Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El arrepentimiento, el perdón y la misericordia, tres realidades fundamentales en la vida cristiana.

Homilía k032002a, predicada en 20100309, con 34 min. y 47 seg.

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Transcripción:

La lectura de Daniel y el texto del Evangelio de hoy nos hablan del arrepentimiento y del perdón. En el caso de Daniel, es como una oración casi sacerdotal. Azarías está pidiendo perdón por todo el pueblo. En este momento no tenemos príncipes, ni profetas, ni jefes, ni holocausto, ni sacrificios, por eso acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde como un holocausto trátanos según tu piedad, según tu gran misericordia. En el Evangelio aparece la idea semejante con aquella súplica que dice el empleado y que dice su amigo, Ten paciencia conmigo y te lo pagaré. La Cuaresma, por supuesto, es tiempo para reflexionar y para practicar el arrepentimiento y, por consiguiente, para practicar también el perdón. Tiempo para recibir el perdón y para darlo.

Así que creo que es una buena ocasión para que meditemos un poco sobre lo que significa arrepentirse. Arrepentirse, no es simplemente maltratarse psicológicamente. El arrepentimiento no es una especie de tortura que la persona se inflige como un castigo anticipado de lo que se le viene encima. El arrepentimiento incluye dolor, pero si pudiéramos entrar en el secreto de ese dolor, podríamos entender en dónde está la grandeza de arrepentirse. Y es bueno entrar en la grandeza del arrepentimiento para comprender la grandeza del perdón. Y es bueno recibir la grandeza del perdón para poder darlo. ¿En dónde está la profundidad del arrepentimiento? Pues en que es un movimiento hacia adentro. Algo muy interesante en el Antiguo Testamento es que lo mismo que los niños pequeños, también el pueblo de Dios aprendió solo progresivamente, que uno no adelanta nada echándole la culpa a otros.

En los textos que hemos venido meditando en estos días de retiro, hemos tomado, por ejemplo, aquello de Adán y Eva, y hemos visto cómo ellos, pues al momento de ser interrogados por Dios, lo que hacen es quitarse la responsabilidad. No fui yo, fue la mujer, no fui yo, fue la serpiente. Y así son también o suelen ser los niños pequeños. Es muy extraño, creo yo, encontrarse un niño que se le corrija de algo y diga pues tienes razón, voy a enmendarme. Lo más común de los niños y de otros no tan niños y de otros que ya están para morirse, es que van pasando, vamos pasando la culpa a otros, a veces de un modo explícito, a veces con nuestras palabras, a veces de una manera más sutil. Pero la culpa siempre la tiene otro, la culpa la tiene el gobierno, la culpa la tiene la Iglesia, la culpa la tienen los ricos o la tienen los inmigrantes o la tienen los pobres. En una época aquí en España, la culpa de todo estaba en Napoleón y los franceses. En otra época, pues el problema es toda esta gente que viene de África. Y así encontramos a quién delegarle la culpa. Las culpas están afuera, entonces, lo primero que hay que aprender en el verdadero arrepentimiento es que es un ejercicio que va hacia adentro. Eso es lo que significa esa lista que hace Azarías en la primera lectura. En este momento no tenemos príncipes, ni profetas, ni jefes, ni holocaustos, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso. No podemos echarle la culpa al sacerdote que no sabe su oficio, no sabe ofrecer el sacrificio. No podemos echarle la culpa a los jefes o príncipes. No podemos echarle la culpa al rey o no podemos echarle la culpa al profeta.

