Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El arrepentimiento nos transforma porque podemos recibir nueva vida y verdadera alegría, dándole la gloria, alabanza y servicio a Dios que nos ha amado tanto.

Homilía k032010a, predicada en 20180306, con 5 min. y 34 seg.

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Transcripción:

Una de las lecciones que uno no puede dejar de aprender en Cuaresma es la lección del arrepentimiento. De hecho, uno de los propósitos principales de la Cuaresma es que tomemos en serio nuestra vida cristiana, y eso implica caminos de conversión. Esa parte está clara, pero aprender a arrepentirse no es sencillo. Como hemos dicho en otras predicaciones, a veces la gente confunde el arrepentimiento con el complejo de culpa, con una especie de continuo malestar psicológico por el cual una persona está siempre disminuyéndose, incapacitándose, acusándose lastimándose. Ese no es el arrepentimiento.

El arrepentimiento es un encuentro con la verdad. Eso nos enseña el texto del capítulo tercero del libro de Daniel, que está en la primera lectura de hoy. Es un encuentro con la verdad. Arrepentirse es dejar de decirse mentiras, porque la verdad es que nos decimos muchas mentiras. Nos decimos mentiras porque queremos pensar que somos mejores de lo que somos. Nos decimos mentiras porque presentamos pretextos y justificaciones tontas. Nos decimos mentiras porque pretendemos delegar nuestra responsabilidad en otras personas. Entonces, el arrepentimiento es un encuentro, un encuentro saludable y liberador con la verdad.

Miremos algunos rasgos del texto de hoy y aprendamos a arrepentirnos mejor. Observemos cómo el profeta pone por delante dos cosas, la gloria de Dios y la misericordia de Dios. Él se da cuenta de que nosotros somos obra divina, y así como una obra malograda, dañada, ensuciada, no habla bien de ese escultor, o de ese pintor o de ese artista. Así también nosotros, en la medida en que estamos manchados, fracturados, pulverizados a veces por nuestros pecados. No damos fiel testimonio de la grandeza del Dios que nos ha creado y que nos ha conducido. Por eso va por delante la gloria de Dios. No se trata simplemente de yo sentirme mejor. Hay gente que cree que todo consiste en que uno se sienta mejor. Siéntate, respira profundo, pon la mente en blanco. Olvídate de todo eso. Es una droga cerebral. Ese no es un encuentro con la verdad. El encuentro con la verdad supone algunas cosas dolorosas. Pero detrás de ese dolor hay crecimiento. Detrás de ese dolor hay un bien mayor.

Entonces aprendamos. El arrepentimiento tiene esos dos polos, la gloria divina. Es decir, soy obra de Dios y es precioso que brille a través de mi vida esa maravilla, esa grandeza del Señor, porque Él no ha querido hacer basura. No es la intención de Dios hacer tonterías o hacer basura. Soy una obra preciosa suya. Y es hermoso que aparezca esa belleza. Es hermoso que aparezca esa grandeza. Esa parte es clave. Luego darnos cuenta de la misericordia. El hecho de que haya una distancia infinita entre la perfección divina y nuestros muchos pecados no debe llevarnos ni al cinismo ni a la desesperación. Esa distancia infinita que nosotros no podemos salvar. Dios ha querido cubrirla, porque su misericordia, la que brota de él, si puede llegar hasta nosotros. Nuestra virtud seguramente no puede escalar hasta él, pero su misericordia sí puede llegar a nosotros. Y ha querido llegar a nosotros. Y esa dulce confianza en la misericordia debe ser para nosotros motivo de profunda esperanza, de profunda alegría, de profundo agradecimiento.

Y lo último que quiero destacar es que este encuentro con la verdad, que es también encuentro con la bondad y la misericordia del Señor es la que nos muestra la estructura de la verdadera religión. El verdadero sacrificio, la verdadera ofrenda de nosotros mismos no está tanto en las cosas que hacemos ni en las cosas que damos. La verdadera grandeza está solamente en ese corazón nuestro que ciertamente se rompe al descubrir su mentira, pero que sabe que depositado en las manos compasivas de Dios, recibirá nueva vida. Es decir, todo arrepentimiento es Pascua, es una experiencia de transformación. Es lo que vive uno cuando uno hace una buena confesión es, Pascua. Y por eso, a través de ese corazón contrito, nosotros recibimos esa nueva vida y podemos así darle verdadera gloria, verdadera alabanza, verdadero servicio al Dios que nos ha amado tanto. Y en ello encontramos también nuestro regocijo. Qué lección tan preciosa y qué tiempo tan oportuno para vivirla.

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