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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Qué falló para que aquel hombre no pudiera perdonar?
Homilía k032012a, predicada en 20190326, con 15 min. y 17 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, la escena del Evangelio que acabamos de escuchar nos presenta a un grupo de personas que quedaron consternadas. A uno le perdonaron la deuda. En un momento vamos a comentar de qué tamaño era esa deuda, es una cosa astronómica, brutal, gigantesca. Y él no fue capaz de perdonar otra deuda que era grande, pero mucho más modesta, muchísimo más modesta. Al ver que aquel que había sido perdonado no perdonó, los compañeros dice aquí quedaron consternados. Esa misma consternación, esa misma extrañeza seguramente la experimentamos nosotros. ¿Por qué aquel hombre no fue capaz de perdonar? vamos a hacer la pregunta un poquito más dramática. ¿Qué falló? ¿qué fue lo que falló? la Iglesia, que es madre y es maestra, nos ayuda con la primera lectura de hoy para entender por contraste, qué fue lo que falló.
Efectivamente, en la primera lectura encontramos palabras de arrepentimiento, palabras que piden perdón. Un hombre llamado Azarías ora de una manera intensa y, sobre todo, muy humilde. Por el honor de tu nombre dice no nos desampares para siempre. Y luego menciona la alianza. Y dice no tenemos profetas, ni jefes, ni holocaustos, ni sacrificios, ni un lugar donde ofrecerte primicias para obtener misericordia. Este hombre, Azarías, el de la primera lectura, se declara completamente indigente. No tengo nada, no tenemos nada. Y como no tiene nada ¿qué le ofrece a Dios? estas son sus palabras. Acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde como un holocausto. Esa es la expresión que él utiliza. Entonces es una oración que pide perdón. Es una oración profunda, sincera, humilde. Y aquí viene el punto que deseo subrayar. Es una oración que presenta la absoluta indigencia. No tengo nada. No puedo prometer nada. Nada puedo dar a cambio. No tengo cómo negociar contigo. No hay manera de negociar contigo Señor, porque no tengo nada. Lo único que te puedo presentar es mi corazón dolido y roto. Esa fue la primera lectura..
Escuchemos nuevamente al señor aquel al que le perdonaron la deuda. Lo que debía era muchísimo. ¿qué era un talento? hay discusiones entre los exégetas porque es parte de la vocación del exégeta discutir. Pero un acuerdo que hay es que por la época de Jesús, un talento podía ser algo así como unos treinta a cuarenta kilogramos de peso. Se entiende que el talento es una medida de peso y se entiende que ese peso se entrega o en oro o en plata. Usted calcule lo que son cuarenta kilogramos de oro ¿cuánto vale eso? y ahora piense que la deuda era de diez mil talentos. Eso significa que este señor debía. Si esas cuentas son correctas. Algo así como cuatrocientas toneladas de oro. Esa era la deuda. No sabemos si fue culpa de los gota a gota o qué fue, pero el hecho es que debía cuatrocientas toneladas de oro ¿quién puede pagar eso? les repito, hay discusión sobre la cifra exacta y el número final, pero todos coinciden en decir que es una cifra fabulosa. Algunos dicen que esa cifra de los diez mil talentos es más o menos lo que se podía recoger de impuestos en toda la tierra de Jesús, en toda la Palestina, que diríamos. Es decir, como si uno de nosotros dijera, yo estoy debiendo la deuda externa de Colombia, por decir algo, que la deuda externa de Colombia creo que es menor que la cifra que estamos hablando aquí. Pero cuáles son las palabras que utiliza este hombre. Como él debía tanto dinero. El señor al que le debía, mandó que lo vendieran a él con su mujer, sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo ten paciencia conmigo. Y ¿qué más dijo? ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.
Usted ve la diferencia entre lo que dice este señor y lo que dijo el señor de la primera lectura. El señor de la primera lectura, cuyo nombre aparece, Azarías, se da cuenta de que no hay manera de quedar a paz y salvo con Dios. Se da cuenta de que no hay modo de ofrecer ni holocausto ni sacrificios. Se da cuenta de que ha llegado a una situación tan absolutamente despojada que no hay nada que se pueda hacer. Por eso el de la primera lectura está arrepentido. Pero no solo está arrepentido, está consciente de que no puede hacer nada. Y el del Evangelio, dice téngame paciencia, que ahí poquito a poco le voy pagando sus cuatrocientas toneladas de oro. Por supuesto, es una promesa vacía. Nadie podría pagar una deuda semejante, nadie.
Entonces nos preguntamos al comienzo de la homilía, ¿qué falló? falló el tipo de arrepentimiento, falló el modo de arrepentimiento, porque el arrepentimiento del hombre del Evangelio es un arrepentimiento con asterisco. Eso ¿qué quiere decir? usted ha visto en Internet o en los periódicos cuando hacen una gran oferta, pero hay un asterisco y el asterisco lo manda por allá a una notica de pie de página que en letra menuda dice, aplican condiciones y restricciones y no sé cuántas cosas. Es decir, que este hombre está arrepentido, pero él todavía cree que puede hacer algo. Ese es el hombre del Evangelio. Y él está arrepentido y todavía cree que puede levantarse, porque esa es su frase. Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo. Deme tiempo que yo me repongo de esta. Deme tiempo. Él todavía cree que puede reponerse. Aquel hombre no podía reponerse. Pero él cree que puede reponerse. Y el señor al que él le debía toda esa plata, compadecido, dice aquí se compadeció el señor y lo dejó marchar, y le perdonó la deuda.
