Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La Ley antigua, la palabra; la Ley nueva, la fuerza del Espíritu para cumplirla.

Homilía k033001a, predicada en 19970305, con 9 min. y 38 seg.

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Transcripción:

La palabra de Deuteronomio significa segunda ley. El título de este libro, del que está tomada la primera lectura, nos cuenta como una segunda ley, o mejor, una segunda proclamación de la ley, porque la primera proclamación está en el Éxodo. El Éxodo, como su nombre lo indica, es la salida de Egipto, y los discursos del Deuteronomio se sitúan a la entrada de la Tierra Prometida. Esto quiere decir que hay como dos proclamaciones de la ley, una primera proclamación, apenas salieron de Egipto, cuando llegan al Sinaí. Una segunda proclamación, una generación después, unos cuarenta años después, de acuerdo con los relatos del Pentateuco, cuando ya van a entrar a la Tierra Prometida.

Esto tiene su significado, desde luego, la primera proclamación de la ley, como está en el Éxodo, es como el código que sella la pertenencia a Dios, que les ha dado la libertad. La segunda proclamación de la ley es la que se hace a las puertas de la Tierra Prometida, es como una invitación a conservar la libertad. En el Éxodo, el punto de referencia es el Faraón y la tierra de esclavitud, la tierra de Egipto. En el Deuteronomio el punto de referencia es Canaán y los cultos paganos, los cultos idolátricos que hay en esta tierra de Canaán. Entonces, el argumento de la primera proclamación de la ley es: -Acuérdate que yo, con poder, te saqué de Egipto. El argumento en el Deuteronomio es: -No imites las costumbres idolátricas de esa tierra a donde vas a entrar.

Esta doble proclamación de la ley sucede, de alguna manera, también en nosotros. Cuando Dios nos da su ley, nos la da por las razones del Éxodo o por las razones del Deuteronomio. Dios da sus mandatos, sus preceptos, sus prohibiciones, sus consejos, por una parte para consolidar la libertad, para recordarnos que Él es el Señor. Y también nos da su ley, nos da sus mandatos, para que nosotros, que ya hemos sido liberados por Él, no caigamos en la idolatría. Lo primero es la proclamación de nuestra libertad, para servir a Dios, y lo segundo es la confirmación de esa libertad para no caer en idolatrías. Ese conjunto de leyes del Éxodo y del Deuteronomio constituye la ley antigua.

Pero hay también una ley nueva, porque toda esa ley del Pentateuco, aunque estuviera llena de sabiduría, como dice la primera lectura, no tenía en sí misma la fuerza para llevarla a cumplimiento. No tenía el poder, no tenía la gracia para que se pudiera obedecer lo que allí aparece. Por eso, esa ley se convierte, es como en un enemigo del hombre, este tema lo desarrolla San Pablo, sobre todo, en la Carta a los Romanos. Se convierte en un enemigo porque la ley que uno sabe buena, pero que uno no puede cumplir, es el dedo acusador que continuamente le está recriminando la desobediencia, la rebeldía, la incoherencia, y esto llena de tristeza y llena de angustia y llena de desesperación el alma. Para San Pablo, la ley es como un enemigo del hombre, pero no porque sea injusta ni porque sea mala, sino porque la sola proclamación de la ley, ya sea la del Éxodo o la del Deuteronomio, no tiene la fuerza para que uno pueda hacer el bien, uno no es bueno solo con que le cuenten cuál es el bien, por eso se necesita una nueva ley y esa nueva ley es la que trae Cristo en el Nuevo Testamento.

Esta nueva ley, no es para derogar o para abolir lo que había sido dicho por Moisés, Jesucristo dice: «Yo no he venido a abolir, sino a dar plenitud». Y la plenitud que da Cristo es que Él no comunica simplemente enseñanzas. Él no predica cómo deberían ser las cosas, sino que, de Él mismo, de su Cuerpo glorificado, de su Cruz redentora brota un amor inmenso, hay una efusión de amor, hay una gracia del Espíritu Santo, y esa efusión del Espíritu es la ley nueva. Solo saber qué es lo bueno y qué es lo malo, es una tortura horrible porque no sirve sino para que uno sepa todo lo malo que uno es y para que uno sepa todo lo bueno que uno debería hacer pero que no logra hacer. Necesitamos que, junto con la Palabra se nos dé el Espíritu, y eso es lo que trae el Nuevo Testamento, eso es lo que nos ofrece, ya no simplemente una exigencia, así sea razonable, sino nos trae una efusión de amor, la comunicación del Espíritu.

San Agustín nos hace ver que uno no puede leer el Nuevo Testamento como si todavía estuviera leyendo el Antiguo. En ese sentido, se convierte en una tortura peor que el Antiguo Testamento, porque si el Antiguo decía, por ejemplo, no adulterarás, en el Nuevo dice Cristo, no es solo no adulterar, sino no desear en el corazón. Si el Antiguo Testamento daba hasta cierto punto margen con el desquite a la venganza, ojo por ojo, diente por diente, Jesucristo dice, perdona a tu enemigo. Cristo es el peor de los torturadores, si tomamos las palabras de Cristo y nos quedamos solo con las palabras de Cristo, porque ¿quién puede vivir eso?, ¿quién puede vivir el perdón de los enemigos, la absoluta pureza de alma, la generosidad, el rezar por los perseguidores y el poner la otra mejilla y el amar hasta el extremo?, ¿quién puede hacer todo eso? Sería peor el Nuevo Testamento, más vivo y más acusador que el Antiguo. Pero, es que el Nuevo Testamento no debe ser leído así. No debe ser leído como si siguiera otro capítulo más de la ley de Moisés, sino debe ser leído, proclamado y escuchado como un testimonio del amor de Dios.

Cuando miramos en Cristo la plenitud de la ley, cuando miramos cómo ese amor se comunica y llega a nosotros, cuando nos unimos, no con el pensamiento, entendiendo solo las cosas, sino ante todo con el corazón y con la fe a las palabras de Cristo y a sus mandamientos, entonces logramos, no solo lo que queríamos hacer, sino muchísimo más. Lo que dicen las palabras de Cristo, hay que comulgar con Cristo. Los israelitas oyeron a Moisés, pero no comulgaban con Moisés, comían la Pascua del Cordero, mira, uno era el que les hablaba y otro era el que se comían. Comulgaban con el cordero y veían a Moisés, hay una diferencia. Nosotros pedimos a Cristo y nos comemos a Cristo, escuchamos su mandamiento y le vemos amar, escuchamos que nos dice, perdona, y lo vemos perdonándonos. Nos habla de misericordia y es misericordioso, nos habla del Padre y es la imagen visible del Dios invisible.

Participamos así de esta Eucaristía, vamos a comulgar con Cristo, vamos a recibir de Él, de su amor, vamos a recibirlo así, a unirnos a Él. El mismo que nos ha predicado, es el mismo que ahora nos va a alimentar, y con la fuerza de su alimento, seremos capaces de llevar a plenitud la ley, la del Éxodo, la del Deuteronomio también, pero sobre todo la de la Nueva Alianza.

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