A medida que avanza esa lista, lo único que queda es lo de adentro. O sea que la pregunta existencial que está aquí es ¿Qué le queda a uno cuando no le queda nada? cuando se ha perdido todo, ¿Qué es lo que uno tiene? Y por supuesto que perderlo todo es perder todo eso que hemos llamado en un par de charlas lo que hemos llamado la exterioridad. Cuando se pierde toda esa exterioridad, ¿Qué queda? Pues queda lo que aquí se llama el corazón y queda lo que aquí se llama el espíritu humilde. Entonces, el arrepentimiento, en primer lugar, es ese movimiento hacia adentro, dejar de echar culpas afuera y empezar a mirar más y más hacia adentro. Esa es una característica del verdadero arrepentimiento. Pero una vez que uno se queda a solas consigo mismo, pues todavía puede hacer trampa. Todavía uno puede decir: Pues sí, lo hice ¿Y qué? Eso se llama cinismo. O uno puede decir: Sí, lo hice, no tiene remedio. A ver, consigue por ahí alguna pistola o algún veneno, alguna cosa, porque ya hay que darle final a esto, es la desesperación. Uno puede caer en la desesperación o puede caer en el cinismo. Una vez que uno se queda a solas consigo mismo, le quedan esas dos puertas. Puertas falsas todavía la puerta del cinismo, yo lo hice, pero todo el mundo lo hace, da lo mismo. Lo hice, pero no importa, lo hice y me gusta, o lo hice y no pasa nada, eso es cinismo.

O si no, pues está la desesperación, que es precisamente lo que hemos mencionado antes. Como ese autocastigo. Lo hice, lo hice. ¿Cómo fue posible que lo hiciera? Pero sí, lo hice ¿Pero cómo? Pero si, si, si no pudo ser, si fue y es un diuser. La desesperación suele estar unida al orgullo. Me acuerdo alguna vez que fui a confesarme y le hablaba al sacerdote, decía yo que con sincero arrepentimiento le decía: Yo no entiendo cómo pude haber hecho eso, y entonces me dice el sacerdote que me confesaba pues ahí se ve clara tu soberbia. Entonces a mí no me gustó que el hombre me dijera soberbio. Donde se ve toda la soberbia que yo tenía. Pero en vez de darle un par de cachetadas, pues le seguí escuchando y tenía toda la razón.

Porque fíjate que soberbia decir uno, ¿Pero cómo? ¿Cómo pude caer en eso? ¿Qué es lo que va implícito en ese, agarrarse la cabeza? Lo que está implícito es que otro lo cometa, se entiende, ¡pero yo!, ¡yo! es soberbia, es pura soberbia, eso pues sí tú, tú y tanto podías cometerlo que lo cometiste, o sea que sí podías, sí podías. La desesperación es uno de los muchos disfraces de la soberbia. Y el cinismo, es otro disfraz de la soberbia. Porque el cinismo es yo me vuelvo ley para mi mismo, yo hago lo que a mi me parece un poco lo que decíamos sobre el árbol de la ciencia del bien y del mal. Resumen el arrepentimiento es un camino, es una peregrinación interior y en esa peregrinación uno lo que hace es reconocer que si existe el bien y existe el mal y uno ha causado mal y no hay que echarle la culpa a nadie, ni a las circunstancias, ni al vecino, ni al calentamiento global. Claro, con este calentamiento global, pues yo antes me sostengo.

Entonces el arrepentimiento es si existe un bien y existe un mal. Y yo he cometido un mal, y esa es mi verdad y esa es mi realidad y yo no he debido hacerlo, no me siento orgulloso de eso, me duele, y sin embargo, no entró en desesperación. Esa es la receta del verdadero arrepentimiento, ese es el camino del verdadero arrepentimiento. Y el modelo está precioso, el modelo del Capítulo Tres de Daniel. Que éste sea hoy nuestro sacrificio, que sea agradable en tu presencia. Porque los que en ti confían no quedan defraudados. Ahí se ve que el hombre no está en desesperación. Los que en ti confían no quedan defraudados. Reconocer la culpa, reconoce que si se ha hecho mal, sin cinismo y sin desesperación, ese es el arrepentimiento. Pero todavía le falta un punto a ese arrepentimiento. Uno puede llegar hasta ahí, que ya no es poco, uno puede llegar hasta ahí, pero sentir únicamente dolor porque uno sea lastimado, porque uno se ha deformado, porque uno se ha dañado.

