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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

“Ningún profeta es bien mirado en su tierra.”

Homilía k031004a, predicada en 19990308, con 13 min. y 31 seg.

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Transcripción:

Esa frase que dice Jesucristo era como una especie de refrán o proverbio en su tiempo, y gracias a que él la dijo, quedó como refrán prácticamente para la humanidad de todos los tiempos. Ningún profeta es bien mirado en su tierra, y nadie es profeta en su tierra, como suele citarse también. A veces necesitamos que la salvación nos venga de lejos para creer que nos viene de Dios. Nos cuesta trabajo aceptar y creer que Dios haya estado siempre cerca de nosotros y por eso necesitamos para poder creer que sí es de Dios saber que viene de lejos. En un país como el nuestro, esto se muestra en muchas otras cosas, no solo en la religión. Tenemos una predisposición, yo diría positiva, por los productos que son extranjeros. Si es extranjero, si viene de fuera, entonces se supone que es por definición, es mejor que lo nacional.

Debemos creer en la cantidad de pronto, de personas que están lejos de nosotros, que están en otras comunidades, que están en otros monasterios. Pero si se dijera sabed que en medio de vosotros, hermanos, hay una santa. Eso sería motivo, creo yo, de intensas conversaciones, para ver si es verdad que tal cosa es posible. Es difícil reconocer la santidad de Dios acerca de nosotros y por eso es difícil, muy difícil, reconocer que Dios tenga planes realmente grandes y realmente santos con nosotros mismos. De tanto desear que Dios para ser Dios esté lejos, lo que hacemos es negarnos a sus obras en nosotros mismos. Llenas a una persona, esta expresión cuando se habla de apariciones, de carismas extraordinarios, de milagros, de mensajes y de expresión. Yo admito que eso pueda pasar, pero que me vaya a pasar a mí. No creo, no creo. Esto está sucediendo. Muchos católicos que creen que eso puede pasar, pero que sí va a pasar, le va a pasar a otros.

A veces eso se condimenta con un poco de humildad a partir del conocimiento de los propios pecados. Yo oye, si una persona muy pecadora, si un incrédulo que sigue muy envidioso, si de mil crueles, si de mil impuros, si de este vicioso lo que sea, como quien dice yo tengo razones para que Dios no se me muestre así. Con lo cual estamos hablando mal de Dios, porque con eso lo que estamos diciendo es que Dios se muestra a las personas que son buenas, que son justas, que son santas y con eso que estamos diciendo que Dios llega a premiar la bondad de esas personas y con eso que estamos diciendo que esas manifestaciones no son manifestaciones de la gracia, sino son medallas que Dios le pone a los que se portan bien con él, como quien dice Dios se deja comprar por los méritos o por las virtudes de las personas. En esto cometemos una grave injuria a Dios. Yo creo que precisamente nosotros, siendo lo que somos, por lo menos yo, unos inicuos, unos pecadores. Precisamente por eso tenemos que creer que Dios puede obrar en nuestra vida, en nuestra vida. ¿Es que no es eso lo que nos dijo el Evangelio? ¿No fue eso para lo que vino Jesucristo? No dijo que había venido para los enfermos y no para los sanos.

Entonces no debe tener mayor esperanza de ver a Jesucristo y de palpar su poder el que está enfermo y no el que está sano. Debería tener una mayor esperanza de contemplar la gracia de Jesucristo. El que se siente enfermo, el que se siente decaer y que se siente alejado. Ese debería tener una mayor confianza en que Jesús puede manifestarse con su Espíritu y con su amor, con su poder, con sus dones. Porque precisamente para nosotros los pecadores vino Jesucristo. De manera que detrás de ese refrancillo, nadie es profeta en su tierra. Hay la constatación triste de que nosotros queremos un Dios lejano. ¿Y para qué queremos que Dios sea un Dios lejano? Para seguir haciendo nuestros propios planes para seguir llegando, llevando nuestra propia vida. El apunte que voy a contar ahora no se puede repetir mucho, pero es su creencia. Lo pueden utilizar.

