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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La obediencia

Homilía k033003a, predicada en 20010321, con 20 min. y 16 seg.

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Transcripción:

Amados hermanos, hemos escuchado en el libro del Deuteronomio una invitación a obedecer la ley. Moisés está comunicando los mandatos de Dios al pueblo, pero antes de dar una lista de ordenanzas y decretos, les invita a que muevan su corazón hacia Dios, les invita a la obediencia. La obediencia es una palabra que no es muy popular, lo mismo que no es popular la ley. Obrar fuera de la ley, parece reportar muchos beneficios y por eso la ley y, correspondientemente, la obediencia no tienen demasiada popularidad.

¿Qué hay que hacer para que una persona obedezca? Imagínese que, por ejemplo, en nuestro país la gente obedeciera las leyes, se ha dicho que Colombia es el país de las leyes. Tenemos leyes de las leyes sobre leyes para más leyes, ¿qué tal que nosotros entráramos en obediencia a las leyes? Es una buena pregunta que puede hacerse. Veo que hay varias mamás, presumo que son mamás con sus hijos, y una pregunta que toda mamá se hace en algún momento es, qué hago para que este niño entienda, para que este niño obedezca, no solo cuando son bebés y son un poco rebeldes, sino especialmente cuando llega esa otra rebeldía dura, deliberada de la adolescencia, de la juventud, esa oposición frontal, usted quiere eso, pero yo no quiero y me rebelo.

El tema de la obediencia no es solamente un tema de religión entonces, es un tema que tiene que ver con la paz de la sociedad, un tema que tiene que ver con el buen orden de la familia, tiene que ver con la educación, porque sin obediencia es imposible que se pueda dar alguna educación. ¿Cómo haremos nosotros para acercarnos de una manera nueva a la obediencia, para descubrir las bondades de la obediencia, para convencernos de lo que significa obedecer? La lectura de hoy, que está tomada del capítulo cuarto del Deuteronomio, nos da algunas pistas para aprender a obedecer. Resulta que hay gente que hace incluso profesión de obediencia, esos somos nosotros, los religiosos, los miembros de las comunidades religiosas. Una religiosa debe ser una experta en obediencia, tiene que saber cómo es que se obedece. Obedecer es mucho más que hacer caso, no porque hacer caso puedo hacer caso una mula, un caballo, un perro, un marrano, una pulga pueden hacer caso.

La obediencia es un acto que involucra todo lo que nosotros somos. Y precisamente, la obediencia fue lo que más brilló en el momento final de la vida de Cristo. Todos sabemos que Cristo, en esa noche dramática, antes de padecer, sudando gotas de sangre, le decía a Dios: «Si es posible que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». Con lo cual, nuestro Señor Jesucristo hacía un ejercicio máximo de obediencia. La obediencia condujo a Cristo hacia la cruz, la obediencia trajo nuestra salvación. Por la desobediencia se está desgobernando la sociedad, por la desobediencia se hace imposible la educación. Este tema nos interesa, nos importa a todos, pero resulta que entre nosotros hay unos que se supone que somos expertos en obediencia, los religiosos, porque nosotros tenemos profesión de obediencia, somos los profesos, los profesionales de la obediencia. Igualmente, en las fuerzas armadas se necesita grande obediencia, porque desde luego que, si se rompe la obediencia, se hace imposible la acción conjunta de un ejército o de una armada.

Cómo aprender a obedecer, no simplemente hacer caso, o puede hacer caso a una yegua a base de rejo. ¿Cómo aprender a obedecer?, ¿cómo mover nuestra voluntad para que se acerque a la voluntad de Dios? Porque en el fondo, la obediencia es eso, es un movimiento de la voluntad que me acerca a la voluntad de Dios. Y fíjese usted que la santidad, ¿qué será?, la santidad no es otra cosa, sino la realización de la voluntad de Dios plenamente en mi vida, o sea que la santidad es un misterio de obediencia. No es un misterio de hacer caso, como una mula a base de rejo y de látigo, es un misterio de obediencia que me inscribe en el mismo movimiento por el que Cristo entró en la voluntad del Padre para gloria de su nombre, para salvación nuestra.

