al amor, luego ya debe llegarme. Según la Carta a los Hebreos, lo que sucede es que Cristo entra en el santuario, pasando por el velo de su propio cuerpo que ha quedado roto, Cristo entra en el santuario, es decir, de ahí del cielo, de ahí del seno de Dios Padre, de ahí hace brotar el río que alegra la ciudad de Dios, de ahí, es decir, la razón última de la efusión del Espíritu, no es porque yo me arrepentí. La razón última de la efusión del Espíritu es porque el que me ha amado tanto, que se llama Jesucristo, le ha pedido a Papá Dios que me regale al Espíritu. Y Papá Dios, viendo a su Hijo vestido de sacerdote, su casulla es de sangre, ha atendido esa súplica y derrama el Espíritu Santo sobre mí y sobre toda la Iglesia. Y entonces llega la ley nueva, y esa ley nueva ya queda escrita en lo profundo del corazón. Y esa ley nueva alcanza lo que podía prometer, pero no podía cumplir la ley antigua, tan hermosa como pudiera ser, tan sabia como pudiera ser, estaba incompleta, pero ahora se ha completado gracias al sacrificio del Señor.

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