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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Nos liberamos de nuestra lepra a través de las enseñanzas de los santos que nos iluminan, avivando el don de la fe, caminando en humildad y en obediencia a Dios.
Homilía k031014a, predicada en 20180305, con 5 min. y 51 seg. 
Transcripción:
En la primera lectura se nos cuenta un caso hermoso de sanación. Una persona, un pagano ajeno al pueblo de Dios, recibe una curación milagrosa de una enfermedad especialmente terrible en aquella época, la lepra. Ese hombre se llamaba Naamán y pertenecía al ejército sirio. Quiere decir que no solamente por pagano, sino también por el pueblo al que pertenecía Naamán, era completamente ajeno al pueblo de Israel.
Resulta que Naamán recibe curación y yo pienso que muchos de nosotros también necesitamos curación. Y por eso me pregunto ¿qué podemos aprender del camino que hizo Naamán? No solamente del camino recorrido hasta llegar a Israel, no tanto el camino geográfico. Pensemos sobre todo en el camino de fe que él hizo. Nos damos cuenta que hubo varios factores que intervinieron ahí. Naamán tenía una actitud más bien soberbia. Naamán tenía unas expectativas. Imaginaba una curación, un modo de obrar divino, y resulta que la curación no vino por el lado de lo que él imaginaba. Y resulta que él tuvo que deponer su soberbia para curarse.
¿Qué fue lo que hizo posible la curación de Naamán? Repasemos el relato y nos daremos cuenta que fue la palabra del profeta, es decir, el profeta, si vamos a ser bien precisos, el profeta. La palabra, palabra que viene a través del profeta. Luego la fe. La humildad. Estos son los factores que hicieron posible la curación de Naamán. Un hombre de Dios que fue el profeta Eliseo. Una palabra que da Eliseo, que es la que hace que el agua no sea simplemente agua. Me hace recordar a San Agustín cuando dice, viene la palabra al elemento y se hace el sacramento. De manera que el agua del bautismo no es simple agua. El pan de la Eucaristía no es simple pan. Entonces un hombre de Dios, una palabra y luego la fe y la humildad. Humildad que se convierte en obediencia.
Esa sería como la lista completa. Cinco. Hombre de Dios. Palabra. Fe. Humildad. Obediencia. ¿Cómo podemos encontrar esas palabras en nuestro tiempo? ¿Cómo podemos encontrar esos cinco elementos en nuestro tiempo? Pues hemos de buscar la luz en los hombres de Dios, que son como lámparas dentro de su pueblo. ¿Quiénes son esos? Pues son los santos en primer lugar y especialmente dentro de los santos, los grandes maestros de la fe. Nosotros los llamamos los doctores de la Iglesia. Hay hombres y también algunas mujeres. Entonces los hombres de Dios los encontramos hoy, sí. ¿Dónde los encontramos? En la enseñanza de los santos. En la enseñanza de los buenos pastores. En la enseñanza de los doctores de la Iglesia.
Su palabra. La palabra de estos santos ¿dónde la encontramos? Bueno, en primer lugar, en la Sagrada Escritura. Luego lo encontramos en los escritos y predicaciones de los Padres de la Iglesia. Luego, encontramos en las obras de estos hombres y mujeres. Nos acercamos, por ejemplo, a la historia de un alma de Santa Teresa del Niño Jesús. Nos acercamos a la Suma Teológica de Tomás de Aquino. Pero es que además hay buenas síntesis y buenas antologías. Acércate a las lecturas del oficio de lecturas, de la liturgia de las Horas de la Iglesia Católica y vas a encontrar una antología preciosa de enseñanzas. Acércate al Catecismo de la Iglesia Católica de San Juan Pablo segundo. Vas a encontrar maravillas.
Entonces tenemos los santos, tenemos la palabra. Necesitamos la fe. Pedir el don de la fe, cuidar el don de la fe, cultivar el don de la fe, no ensuciar el don de la fe. Necesitamos humildad. Dios no necesariamente tiene que llevarme por el camino que a mí me parece. Los planes de Dios son mejores que mis planes y necesitamos obediencia. Poner en práctica lo que nos dice el Señor en materia de arrepentimiento, de conversión. En materia de sacramentos, de oración, en materia de verdaderas virtudes. Es decir, que el camino que recorrió Naamán está abierto también para nosotros. Estamos llamados a ser liberados también de nuestra lepra. Bendito sea Dios.

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