Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Los tiempos de purificación son tiempos para encontrar dónde habíamos olvidado el alma, y en ella, dónde se nos había perdido Dios.

Homilía k032009a, predicada en 20170321, con 7 min. y 55 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, el Evangelio de hoy nos presenta una hermosa invitación al perdón de corazón, el perdón que renueva, el perdón que hace posible de hecho, una vida nueva. Sin embargo, en esta ocasión quisiera compartir una reflexión sobre la primera lectura que fue tomada del libro del profeta Daniel y que nos trae otro tema también muy propio de Cuaresma. El tema de la purificación del corazón, muchas veces a través del desierto y de la penitencia.

Hace veinticinco años, mi hermano de comunidad, Fray Omar Orlando, que preside esta Eucaristía y este servidor recibimos la ordenación sacerdotal. Y como decía él, fue exactamente en este mismo sitio. Los lugares nos ayudan a evocar las circunstancias. Pienso siempre en lo que sucedió cuando el profeta, podemos llamarlo profeta Josué interrogó al pueblo antes de entrar a la tierra prometida y presentó aquellas piedras a orillas del Jordán como testigos, de manera que cada vez que vieran ese lugar, se acordarán de lo que le habían prometido a Dios. Pienso que para mi hermano y para mí, las piedras que nos hablan, que nos interrogan, son exactamente las propias de este templo de Santo Domingo, donde hace exactamente veinticinco años recibimos la ordenación. Y creo que el Señor nos llama a través de nuestra conciencia, nos llama a confiar en su misericordia, pero también nos llama a purificar nuestros corazones, y no solo a nosotros, sino a todo el pueblo de Dios, porque eso es lo propio de la Cuaresma. Esa es la escena que encontramos en la primera lectura.

El contexto es que el rey Nabucodonosor pretende ser adorado como un dios, y algunos jóvenes se resisten. Jóvenes que son la imagen de la santa rebeldía. Entonces, por mandato del rey son arrojados a un horno encendido, pero las llamas no los destruyen. Al contrario, sobreviven a esa prueba. Y es en medio del fuego, en medio de ese fuego que es al mismo tiempo una corrección y una purificación. En medio de ese fuego se escucha la oración que tuvimos en la primera lectura. Es la oración de un corazón humilde, un corazón que se da cuenta que todos hemos fallado, un corazón que se postra ante Dios y pide misericordia y un corazón que aprende a confiar. Y pienso que a esta altura de nuestra vida personal y sacerdotal, esos son los sentimientos que tal vez uno tiene más cerca, la conciencia de la fragilidad humana por una parte, la conciencia de que la conversión es un proceso continuo, pero al mismo tiempo la conciencia de que Dios de verdad es compasivo y que se puede confiar plenamente en él. Es interesante ver cómo a veces, cuando perdemos las seguridades exteriores, redescubrimos que dentro de nosotros hay un espacio existencial que es como invisible, pero completamente real. Y a ese espacio la Biblia lo llama el corazón.

Y ese es el único espacio que queda disponible para estos hebreos arrinconados, humillados, perseguidos. Nos vemos, dice Azarías en el horno, nos vemos empequeñecidos, estamos humillados a causa de nuestros pecados. No tenemos príncipe, ni jefe, ni profetas, ni holocausto. Todo lo de fuera se ha acabado. Pero en medio de esa desolación exterior viene un movimiento hacia adentro, hacia el corazón. Y por eso dice acepta nuestro corazón, nuestro espíritu humilde como un sacrificio perfecto en tu presencia. Creo que la enseñanza para nosotros es muy clara. Por un lado, descubrirnos siempre en camino de conversión, en camino de confianza hacia la misericordia. Y por otro lado, tener la certeza de que aunque se acaben los soportes exteriores, siempre está ese recinto del corazón, de la conciencia, del encuentro personal y humilde con Dios. Y es ahí donde aprendemos a ser adoradores en espíritu y en verdad.

Por eso termina diciendo esta oración las bellas palabras que ya hemos oído y que creo que pueden servir de conclusión también para nosotros, son las palabras que yo le dedico a mi hermano de ordenación y que quiero aplicar yo mismo. Ahora te seguiremos de todo corazón. Ahora te respetamos y queremos encontrarte. No nos dejes defraudados, trátanos según tu clemencia y tu abundante misericordia, sálvanos y da gloria a tu nombre.

Le pido a Dios nuestro Padre, que estas palabras sean bendición para Fray Omar Orlando, que está desempeñando a nombre de nuestra comunidad una misión bastante exigente, muy bella, pero muy difícil en Puerto Rico. Nuestro hermano es el Vicario de la provincia de Colombia para ese lugar en Puerto Rico, para los dominicos de Puerto Rico y también para mí, con las misiones, con los encargos que la comunidad me ha dado. Que podamos vivir esta certeza. Y repito, por último, esas palabras te seguiremos de todo corazón, te respetamos, queremos encontrarte, no nos dejes defraudados, trátanos según tu clemencia y tu abundante misericordia. Amén.

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