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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El profeta, enseñado por Dios, tiene que ver más allá de los límites de su tierra y cultura pero esto lo hace poco amable a los suyos.
Homilía k031010a, predicada en 20140324, con 5 min. y 45 seg. 
Transcripción:
Aunque el pasaje del Evangelio de hoy, tomado del capítulo cuarto de San Lucas, es relativamente breve. Hay dos ideas bien distintas que aparecen ahí y yo creo que es bueno diferenciarlas, porque en la relación que tienen estas dos ideas distintas es donde aparece la mayor riqueza del pasaje, según es mi opinión.
Observemos que por una parte, Cristo está diciendo, el profeta no es bien recibido en su propia tierra. Esta es la parte que es más conocida, la parte más recordada, citada y comentada del pasaje de hoy. Pero por otra parte, los ejemplos que pone Cristo. Por ejemplo, al citar al profeta Elías que prestó un servicio a la viuda de Sarepta o al profeta Eliseo que prestó otro servicio a un hombre extranjero llamado Naamán.
Al citar estos servicios está indicando que el profeta tiene que mirar más allá de su propia tierra. Por eso digo que se trata de dos ideas diferentes. Primero, que los de la propia tierra no aceptan al profeta. Segundo, que un profeta no se puede quedar mirando solamente su propia tierra, su propia gente, su propia cultura, su propio mundo. Queden claras estas dos ideas, porque ahora vamos a relacionarlas.
Resulta que el profeta tiene que mirar más allá de las fronteras, no sólo las fronteras geográficas, sino también las fronteras culturales, las fronteras étnicas, las fronteras lingüísticas, las fronteras de las distintas tradiciones. El profeta tiene que ver más allá de ese límite. ¿Por qué? Porque el Dios que inspira al profeta, el Dios que bendice al profeta, el Dios que unge con su espíritu al profeta. Según lo que decimos en el Credo que el Espíritu Santo habló por los profetas. Ese Espíritu Santo no es posesión de ningún pueblo. Ese Espíritu Santo no puede quedar enclaustrado en los límites de una geografía, de una sola lengua, de una sola cultura.
Cuando se piensa, por ejemplo, que la única lengua en la que se puede dar verdadero culto a Dios es la lengua latina, o cuando se piensa, por ejemplo, que el único tipo de cultura que puede expresar el cristianismo es la cultura europea. Pues no le estamos haciendo un favor al Evangelio. En su exhortación apostólica Evangelii Gaudium, el Papa Francisco nos pone en guardia frente a esta manera de pensar. Por supuesto que tenemos que cultivar un espíritu agradecido con Europa y con la cultura europea. Y por supuesto que tenemos que adquirir hasta donde sea posible una familiaridad, una cercanía cordial con la lengua latina. Lengua en la cual la Iglesia se expresó y oró por cerca de mil años. Si no es más tiempo. Pero esa cercanía no es la cercanía de una prisión, no son los muros de una prisión.
El profeta, precisamente porque conoce de Dios, sabe que los proyectos de Dios son mucho más grandes. Su amor es inconmensurable y su fuerza termina rompiendo barreras. Ahora bien, si el profeta tiene esa mirada que trasciende las barreras y los muros, es natural que los que están en una determinada cultura, dentro de una determinada tradición, sientan que el lenguaje del profeta les está mostrando un Dios más grande, un Dios del que nadie puede ser dueño, un Dios que finalmente es soberano y majestuoso. Y es eso precisamente lo que resulta poco simpático. Porque nuestra mentalidad carnal, nuestra manera demasiado humana de pensar, siempre quiere tener a Dios manipulado, controlado. Quisiéramos un Dios que fuera de nuestra nacionalidad, de nuestro pensamiento, un Dios que fuera tan semejante a nosotros, que terminará apoyando todo lo que nosotros queremos.
Entonces, fíjate cómo está la relación entre estas dos ideas. Por un lado, el profeta tiene que mirar más allá de su tierra y por otro lado, en la medida en que extiende su mirada, necesariamente tiene que entrar en colisión con los espíritus demasiado mezquinos, demasiado egoístas, que quisieran controlar a Dios. Pidamos entonces al Señor un corazón magnánimo. Pidamos al Señor una mirada amplia y pidamos que sea sobre todo su Espíritu, y no otra cosa quien tenga fuerza y vida en nosotros. Amén.

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