Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Para lograr el perdón se debe avanzar por la senda de la compasión, porque el hombre es barro que falla y sobre esa base debemos construir una nueva y mejor historia.

Homilía k032008a, predicada en 20170321, con 6 min. y 22 seg.

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Transcripción:

El Evangelio del día de hoy está tomado del capítulo número dieciocho de San Mateo. Trae a nuestra mente y corazón uno de los temas más bellos, pero también más exigentes de la vida cristiana. Y por supuesto, si la Cuaresma tiene como uno de sus objetivos renovar en nosotros la vida cristiana, tenemos que renovarnos en esa palabra tan exigente pero tan bella que apareció el día de hoy en el Evangelio. Estoy hablando del perdón.

Qué hermosa catequesis daba el Papa Francisco hace unos meses cuando dirigiéndose a un grupo de familias, decía. Sin el perdón no es posible la familia. Me atrevo yo a extender estas palabras de nuestro Papa Francisco diciendo que sin el perdón es imposible la convivencia humana. Sin el perdón es imposible la vida religiosa. Sin el perdón es imposible la vida sacerdotal. Allí donde hay seres humanos hay humanidad, y donde hay humanidad hay fragilidad. Tarde o temprano asoma la incoherencia, la debilidad, el pecado. Esta es una realidad, esto no lo podemos negar. Y por supuesto, donde aparece la fragilidad humana, pues aparece también nuestra gran capacidad de decepcionar a los otros.

Pensemos, por ejemplo, en lo que sucede en una pareja a medida que se van conociendo, a medida que surge la admiración, el gusto, la ternura, pues seguramente también surge ese deseo de acompañarse, de sentir cerca a la persona que se ama. Por consiguiente, hay grandes dosis de confianza, hay grandes dosis de entrega. Qué pasa cuando esa persona a la que le he entregado tanto, me falla. Qué pasa cuando esa persona que significa tanto para mí, sin embargo, me muestra con algunas de sus actitudes que yo no significo tantísimo para él, o por lo menos que puede fallarme. Así como sucede en la pareja, así sucede también en la familia. A veces los hijos se llevan grandes decepciones con respecto a los papás. Yo no sabía que mi papá era así. Yo no sabía que él tenía este problema. Yo no sabía. Yo no había caído en cuenta de ese vicio tan fuerte que tiene mi papá. Esto es muy duro. O cuando los papás se decepcionan terriblemente con los hijos. Descubrir que el hijo le da la espalda a Dios. Eso duele terriblemente. Descubrir que el hijo se entrega con una pasividad y con un derrotismo absoluto, se entrega a el pecado a un determinado vicio. Esto hace sufrir muchísimo a los papás. Y como sacerdote uno tiene ocasión de comprobarlo muchas veces los hijos no saben los sufrimientos que causan muchas veces a los papás y los casan, sobre todo por eso, por las duras decepciones, por las terribles decepciones. ¿Qué puede hacer un papá en esas circunstancias? ¿Qué puede hacer una mamá?

Lo mismo podríamos mencionar en el caso de la vida sacerdotal. Nosotros como sacerdotes, estamos indudablemente llamados a una alta, alta perfección. Lo que las personas esperan de nosotros, y hasta cierto punto, tienen el derecho de esperar, es que seamos como Cristo. Una de las maneras de hablar del sacerdocio es precisamente esa, el sacerdote es un Altere Christus es otro Cristo. Pero qué pasa cuando el sacerdote nos decepciona por su incoherencia, por sus vicios, porque lo pillamos en una mentira o por causas incluso más graves. La experiencia que yo he podido comprobar es que muchas veces el juicio es implacable y hay muchas personas que no están dispuestas a perdonar los defectos de los sacerdotes. Sabiendo que todo ello es tan necesario pero a la vez tan difícil.

Tomemos algo de luz de las palabras que nos presenta Cristo en el Evangelio. Nos damos cuenta que la clave está en ver lo que uno ha recibido de Dios, es decir, el perdón que Dios me ha dado, la manera como Dios me ha amado. Al descubrir la magnitud del perdón que Dios ya me ha otorgado, indudablemente ese gozo, ese consuelo, ese bálsamo, logra sanar bastante el corazón de las heridas que nos han causado otras personas. Y por otro lado, a medida que nos vamos conociendo más a nosotros mismos, no solo estamos conociendo a una persona, estamos conociendo la debilidad de la naturaleza humana.

La palabra clave, la que hace posible el milagro del perdón es la palabra compasión. A medida que descubrimos a un Dios que se ha compadecido de nosotros, y a medida que descubrimos cuán necesaria es la compasión para cada ser humano. Porque todos fallamos, porque nos debatimos y muchas veces nos revolcamos en nuestro barro. A medida que vamos avanzando en esa línea de la compasión, pues vamos entendiendo que no tiene ningún sentido acumular odios, acumular heridas, no tiene sentido. Lo único que hace es convertir a esta tierra en una especie de pequeño infierno. No, ese no puede ser el camino. Hay un momento en el que entendemos que es dura la realidad, pero que el único, el único camino, es avanzar en la senda de la compasión. De verdad que el ser humano falla, de verdad que somos barro. Y sobre esa base tratar de buscar cómo se puede construir una nueva y mejor historia en esa pareja, en esa familia o en ese sacerdote.

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