Recordemos que nuestra moral católica, siguiendo a Santo Tomás, nos habla de la culpa y de la pena. Entonces la culpa es el torcimiento de la voluntad, y la pena es la consecuencia que tiene en uno mismo y en lo que a uno le rodea. Entonces, claro, pues el pecado deja una pena, el pecado trae sus consecuencias y esas consecuencias son que uno se ha deformado, así como el que maltrata su cuerpo lo estropea y lo deforma. Pues así también el pecado es una malformación, una deformación del alma por darle ese nombre, una deformación que hiere, que desgarra, que rompe y que afea el alma. Entonces, aquí viene el último punto fundamental en el arrepentimiento. Pero de ese punto depende todo lo demás. Y es que, claro, al quedarse uno ya sin echar culpas afuera, al quedarse uno con la realidad de lo que ha hecho, sin cinismo y sin desesperación, pues eso duele, porque eso es encontrarse con lo opuesto de aquello para lo que uno fue creado. Fuimos creados para la verdad, pero he dicho mentiras. Fuimos creados para el amor, pero soy un egoísta, he sido indiferente, he sido duro, he sido resentido, he sido odioso. Fuimos creados para la santidad y nos encontramos con todas estas miserias. Pues eso duele. Nos explica Santo Tomás que las pasiones, movimientos. Hoy hablaríamos un poco más de emociones o sentimientos, pero en el lenguaje de Santo Tomás las pasiones surgen en el contacto con el bien y con el mal.

Entonces el encuentro con el bien deseado produce alegría, produce gozo. El encuentro con el mal detestado, produce rabia o produce tristeza, y seguramente uno siente esas dos cosas. Cuando uno se enfrenta a lo que uno ha hecho, entonces siente rabia y dice malhaya la hora, ¿Pero ¿cómo fui yo a caer en esto? Y siente tristeza y por eso le puede tentar la desesperación. Pero todavía nos sigue enseñando Santo Tomás otra cosa. Él dice que el origen de todo lo que nosotros llamaríamos sentimientos en este contexto es el amor. Es decir, uno siente alegría porque tiene amor, por ejemplo, porque uno tiene amor a la salud, el día que uno se cura de algo, siente alegría. La alegría surge del amor. Si a uno no le importara estar enfermo o estar sano, pues tampoco se alegraría al curarse. Si a uno no le importara la verdad, tampoco le alegraría encontrarse con algo que es cierto.

Por eso yo noto que algunas personas, al oír una predicación o al oír una conferencia, encuentran algo que les llama la atención y toman nota. Todos los demás tienen una memoria prodigiosa, claro. Uno trata de guardar en la mente, uno trata de guardar en la mente y en el corazón porque siente que es un pequeño tesoro. Una frase que está bien dicha, una verdad que se sostiene, es una alegría, es una pequeña alegría. ¿Pero esa alegría surge de qué? De que uno tiene un amor. Y la tristeza nos dice Santo Tomás también viene del amor. Porque si a uno, si uno no sintiera amor por la salud, pues no se pondría triste al enfermarse si uno no apreciara el don de la salud, pues no se pondría triste al enfermarse y así sucesivamente. Entonces todo tiene su raíz en el amor y por eso el arrepentimiento para ser perfecto depende de qué clase de amor.