Bueno, miremos algunas pistas que nos da la lectura del Deuteronomio para aprender a obedecer y para aprender a inculcar la obediencia. Porque si nosotros tratamos a las personas como mulas, pues no esperemos que luego, ellas nos traten como personas, si mi único argumento es la fuerza, el poder, el rejo, pues en cuanto esa mula me pueda dar una patada, me la da y ahí llevaré mi costo. Hay que aprender cómo inculcar la obediencia y hay que aprender, entonces, primero a obedecer.

Esa lectura que hemos seguido, que no es larga, tiene unas pistas buenísimas para aprender a obedecer y para aprender a inculcar la obediencia, miremos un poco, dice aquí: «Israel, escucha los mandatos y decretos que os mando cumplir. Así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor Dios de vuestros padres os va a dar». Hay que partir de la base de que obedecer significa siempre un sacrificio. El soldado que obedece, incluso a riesgo de su propia vida, está pensando en un bien muy grande, está pensando en la victoria, está pensando en la patria, está pensando en cosas muy grandes. Lo primero para aprender a obedecer es tener muy clara la meta, ¿qué se va a lograr con esto? Por eso, un buen pedagogo de la obediencia siempre insiste más en la motivación del bien que se va a conseguir. El bien futuro, a la larga tiene más fuerza que el mal presente.

Dicen que los caballos les gustan muchísimo las zanahorias y dicen que hay gente que puede mover a un caballo poniéndole por delante una zanahoria con un palito y va llevando, va llevando al caballo, lo va llevando para una parte y para otra. El caballo se puede mover también, con fuete, pero para un ser humano, entre el fuete y la zanahoria, hay que preferir la zanahoria, hay que preferir el bien futuro. Y Cristo utilizó este método, no le tengamos miedo. Un día Pedro estaba como desmotivado y le dijo: -Bueno Señor, ¿qué vamos a hacer? Nosotros lo hemos dejado todo por ti, ¿qué va a pasar con nosotros? Ahí, todo lo que él le estaba diciendo a Cristo: -Oiga, todo este esfuerzo ¿para qué?, hermano. Y Cristo le dijo: -No se me sulfure, Pedro, no se me preocupe. Vea, todo el que haya dejado hermanos o hermanas, madre, tierras, posesiones, por mí y por el Evangelio, recibirá cien veces más en esta tierra, con persecuciones, y luego la vida eterna.

Ningún sacrificio en la vida cristiana es un sacrificio porque si, nosotros sacrificamos una cosa que es pequeña, nos dice San Pablo: «Los sufrimientos de la vida presente los tengo en nada comparados con la gloria que se va a revelar». Primer procedimiento para ayudarnos a la obediencia, tengamos clara la meta. Cuanto más grande, cuanto más bella, cuanto más hermosa la meta, más fuerte la motivación para obedecer. Eso nos lo enseña la lectura de hoy del libro del Deuteronomio.

Vamos a ver otra motivación, otra pista que nos da el Deuteronomio hoy, dice aquí: «Ellos, los mandatos, ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos». Fíjate, por una parte, la motivación, quizás demasiado humana diríamos, de tener unas grandes leyes mejores que las de los otros pueblos. Pero, quiero destacar aquí lo que dice: «Los mandatos de Dios son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia». Hay que comprender lo mandado, hay que entrar en la inteligencia, en el entendimiento de lo mandado, la sabiduría de una ley, el aprecio por la sabiduría de una ley nos mueve a la obediencia. Por eso nos cuenta, por ejemplo, nos cuentan los libros de Esdras y de Nehemías en la Biblia, cuando tuvieron que volver a predicar la ley a todo el pueblo. Nos dice: «Los levitas le iban explicando a la gente el sentido de la ley». Hay que quedarse, no solo con lo mandado, hay que entrar a entender por qué ha sido mandado. La sabiduría de los mandatos de Dios, la sabiduría de los mandamientos, hay que entrar en eso, saborear los mandamientos, que nuestra inteligencia se dé un banquete apreciando toda la sabiduría que tienen los mandamientos de Dios, así se facilita muchísimo la obediencia.