Por qué ese perdón no tuvo la misma fuerza que nosotros hubiéramos deseado, por qué no tuvo esa fuerza, porque el arrepentimiento era imperfecto, era un arrepentimiento severamente imperfecto, y ese arrepentimiento imperfecto hacía que aunque aquel señor le perdonará la deuda y el perdón fuera perfecto, entonces el perdón perfecto sobre la base de un arrepentimiento imperfecto no produce verdadera conversión. Parece que esa es la lección. Repito la frase que tiene un poquito de trabalenguas. El perdón fue perfecto. Le perdonó toda la deuda como Dios nos perdona todo, el perdón fue perfecto, pero el arrepentimiento claramente era imperfecto, porque él seguía pensando que él podía levantarse, porque él seguía pensando que podía salir adelante, que era cosa de que le dieran tiempo. Deme tiempito y yo le pago sus cuatrocientas toneladas de oro. El perdón era perfecto, pero el arrepentimiento era imperfecto. Cuando el arrepentimiento es imperfecto, uno en realidad no toma conciencia de todo lo que le han perdonado. Cuando el arrepentimiento es imperfecto, uno no toma conciencia de todo lo generoso que es Dios. Cuando el arrepentimiento es imperfecto, entonces ese arrepentimiento no produce verdadera conversión.
Por eso, nada más salir de aquella sala, se encontró con el otro que le debía cien denarios. ¿cuánto es cien denarios? muchos dicen que un denario es más o menos el salario de un obrero de baja condición durante un día, un jornal. O sea que cien denarios es algo así como tres meses de salario mínimo. Por hacernos una idea, usted ve que la deuda era ridículamente pequeña comparada con las cuatrocientas toneladas de oro. Pero por qué este hombre fue incapaz de perdonar al otro, fue incapaz de perdonar porque aunque había recibido un perdón perfecto, lo había recibido sobre la base de un arrepentimiento gravemente imperfecto. Y cuando el arrepentimiento es imperfecto, uno no tiene ojos para ver todo lo que Dios le está perdonando. Y cuando uno no tiene ojos para ver todo lo que Dios le está perdonando, no brota del alma una gratitud, no brota del alma un rendimiento, un rendirse ante Dios y decirle ahora soy tuyo. Porque uno cree que sigue mereciéndose muchas cosas. Y mi plática es mi plática Y mis talentos son mis talentos y mi fama es mi fama. Y lo mío es lo mío.
Entonces, qué fue lo que falló en el Señor del Evangelio, que su arrepentimiento fue severamente imperfecto. No había alcanzado esa palabra preciosa que en la teología católica se llama la contrición. ¿qué es la contrición? es aquella gracia particular con la que Dios permite un arrepentimiento que es perfecto a su manera, porque es el dolor de haber ofendido a Dios, no el daño que yo he recibido, no el daño que yo podría recibir. A este señor le dolió que lo fueran a vender como esclavo, le dolió que le fueran a vender la esposa y los hijos y perder sus posesiones, su arrepentimiento fue imperfecto porque tuvo dolor de sí mismo, no tuvo dolor del pecado. El arrepentimiento perfecto es el que aparece dibujado en la primera lectura. Es un arrepentimiento por haber ofendido a un Dios tan bueno. Como decimos en la oración de la confesión. Me arrepiento de todos mis pecados y me pesa de todo corazón, porque con ellos ofendí a un Dios tan bueno. Esa oración tan linda que decimos al confesarnos esa oración, trata de despertar en nosotros el arrepentimiento perfecto para que no nos pase lo del Evangelio, que nosotros lleguemos al verdadero arrepentimiento, que tengamos el verdadero dolor por nuestros pecados, de modo tal que sobre la base de esa humildad podamos contemplar la grandeza de un Dios que nos ha amado sin que lo merezcamos.
Y cuando esa contemplación se hace perfecta en nosotros, entonces, mis hermanos, la gratitud se vuelve inmensa, la alabanza se hace muy alta y sobre todo, quedamos completamente rendidos a su voluntad, a su plan. Ahí podremos decir con Santa Teresa de Jesús, vuestra soy para vos nací, qué mandáis hacer de mí, ya del todo me rendí. Teresa hubo un momento en el que pasó por la contrición y después de la contrición pudo decir ya del todo me rendí. Ya me di cuenta que yo estoy en la situación de Azarías, el de la primera lectura. Una persona así, totalmente rendida a la voluntad de Dios y con una alta conciencia de la gracia divina, es una persona que tiene una generosidad muy grande también para perdonar a sus hermanos.
Que el Señor en esta Cuaresma, en algún momento de esta Cuaresma, nos dé la verdadera contrición para llegar a la alabanza de su gracia y a la verdadera reconciliación con nuestros hermanos. Amén.

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