Digamos que la descripción que hicimos al principio, esa peregrinación que te lleva hacia adentro y que te lleva a reconocer lo que eres sin echarle más culpas a nadie más y sin desesperarte y sin ponerte de rey y señor de tu propia vida. Ese momento es importante, pero cuando ya te quedas a solas con lo que hiciste, pues viene la rabia y la tristeza. Ahí está lo más delicado, porque esa rabia y esa tristeza, según la explicación de Santo Tomás, tienen su raíz última en el amor. Entonces, a ver cuál es el amor que tienes, porque puede ser únicamente amor a ti misma. Entonces uno puede llegar al punto en el que si me duele, me duele haber pecado, pero lo que me duele, mmm hombre. Me hice daño, me hice daño, dañe mi imagen, quedé mal, vaya, vaya, quedé mal por lo menos ante mis propios ojos. O sí, hubo cómplices, quedé mal ante las otras personas. Todo el mundo se dio cuenta que realmente no hay que creerme una sola palabra. Eso es lo que en algunos países llamamos hacer el oso. Yo no sé si esa expresión existe aquí, pues es lo más chistoso del mundo. Mira, hacer el oso es hacer el ridículo. Soy un payaso, hice el oso. Entonces en Colombia, cuando vayáis a Colombia, si una persona dice no, pues acabo de hacer un oso terrible, eso quiere decir acabo de hacer el ridículo más espantoso. Ahora, si es peor que hacer el oso, es hacer un oso felpudo, así dice un oso. Oso felpudo es una cosa.

Entonces a uno le puede doler del pecado. Uno le puede doler. ¿Es eso? ¡Pero qué ridículo! He hecho un tonto de mí, qué mal he quedado. Eso es puro amor a uno mismo. Entonces, la última gotica que le hace falta esta receta a este cóctel o coctel, creo que dicen aquí, a este coctel del arrepentimiento. La última gotica que le hace falta es la más importante, que ese dolor que lo vas a sentir cuando te quedes a solas con tu pecado, que ese dolor sea por amor a Dios. Y ¿Cómo se sabe si ese dolor es por amor a Dios? Después de estudiarlo profunda y sesudamente, muchos en la iglesia han llegado a la conclusión de que no existe una receta única para determinarlo. El dolor por el pecado, que no tiene como motivación principal que sea Dios el ofendido, ese dolor se llama atrición. Y el dolor que tiene como protagonista principal, que tiene como causa fundamental que Dios ha sido ofendido, se llama contrición. Entonces existe la atrición y la contrición.

La atrición es ese dolor que tiene origen en un amor, ya explicamos la atrición es ese dolor que uno siente cuando ya se queda a solas con el pecado y dice aquí no hay más que hacer. Realmente lo hice y estuvo mal y bueno, esa es mi verdad y eso me duele, Eso es, eso es dolor. Pero pero si ese dolor es más dolor por ti o incluso por algo tuyo, porque mi familia, porque mi patria, porque el monasterio, porque mi gente. Ese dolor que tiene como causa un amor exclusivamente en lo creado, es atrición, mientras que el dolor que tiene como causa principalisima y fundamental es que Dios ha sido ofendido, se llama contrición. Bueno, los teólogos que han estudiado estas cosas juiciosamente nos dicen que el dolor de atrición se puede producir. Es decir, si una persona es sincera en su búsqueda de la verdad y de veras no va a decir excusas tontas, puede llegar al dolor de atrición. Eso se puede. Pero dicen los teólogos que el dolor de contrición sólo lo da Dios, porque el dolor de contrición requiere que te visite el amor, el amor de Él. Dicho de otra manera, uno no puede amar a Dios por ser Dios si Dios no se lo concede. Entonces ahí hay un punto interesantísimo.