Claro que, ese no debe ser el único argumento para obedecer, pero no cabe duda de que obedecer una cosa que uno no entiende o que una cosa que uno no le dé la razón de ser, es demasiado difícil. Cuanto más expliquemos a los súbditos, ya sean los hijos, los subalternos, los alumnos, cuanto más expliquemos, cuanto mejor expliquemos y cuanto más hagamos amar los mandamientos que explicamos, mucho más fácil la obediencia. No es lo mismo decirle a la gente: -Mire, no adultere, cuidado con la fornicación. Sí, esa es la instrucción, pero hay que ir más allá, hay que hacer amar la belleza del mandamiento. Si la persona ama la belleza del mandamiento, si saborea lo que Dios le ha mandado, si le saca gusto a ese mandamiento, con seguridad lo va a obedecer mucho mejor.

Entonces, si se nos dice: -no adultere, no fornique o no robe, no mienta. Honra a tu padre y a tu madre o cualquier mandamiento. Y nosotros podemos entender un poquito de por qué Dios nos da esos mandamientos, entonces descubrimos que Dios, todo lo que nos ha mandado, todo es por nuestro bien. Qué bello escarbar con la inteligencia los mandamientos de Dios para llegar al centro, a la nuez, al núcleo del mandamiento que es, Dios me ama, Dios quiere lo mejor para mí y para todos y por eso Dios quiere que yo no mienta. Por eso, Dios quiere que yo no robe, que yo no mate, que yo no fornique. Por eso, Dios quiere que yo ame. Hay que utilizar la inteligencia hasta descubrir el amor, cuando descubro el amor con el que Dios me ha dado sus mandamientos, entonces descubro que es mucho más fácil obedecer.

Y una tercera pista, la última que vamos a ver en el día de hoy, nos dice esta lectura del libro del Deuteronomio: -Cuidado, guárdate muy bien de olvidar los sucesos que vieron tus ojos, que no se aparten de tu memoria mientras vivas. Ahí, Moisés se está refiriendo a los grandes acontecimientos de la historia de Israel, por ejemplo, todos esos portentos de las plagas en Egipto, el cruce del mar o el alimento de codornices y de maná en el desierto, o el agua que salió de la roca, o toda esa maravillosa manifestación de Dios en el Sinaí, se trata de que guardemos todos esos acontecimientos. Bueno, esos eran los acontecimientos de Israel, esa era la historia de ellos.

Pero tú también tienes una historia de salvación, ¿cuáles son las cosas que Dios ha hecho por ti?, ¿cuáles son los regalos de su amor para ti?, ¿en qué te has sentido salvado?, ¿en qué te has sentido amado?, ¿en qué te has sentido perdonado, rescatado, alimentado? Esos acontecimientos, es hermoso lo que ha pasado en tu vida, hay que tenerlo fresco en la memoria para poder decir: -Señor, he experimentado tantas veces tu amor, he visto tantas veces que sí me amas, que, aunque ahora me cuesta trabajo obedecer, yo confío en ti, aunque me cueste trabajo hacer lo que me pides. Yo creo en ti, Señor, yo creo que tú, también ahora, estás buscando lo mejor para mí. Y por eso, guiados por el recuerdo de los bienes que Dios nos ha hecho, podemos con mayor facilidad obedecer y ayudar a que otros obedezcan.

Cómo es de importante tener nuestra propia historia de salvación, recordar vivamente en nuestra cabeza, en nuestro corazón, lo que Dios ha hecho por mí. Si ahora, por ejemplo, al salir del templo, nos detuviera alguien por el camino y nos dijera: -Oiga, yo veo que usted salió de la iglesia, usted reza, ¿cierto? y usted va mucho a la misa, ¿usted por qué hace eso?, ¿qué ha hecho Dios por usted?, ¿usted por qué le hace tanto caso a Dios?, ¿usted por qué anda detrás de todos esos curas?, ¿qué lo mantiene a usted metido ahí en esa iglesia? Dígame, explíqueme ¿quién es Dios para usted? ¿qué le ha hecho Dios? Si alguien nos dijera estas preguntas, nosotros debemos tener fresca en la memoria una respuesta: -Claro, hombre, qué más quiero yo sino que tú me preguntes eso, siéntate, que esto es para largo. Te voy a contar todo lo que ha hecho Dios por mí y te vas a dar cuenta por qué yo lo amo tanto y por qué quiero hacer su voluntad, es que yo tengo mi confianza puesta en Él. Dios me ha hecho tantas cosas, tan bellas y tan buenas que yo no tengo, sino que quererlo y buscar la manera de agradarle. Esa es la verdadera vida en Dios, y esa es la invitación que nos dejó Moisés en la lectura del Deuteronomio.

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