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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Nadie se perdió tanto de conocer a Jesús como aquellos que creían que ya lo conocían.
Homilía k031008a, predicada en 20120312, con 5 min. y 2 seg. 
Transcripción:
En tiempos de Santo Tomás de Aquino, un religioso de nombre Juan le escribió a Tomás pidiéndole recomendaciones para llevar una verdadera vida religiosa y una vida de estudio. Santo Tomás le respondió con una carta llena de consejos. Uno de esos consejos dice más o menos lo siguiente: No tomes demasiada familiaridad con la gente, porque el exceso de familiaridad engendra desprecio. Santo Tomás era un hombre sabio y por eso vale la pena que tomemos esa clase de consejo y nos preguntemos si tiene algo que ver con nosotros. La verdad yo creo que sí. En más de una ocasión hemos visto que dos personas que eran demasiado amigas, que casi parecían lo que decimos en algunos países, compinches y estaban a todas horas juntos o a todas horas juntas. Cuando pelean, pelean para siempre y se dañan gravemente las cosas. Y sucede así porque cuando las personas están demasiado cerca, tienen el peligro de perder el aprecio por el misterio, el bien, la grandeza, la riqueza que hay en el otro. Es lo mismo que sucede cuando uno está leyendo. Para leer, por ejemplo, un libro, se necesita la distancia justa. Si el libro está a cuatro metros de distancia, seguramente no podré apreciar lo que ahí se dice. Pero si pongo ese libro aquí pegado a mis ojos, tampoco puedo reconocer lo que hay ahí. Hay una distancia justa y esto es lo que quiere decir Santo Tomás cuando le da esa clase de consejo a fray Juan. Conserva la distancia justa. Otro hombre sabio, no un cristiano, pero de todas maneras una persona inteligente y prudente, de nombre Confucio, decía algo que tiene una relación. Decía que la principal causa de daño en las amistades, sobre todo cuando llevan mucho tiempo, es el irrespeto. Es decir, cuando una persona está demasiado cerca pero pierde el sentido de la proporción, entonces se producen colisiones, desengaños y es muy fácil pasar a los insultos y entonces se da un gran rompimiento. ¿Qué tiene que ver todo esto con la Palabra de Dios? Pues muchísimo, porque eso también le sucedió a Jesús. De hecho, esa es la razón por la que Jesús dice esa frase que es tan conocida: Nadie es profeta en su propia tierra. Los de Nazaret habían visto a Jesús crecer junto a ellos. Y si digo mejor, entre ellos, era uno más. No imaginemos a Cristo, por favor. Sobre todo, no lo imaginemos en su infancia como alguien recluido, retirado de la vida normal del pueblo. Más bien cabe suponer que lo mismo que los niños del lugar, pues también él jugaba, también tenía un oficio, que era el oficio del papá artesano, carpintero, como queramos llamarlo. Y entonces la gente del pueblo tenía demasiada familiaridad con él. Creían que ya lo conocían. Creían que ya no tenían nada que ofrecer. Creían que ya no había un misterio en él. Y sin embargo, en esa humildad y en esa sencillez, se escondía el misterio de los misterios. Se escondía el misterio de la Encarnación, el misterio de la salvación. Ahí estaba entre ellos el profeta definitivo. Qué importante es tener esa cercanía con Cristo y sin embargo, recordar siempre que su misterio nos rebasa y que siempre tiene tanto que enseñarnos. Yo creo que este consejo vale para todos, pero especialmente para los sacerdotes, porque a nosotros nos puede pasar que de estar manejando la Palabra de Dios se nos olvida que es un abismo de luz que jamás terminaremos de comprender y penetrar. Que Dios nos ayude para sentir a Cristo cerca y sin embargo, desde esa cercanía, adorarle más y más hasta la eternidad.

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