Estas son discusiones largas que han tenido los moralistas, discusiones más intensas todavía después de la Reforma protestante. Porque, claro, los protestantes quitaron la confesión. Entonces, para ellos el perdón, como se logra, se logra a través de la contrición. Pero esa es una trampa terrible, porque resulta que ¿Cómo sabes tú si estás realmente contrito o si es únicamente porque te conviene? Pensemos en el caso de un hombre que ha sido un borracho perdido y ha sido un violento y ha dado pésimo ejemplo a los hijos y ha malbaratado la fortuna de la casa y ha insultado incluso públicamente a la esposa. Y este hombre un día no aguanta más el peso de su conciencia y entonces invoca a Jesucristo y le dice: Tú vas a ser el Señor y Salvador de mi vida, y yo me arrepiento, y yo quiero que tú me des el perdón. Y yo hago un acto maravilloso de fe y de confianza en el poder de tu sangre, porque tú eres compasivo y yo creo que tú puedes lavarme de mi pecado. Y el hombre, diciendo estas palabras suelta un mar de llanto, se entrega al amor de Jesucristo y se convierte en un pastor protestante. Entonces este señor, esa es la historia de muchísimos pastores protestantes que pasaron por esa clase de experiencias. Entonces este señor ¿Tuvo atrición o tuvo contrición? Ese es un buen punto, porque uno podría decir con todo ese sentimiento que lloraba, le hubieras visto, le hubieras visto cómo lloraba. Es que parecía un chiquillo, era un mar de lágrimas. Es que se notaba que le dolía todo lo que había hecho. Bueno, pero viene un problema. Resulta que a él le dolía que había ofendido a Dios, pero seguramente también le dolía que había hecho. Ya aprendimos la expresión, había hecho el oso, había hecho el ridículo delante de su familia, delante de sus hijos, le duele que ha maltratado a una persona a la que también ama, que es su esposa.

Entonces, finalmente, ¿Cuántos miligramos de atrición y cuántos miligramos de contrición tiene una persona? Eso no lo puede resolver nadie. Cuánto es que en realidad si estoy, pero, Pero mi arrepentimiento es por Dios. Pero es que resulta que todo arrepentimiento de una condición especialmente viciosa, todo arrepentimiento, te pone en una situación mejor. Porque, por ejemplo, este señor que ha sido un borracho perdido, se arrepiente, entra en un tratamiento o entra Alcohólicos anónimos o lo que sea, y su vida mejora. Entonces, ¿Qué es lo que te mueve finalmente? Que Dios era el ofendido o que estabas aburrido de una vida donde todo el mundo te recriminaba y donde tu esposa tenía razón en decir que te iba a dejar. ¿Qué es lo que te dolía finalmente? Por eso está esta discusión muy profunda sobre la atrición y la contrición. La teología católica tiene algo muy bello con respecto al sacramento de la Confesión. Dice que la atrición a la que suponemos sincera es la ofrenda que nosotros le presentamos a Dios en la confesión. Y lo que hace Dios en la confesión es tomar nuestra atrición como ofrenda, y en la gracia en el poder de su Espíritu, Él hace de esa atrición contrición, es decir, el sacramento de la confesión no presume la contrición perfecta.

El sacramento de la confesión supone que tú has hecho el debido examen y todo lo que dijimos del arrepentimiento que no estás cayendo ni en desesperación ni en cinismo, que eres honesto, que te has quedado con tu verdad y que ahí, hasta donde te es posible, tú te abres al regalo de la contrición. Tú llegas hasta donde tú puedes llegar como ser humano, porque nadie puede darse a sí mismo la contrición. Nadie. Ese es un regalo. Hay otro punto que es muy interesante en esto de la contrición y la atrición, y es que ninguna de las dos se puede medir por la experiencia emocional. Uno puede tener una experiencia emocional que siente el desastre del pecado y llora profusamente, y se da golpes de pecho y siente dolor. Pero es que eso no demuestra si es más atrición o es más contrición. Porque el amor no solamente tiene experiencias sensibles, emocionales, físicas. Entonces hay ocasiones y eso lo he visto yo en mi propia experiencia y lo he visto en otras personas al administrar el sacramento de la Confesión. Hay ocasiones en que aparentemente la expresión sensible de dolor es mínima y sin embargo, la obra tan perfecta que hace Dios en esa persona y cómo la libera. Esto ¿Por qué lo digo? Porque nosotros no debemos creer que la atrición es así, como que me dolió poquito. Y la contrición allá ahora sí me dolió bastante. No, No equivale. No es tan sencillo como poner el dial en mucho o poquito.

