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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Purificar la certeza de haber sido elegidos por Dios consiste en descubrir que ha sido amor suyo y no mérito nuestro lo que le llevó a elegirnos.
Homilía k031012a, predicada en 20150309, con 5 min. y 39 seg. 
Transcripción:
Yo tengo la impresión de que esta tercera semana de Cuaresma está marcada por la palabra purificación. Hay algo muy hermoso que nos enseña el profeta Isaías. Un texto que hemos escuchado un par de veces ya en la Cuaresma. Lavaos, purificaos, apartad de mí vuestras malas acciones. Cesad de obrar el mal, aprended a obrar el bien. Ese es el sentido de la purificación.
La purificación cristiana no es para nuestro orgullo, no es para creernos mejores que nadie. Es fundamentalmente para abrirle paso al plan de Dios en nuestra vida. Y abriendo paso al plan y al amor de Dios, abrir paso también para que nosotros podamos amar a nuestro prójimo, podamos servir a aquellos a quienes Dios, lo mismo que a nosotros, quiere dar su Evangelio, quiere dar los tesoros de su gracia. Por eso la palabra purificación es muy propia de la Cuaresma.
En cierto sentido, todo en la Cuaresma está orientado hacia esa palabra. Fíjate, por ejemplo, cómo el ayuno y en general las obras de mortificación y penitencia son una manera de purificarnos nosotros mismos, porque vamos podando de nuestra vida aquellos excesos, aquella superficialidad, vanidad, aquel acostumbrarnos al placer. Eso es purificarnos, eso es purificar nuestra sensibilidad, nuestra imaginación, nuestras palabras y nuestras obras. Eso logramos con el ayuno. Eso buscamos con el ayuno.
Buscamos también en la Cuaresma la oración. Y la oración nos va poniendo en contacto con el fuego vivo que es Dios mismo. Fuego que nos limpia, fuego que levanta nuestra mente, fuego que también purifica nuestros corazones. Así como cuando aparece la luz del sol, ya no se ven las estrellas. Así también cuando brilla su amor en nuestra vida, los amores chiquitos, los amores egoístas, simplemente desaparecen de la escena. Así nos purifica el Señor. Además, no se nos olvide que la oración por excelencia es el Padrenuestro. Y en el Padrenuestro precisamente le decimos a Dios que queremos que se haga su voluntad y no la nuestra. De esa manera realmente nos ponemos en una tónica de verdadera purificación de nuestro corazón y de nuestras intenciones.
La otra práctica tradicional de la Cuaresma es la limosna, es decir, la búsqueda del bien del hermano, especialmente el más necesitado. Y eso también es purificación, porque es sacarnos de una manera torcida de amar que se llama egoísmo y es enseñarnos en dónde está el verdadero significado, en dónde está el verdadero propósito de la capacidad de amor que Dios nos dio.
Estoy subrayando todo esto porque el Evangelio del día de hoy es como una purificación, un ejemplo de la purificación que Cristo quiso hacer a su propio pueblo. Veíamos en el domingo pasado cómo el Señor purifica el templo. Pues bien, ese templo, que era motivo de tantísimo orgullo para los judíos, tenía que ser purificado, es decir, que no sirva simplemente como un soborno de Herodes, que no sirva simplemente como un lugar de comercio. Que el templo recupere su verdadero sentido. Algo parecido encontramos en el Evangelio de hoy.
Los judíos son el pueblo elegido. Pero cuidado que la palabra de elección puede interpretarse en clave de una especie de arrogancia. Uno puede creer que uno ha sido elegido porque uno es bueno. Pero en la Biblia Dios nos elige no porque seamos buenos, sino para que lleguemos a ser buenos. El bien no precede a la elección, sino que la elección empieza a construir el bien. Y entonces Cristo tiene que limpiar el corazón de aquellos judíos, haciéndoles ver que si ellos son pueblo elegido, no deben por eso creerse gran cosa, porque Dios en tiempos del profeta Elías, envió a este gran hombre para una viuda en la región de Sarepta, que no pertenecía a la región, que no pertenecía a los territorios del pueblo elegido. Les está diciendo no se crean gran cosa. No piensen ustedes que ustedes fueron elegidos por ser buenos. Piensen más bien en cómo ha sido bueno Dios para elegirlos a ustedes y para acercarlos de modo que lleguen un día a esa bondad.
Yo creo que a nosotros nos puede tentar también la arrogancia. Creo que también nos puede tentar ciertos sentimientos de orgullo tonto. Y por eso necesitamos que Cristo nos ayude a descubrir esa maravilla que se llama su gracia. Por pura gracia, por puro regalo hemos sido escogidos y eso cambia todo. Eso cambia completamente la óptica. Eso nos abre a la gratitud, a la generosidad y a la verdadera alegría.

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