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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Si perdonar es desatar, entonces para desatarse hay que soltar también a los demás, es decir: perdonar, no como una carga sino como acto de liberación.
Homilía k032006a, predicada en 20150310, con 6 min. y 15 seg. 
Transcripción:
Hay una relación bastante estrecha entre las dos lecturas de hoy. La primera fue tomada del profeta Daniel en el Capítulo Tercero. La segunda ha sido tomada del Evangelio según San Mateo y la relación digo que es bastante evidente porque en la primera lectura lo que encontramos es la actitud humilde de aquel que pide perdón. Y en el Evangelio encontramos la predicación firme de Cristo, relacionando el perdón al prójimo con el perdón que esperamos de Dios. Yo creo que no hay modo de decirlo más claro que como lo dijo Cristo: Si ustedes perdonan a los demás, van a ser perdonados. Si ustedes no perdonan a los demás, no van a ser perdonados. Así que el tema fundamental es el perdón. Pero está también ese tema de fondo que trae esta tercera semana de Cuaresma, el tema de la purificación. Si lo miramos bien, el perdón es una manera de suplicar de Dios, una verdadera pureza. El Salmo penitencial, el Salmo de arrepentimiento por excelencia, es el Salmo Cincuenta y uno y en ese Salmo le decimos a Dios junto con el rey David; Crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme. De modo que el ser perdonados y el recibir un corazón nuevo y puro están muy vinculados, no solamente en ese Salmo, sino en muchos otros textos de la Escritura. Y yo creo que también en la experiencia de nuestra propia vida. Cargar con un pecado es algo así como cargar con una mancha. Se relaciona muchas veces en la predicación de la iglesia. El pecado con una mancha, así como la mancha afea un cuadro o una escultura. El quitar esa mancha es devolver la genuina belleza, devolver la verdadera hermosura a ese cuadro, a esa imagen. Pues ese cuadro somos nosotros, nosotros somos imagen de Dios, pero esa imagen queda deformada, queda lastimada, queda manchada por el pecado. Y buscar el perdón de Dios es buscar que esa mancha se vaya, que se quite de nosotros eso que afea el plan de Dios en nuestra vida, para que aparezca plenamente su gloria, su poder, su bondad en todo lo que nosotros somos y hacemos. Con esta claridad podemos entonces preguntarnos ¿Cómo se relaciona el perdón que pedimos y el perdón que damos? Y yo creo que hay una noción muy interesante que está en el Padre Nuestro y que nos puede ayudar a comprender esa relación profunda entre esos dos perdones, el perdón que esperamos de Dios y el perdón que hemos de ofrecer a nuestro prójimo. La palabra del Padre Nuestro que aquí nos interesa es aquello que decía una traducción antigua; Perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Podemos decir que una deuda es como una cuerda, como una cadena que amarra a dos personas, el que debe y aquél a quien le deben. Quedan vinculados, quedan encadenados, de manera que es incómodo para la persona que debe y es incómodo para la persona a la que le deben, el encontrarse y el y el ver que hay algo que está pendiente, que hay algo que no funciona. Y hago esta comparación. Traigo este ejemplo, porque yo pienso que puede ayudarnos a entender por qué el mandato de perdonar en realidad redunda en bien nuestro. El mandato de perdonar es una manera de decirnos el Señor mira, suelta eso. Cuando no perdonamos, cuando estamos condicionados, cuando tenemos algo contra alguien, realmente estamos como encadenados por ese recuerdo, por esa, por esa deuda, por ese problema. Y perdonar ¿Qué es perdonar? Perdonar es como soltar. De hecho, en el lenguaje del perdón, nuestra Iglesia acude con frecuencia esa idea cuando se da la absolución. Por ejemplo, en el sacramento de la confesión se dice que se está soltando a la persona. Absolver quiere decir soltar, desatar. El perdón desata, el perdón libera. Y por eso, cuando nosotros perdonamos, estamos también desatando a esa persona. Pero sobre todo si lo quieres mirar desde un punto de vista casi egoísta, te estás desatando tú mismo es el rencor que conservas, ese resentimiento que tienes, esa animadversión, ese deseo de venganza, en el fondo te está amarrando a ti mismo, te está frenando a ti. Entonces el momento del perdón es el momento de la liberación, es el momento de soltar, es el momento de quedar libres y a eso nos invita el Señor. Por eso no miremos simplemente como una carga, no miremos como un mandato pesado el que Dios nos pida el perdón. Más bien veámoslo como la oportunidad de soltarnos. Y en la medida en que dejamos que esa lógica de la libertad, esa lógica del soltar, se apodera de nuestro corazón, llegamos a ser verdaderamente libres. Por eso no se puede pedir perdón si no estamos dispuestos a perdonar, porque es como si Dios nos dijera si en realidad quieres entrar en la lógica del perdón, pues es ya este es el momento, no esperes más. Suelta lo que tienes que soltar y permite que Dios te desate. Amen.

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