Puede haber una gran contrición sin demasiado sentimiento, una perfectísima contrición sin muchísimo sentimiento. Y puede haber una atrición que está llena de lágrimas y manifestaciones y no sé cuántas cosas. Y sin embargo, no es verdadera contrición. O sea que aquí uno no puede fiarse únicamente de lo exterior y de las emociones. De hecho en el ejemplo que di de la persona está protestante, pues uno ve que la persona está cometiendo otro pecado porque está finalmente rechazando la fe íntegra, como aparece en los sacramentos. O sea que al mismo tiempo se supone que hay un gran amor de Dios que tiene y al mismo tiempo está rechazando lo que Dios ha querido para Él, como está expuesto en los sacramentos y todo aquello. Aunque sólo Dios podrá juzgar a cada persona. Entonces, ¿Cómo resumimos esto? Esto lo resumimos de la siguiente manera. Estamos hablando del arrepentimiento. El arrepentimiento es una peregrinación, es un camino que uno hace, lo cual explica por qué tantas veces las peregrinaciones ayudan a que la gente cambie.

Porque es que el cambio, la conversión, el arrepentimiento, es peregrinar. Entonces es más fácil entender la peregrinación interior cuando uno va peregrinando también exteriormente. Por eso tanta gente tiene experiencias tan hermosas en sus peregrinaciones. Allá en Irlanda, yo oí, pero varias, varias historias de estos católicos irlandeses que vienen aquí a España y hacen el camino de Santiago es la más famosa, la más conocida allá en Irlanda, y se mete en sus caminadas brutales y hacen su peregrinación ocho o quince días, alguno me parece que hasta hizo la larga peregrinación de un mes a Santiago de Compostela, que empiezan desde no sé dónde, creo que es como desde la frontera con Francia o por allá, pues se fue el mes completo y en ese mes la gente cuenta cosas maravillosas de lo que va viviendo, porque arrepentirse es peregrinar.

En esa peregrinación uno se va deshaciendo de mucho peso muerto, uno se va deshaciendo de mucha cosa exterior y sobre todo del infantilismo, de estarle asignando culpas a otros, incluyendo instituciones, incluyendo este mundo laicizado en que estamos, es que esto todo tan erotizado, es que con este gobierno que se va a poder hacer, es que ahora con Chávez ¿Allá qué se puede esperar? Entonces hay que quitar todas esas acusaciones, quedar adentro, llegar al corazón y en, el corazón, no caer en el cinismo ni en la desesperación. Y cuando se llega allá suplicar el don de la contrición, sabiendo que la contrición como tal no necesariamente equivale al volumen de dolor o a la sensación que uno tenga. Hasta ahí podemos hablar del arrepentimiento. ¿Y qué sucede ahí? Si se ha hecho toda esa peregrinación, vemos que la culminación es un regalo, es el regalo mismo de la contrición. Llegar a ese regalo. Los carismáticos a los que les debo tanto, porque sin la Renovación Carismática, yo no estaría en lo que estoy. Los carismáticos le dan un nombre a eso, quebrantamiento. La contrición es el quebrantamiento. Como que mi mundo anterior se derrumba, pero Dios a la vez me anuncia algo nuevo. La contrición es como una Pascua. Es como un amor que uno no podía darse. Es como una luz que uno no había encontrado. Es como el surgimiento de una esperanza que es pura sorpresa, que es pura gratuidad, que es pura alegría. Entonces. Por eso la contrición es siempre descrita en términos paradójicos.

Es un llanto dulce, por ejemplo, es un llanto que lava. San Agustín, que tuvo esa experiencia tan grande de conversión, habla elogiosamente del llanto que él, que venía a sus ojos con los Salmos y dice: Y ese llanto me hacía mucho bien, porque es a la vez un mundo que se muere y una historia que comienza. Es una noche que pasa. Es un pasado que queda atrás y es un futuro que se anuncia. Y claro, ese regalo de amor es una abundancia que desborda todo lo que yo podía esperar. Y desde esa abundancia que es abundancia de perdón, uno se vuelve capaz de perdonar. Dice nuestra amiga de Siena, porque yo ya la llamo así, dice nuestra amiga de Siena; El alma, viéndose tan amada, no puede defenderse de amar. ¡Qué modo tan hermoso de expresarlo! Cuando la persona se siente invadida, invadida, es que se centró. Se me entró el amor por todas partes. Es que fue como una invasión, como un golpe de océano, un golpe de mar que invadió todo por dentro con ese amor.

