Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Aprender a tener verdadera misericordia con aquellos que están a nuestro lado.

Homilía k031006a, predicada en 20100308, con 12 min. y 46 seg.

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Transcripción:

Decía Fray Luis de Granada hace más de cuatrocientos años. El sol, con ser tan hermoso, a veces no tiene quien lo mire. Ese es uno de los peligros de las cosas que siempre tenemos y a nuestros hermanos de comunidad y a la gente del pueblo, siempre la tenemos. Nos acostumbramos. La costumbre es enemiga del asombro y la muerte del asombro. Es la muerte de la admiración y del reconocimiento de la bondad en los demás. Cuando muere el asombro, entonces ya no encontramos lo notable, lo maravilloso, lo extraordinario. Y resulta que todo eso existe y todo eso está cerca de nosotros, en nuestras propias familias, en nuestra propia comunidad. Hay cosas fantásticas, maravillosas. Muchas veces necesitamos de una voz extraña o extranjera para asombrarnos de lo que tenemos cerca. Ese es un enemigo entonces del asombro, la costumbre.

Pero no es el único enemigo. Otro enemigo de la costumbre es el orgullo. ¿Porque orgullo? Este ejemplo lo he comentado en otras ocasiones, porque imagínate el problema que es un proceso de beatificación en un monasterio de clausura. Por algo Roma tiene esa saludable costumbre de esperar a que se haya muerto casi todo el mundo que conoció a la candidata. Por eso está basado en Lucas, Capítulo Cuatro: Nadie es profeta en su tierra. Porque figúrate que hay este problema. Si yo fuera monja de clausura. Y entonces van a canonizar a una con la que yo viví. Entonces yo tengo que explicar ¿Por qué ella es Santa? Pero sobre todo tengo que explicar ¿Por qué yo no? ¿Por qué ella sí? ¿Por qué yo no? Y entonces todo lo que implique que ella sea exaltada implica que yo soy ha bajado. Ella sale al primer plano y yo quedo de paisaje. Entonces no me gusta. La vanidad, el orgullo, son enemigos de que uno reconozca la virtud en las otras personas.

Ya hemos encontrado dos cosas que hacen verdadero este refrán que nos dice Cristo. Esas dos cosas que hemos dicho son la costumbre y luego también el orgullo. Pero hay otro aspecto de ese orgullo, y es que uno cree que conoce a la gente. A Cristo lo daban por conocido. No es este el hijo de José y sus hermanos y sus hermanas no están con nosotros aquí. Entonces, reconocer que hay algo maravilloso, que hay algo fantástico en medio de nosotros, pues significa que se nos escapó, que no lo vimos, que estaba ahí, pero no lo vimos. Y ahí también hay orgullo, porque uno quiere imaginarse que uno si se entera de todo, que uno lo sabe todo, que uno está en control de todo. Reconocer que a uno se le escapan cosas no es tan fácil reconocer que uno no, no pudo verlo todo. Eso no es tan fácil. Y esto pasa para lo bueno y para lo malo.

No hace mucho se encontró por alguna ciudad del sur de España. Creo que no fue en Caravaca, pero si fue en todo caso en otra ciudad del sur de España. Se encontró que un cierto adolescente, casi adolescente, manejaba una red mundial de computadores, tenía cerca de trece millones de computadores para enviar virus y para hacer otro tipo de maldades. Y toda la gente del pueblo, porque entrevistaron a la gente del pueblo, decía ¿Pero cómo va a ser? Esto es imposible, pero si lo conocemos. ¿Pero quién se iba a imaginar? Es decir, no tenían ojos para ver ese talento o esa característica de esta persona. Lamentablemente un talento mal utilizado, entonces está en manos de la justicia ese joven. Pero fíjate la gente del pueblo, la última en enterarse. ¿Pero cómo así? Si lo conocemos. Pero si está ahí. Pero si vive. Pero si aquí sale. Pero se nos escapan cosas.

De este diagnóstico ya sabemos qué es lo que tenemos que pedirle a Dios para aplicar este evangelio a nuestra vida. ¿Qué cosas hay que pedirle? En primer lugar, que no nos acostumbremos demasiado a las personas. Santo Tomás, en esa carta que se le atribuye a un cierto hermano Juan, un cierto Fray Juan le dice, entre otras cosas, la demasiada familiaridad induce a desprecio. Entonces, en la vida religiosa, en la vida monástica, una de las cosas que tenemos que guardar es eso, la mucha cercanía, la demasiada cercanía produce otras cosas, produce compinchería, produce, produce desprecio. finalmente. Que no perdamos la capacidad de mirar a las personas y descubrir en ellas la obra que Dios está haciendo. Que no nos acostumbremos demasiado a la gente.

En segundo lugar, que reconozcamos que la historia que Dios haciendo que Dios está haciendo con las otras personas es distinta de la nuestra. Y efectivamente puede haber, y yo creo que sí hay santos entre nosotros. Eso no lo puedo decir en el convento de Chiquinquirá, pero aquí sí, aquí sí puedo. Aquí sí puedo decir que yo creo que hay santos entre nosotros.