Entonces ahí como que se llega a cumplir lo que dice la Primera Carta de Juan el que ha nacido de Dios ya no peca, no puede pecar. Ahí esa sensación es que parece que gente como Catalina las ha tenido. Otros nos imaginamos que algo hemos conocido de eso y es la sensación en ciertos momentos. Es la sensación de que aunque quisiera, no podría pecar, aunque quisiera, no podría odiar aunque quisiera, no podría sentir resentimiento. Es algo maravilloso. Entonces, desde esa abundancia se entiende el Evangelio de hoy. La persona que no conoce este regalo de la contrición, la persona que no ha recibido esa gotita, la gotita decisiva que es el amor nuevo, siempre estará llevando cuentas. Bueno, ya llevo una, dos, tres, ya van casi siete, ya van siete, ya van siete. ¿Qué sigue? Todavía me toca. El que lleva cuentas no ha conocido el amor. Fíjate que San Pablo lo dice en primera Corintios trece, dice: El amor no lleva cuentas. Pero el amor que no lleva cuentas es el amor del tsunami. Ese no es el amor de la invasión esa de misericordia. Cuando yo esté aún mayor, porque aún más mayor, porque ya estoy mayor, pero cuando esté más mayor, yo quisiera, yo quisiera alguna vez poder predicar un retiro que fuera invadidos por la misericordia, porque yo creo que ahí se resume un poco todo esto es una invasión de misericordia, algo que se entra, que llena, que colma. Algo que uno no puede evitar y algo que hace que uno no pueda odiar. Algo que hace que perdonarse a la lógica de uno sea lo natural.

Como en el caso de Jesús, uno no ve a Jesús así como con teniéndose, respirando profundo, apretando dientes. A ver qué hago. ¿Qué toca? Pues no, no, no, no voy ahora a dañarlo todo. En este momento tocará perdonar. Será. Vamos a ver. Y de ahí yo le, yo le tengo cierta desconfianza a ciertas espiritualidades que le ponen demasiado énfasis al tema de la voluntad, ¿No? Tú tienes que aprender a contenerte, tienes que aprender a dominarte, tienes que aprender a templar los músculos. En parte sí. Todos tenemos que aprender a dominarnos, pero la grandeza de la vida cristiana no está en eso. La grandeza de la vida cristiana está más en esta, en esta invasión. No es simplemente que a ver cómo, cómo me domino y cómo me domino y cómo me aguanto. Porque de todas esas aguantadas un día ¡pum! uno explota, ya no aguanta más, ya no aguanta más. Y entonces revienta, revienta o como se dice popularmente, en uno que otro país se totea. Llega el momento en el que se totea, se totea y se revienta. Y ahí vienen los escándalos y vienen. ¡Oh, pero cómo así? ¿Pero y quién la veía y la veía? Uno ¿No? Y si parecía bien. Y un día llegamos y encontramos un pedazo de hábito por aquí, Un pedazo de toga para allá. ¿Qué pasó? Se había toteado, se totea. Entonces por eso estaba, estaba una cosa por un lado y otra cosa por otra, se ha reventado. La vida cristiana, no es el autocontrol. A ver, que yo aguante, No. La vida cristiana, no es que no me importa que todo me resbale. Que yo sea el armadillo, que yo aguante, que aguante una y otra y otra. Aguantar, aguantar no. La vida cristiana es mucho más, esto este milagro de amor que hace que uno quede conquistado, ganado para siempre para la Casa de la Misericordia.

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