Y en tercer lugar, puedes tener la humildad de saber que hay muchas cosas que no conocemos. Nadie sabe el esfuerzo que al otro le cuesta dar un paso, ¿No? El refrán dice: Nadie sabe la sed con la que otro camina. Así que tenemos que tenemos que tener esa consideración. A veces uno ve a la gente y porque ve que entra el coro, sale del coro, se sienta al refectorio, sale del refectorio y ahí anda. Y ahí va. Pues entonces va bien. No, no, tú no sabes. Tú no sabes. Quizás esa persona, en esa normalidad, en eso cotidiano, está viviendo un heroísmo que sólo Dios conoce.

Y por eso tenemos que tener también esa humildad de saber que hay héroes, hay muchos héroes, muchos más de los que nos imaginamos. Y cada persona muchas veces tiene que luchar con su carácter y eso no se sabe. Hay cosas que solo se saben después de que la gente se muere. A mí me contaron que en la mesa donde solía sentarse o a la cual se sentaba San Francisco de Sales, encontraron que el hombre había dejado marcadas las uñas ahí, porque claro, como obispo le tocaba oír mucha gente imprudente, impertinente, y este le tocaba dominarse y le tocaba controlarse mucho. Y la que pagaba era la pobre mesa. Porque el hombre tenía que agarraba la mesa y ahí eso vino a enterarse o vino a saberse por ese pequeño detalle vino a saberse que el santo de la dulzura muchas veces tenía que esforzarse un poco, tenía que vencerse para tener la debida paciencia. Hay héroes, hay héroes entre nosotros y no esperemos a que llegue el juicio final para que se sepa quién creyera, vea quién creyera la monjita, quién la vieja era. No esperemos al juicio final. Desde ya démosle gracias a Dios por las personas que nos ha dado.

Yo de verdad, de un modo entrañable. Quiero invitarles, quiero invitaros hermanas, a tener sentimientos de verdadero reconocimiento y caridad y gratitud hacia vosotras mismas en la comunidad. Cómo es de importante eso. Verdad que uno no sabe la lucha que los demás tienen. Uno no sabe el sufrimiento por el que pasan, unos por una cosa y otros por otra. Pero la gente tiene sus luchas, tiene sus dificultades y claro, pues no todo se nota, hay gente que sí se le nota, no hay gente que basta mirarla para decir tiene que haber pasado por una vida muy complicada, pero a muchas personas no se les nota, no se les nota y están sufriendo, no se les nota y están venciéndose un día y otro día no se les nota y están en tristeza o en crisis, o en principio de depresión, o están tentados. Fíjate como la Beata Teresa de Calcuta. Los últimos años de su vida parece que fueron un purgatorio terrible. Eso es lo que se ha venido a saber. Esta mujer parece que vivía en una sequedad espantosa. Y así, dirigiendo la congregación en el mundo entero, viajando, dando ánimos, predicando retiros, haciendo declaraciones y en sus ratos libres, que eran muy pocos, pues a seguir atendiendo enfermos, indigentes, locos, ancianos. Hay de todo. Y nadie se daba cuenta de eso. Quizás algunas pocas personas muy cercanas.

Entonces, yo creo que una conclusión importante de esto es que tengamos verdadera misericordia. La misericordia no es solamente por el mundo entero, por allá los incrédulos, los ateos, los herejes, los que están a nuestro lado, están sufriendo, muchas veces están sufriendo y uno no sabe de las tentaciones que pasan, de las dificultades. A veces se llega a saber algo, a veces nunca se llega a saber nada, pero por lo que sabemos y por lo que no sabemos, que aprendamos a ser agradecidos y aprendamos a tener un buen pensamiento y una oración. Finalmente, pues, Dios culminará su obra, así lo deseamos en cada uno, pero que nosotros seamos instrumentos de su amor para con esas personas, para que ellas puedan encontrar algo de descanso, algo de solaz. ¿Qué se saca con tanta dureza? Ya lo comenté con respecto a los superiores, que a veces que a veces les tratamos como si fueran, no sé, Superman o como si todo lo pudieran hacer y resulta que no, ellos requieren nuestra misericordia, pero todos en comunidades la requerimos al empezar nuestra vida religiosa. Nos preguntaron qué queríamos y dijimos la misericordia. Pues esa misericordia hay que hacerla visible. Hay que entender. La otra persona está sufriendo, solo Dios sabe de qué manera.

Entonces, si nos enseñamos a orar unos por otros y agradecernos y hacer la vida más liviana, pues nunca podremos reemplazar, nunca podremos reemplazar la acción de Dios, pero sí podemos ser instrumentos de esa acción en la vida de otras personas. Que Dios nuestro Padre, nos permita vivir de tal manera, de tal, de tal manera, que por fin este refrán resulte falso en nuestras comunidades. Que por fin nosotros podamos reconocer que sí, que hay profetas en medio de nosotros, que sí hay santidad, que sí hay grandeza, así como también hay tanta lucha.

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