Me decía alguna vez un sacerdote diocesano comparando la situación de los sacerdotes religiosos con a ellos decía: A mí lo que me parece cruel de ser religioso es tener el superior tan cerquita. Decía este padrecito es muy inconsciente y como me lo dijeron en secreto, en secreto se los cuento. Y entonces uno no quiere un Dios que esté tan cerquita, uno quiere un superior tan cerquita, porque uno en el fondo quiere ir mandando en su propia vida y uno prefiere la mediocridad exacta de la vida a buscar, a buscar el lustre, el brillo de la vida de Dios en uno. Pero hay que quitar esa idea, hay que quitarla. Hay que creer que Jesús es la gran muestra del amor del Padre y que esa muestra se otorga por pura gracia. No es porque uno lo esté mereciendo, no es porque uno ya llegó, ya llegó al grado de santidad suficiente, ya dio punto, como el que está batiendo la clara de huevo para hacer un ponche. Hasta qué punto, entonces ya ahora sí, ya está, ya se ha ido, punto. Ya está madurita, ya está lista. Ahora sí se le puede conceder su primera aparición. Es su primer carisma, porque ya se lo merece. Si ese es el Dios en el que estamos creyendo, estamos injuriando a Dios. Estamos negando precisamente lo que es el corazón del Nuevo Testamento, que es la revelación de la gracia para los más necesitados. Por eso nosotros podemos creer, especialmente nosotros los pecadores. Podemos creer que hay manifestaciones de la gracia para nosotros.

Como ya nos explicó muy bien San Pablo. Esto no quiere decir que entonces tenga derecho a endurecerse en el pecado, porque precisamente esas manifestaciones de la gracia son para que nosotros podamos salir de nuestros pecados y no haríamos entonces tampoco ninguna alabanza y reconocimiento ni acogida de la gracia. Si nosotros rechazamos esas gracias de conversión que Dios también nos da, pero acogiéndolas y recibiéndolas, conocemos mejor de quién es Él. Hay que terminar esta reflexión con unas palabras de tipo práctico, a ver cómo podemos aplicar esto a nuestra vida. De qué manera se puede aplicar. Yo no creo que uno deba empezar por pedirle a Dios cosas raras. No creo que sea buen camino empezar a desear, a tener como una codicia espiritual de manifestaciones extrañas. O sea, el sentido de mis palabras no es: Ahora pónganse a rogar a Dios que les conceda visiones o milagros. No, en ese sentido, lo único que yo pido es que tengamos la verdadera humildad o la humildad verdadera y tengamos la humildad verdadera y suficiente al decir: Si Dios quiere mostrarse a mí con un milagro, como me ha hecho en toda la historia, lo puede hacer porque Él es mi Salvador. Y tener esa apertura, si Él lo quiere hacer, no lo quiere hacer, eso depende de su sabiduría gracias a su nombre. Y ese es el sentido de mis palabras.

No es que empecemos a confiar en espiritualmente esos dones extraordinarios. El sentido más bien es que cultivemos una relación de mayor confianza, de mayor cercanía, una relación más estrecha, una relación más familiar, una relación más íntima. Yo sí creo que yo he conocido Santos. Por ejemplo, conocí a un padre salesiano por respeto a él. No, no voy a decir aquí ese nombre, un padre salesiano ya mayor. Yo pienso que es de las personas que mayor amor a Jesucristo. Yo le había pedido eso. ¡Qué manera de amar a Jesús! ¡Ese santo sacerdote! Cuando nos encontramos tuvimos una breve conversación. Le he visto una sola vez en mi vida. Tal vez no lo alcanza a ver más. Él tenía, él llevaba la reserva del Santísimo, en ese momento, en ese preciso momento, llegaba al Santísimo, llevaba la Eucaristía y entonces hizo este comentario. Él dice: Para mí Jesús es lo que el Esposo es para la esposa. Con una diferencia que los esposos de esta tierra veo que se lastiman mucho y se distancian mucho y no siempre se entienden. Y él, en cambio con mi Jesús, nos la llevamos muy bien, nunca discutimos, decía este bendito sacerdote. Es algo así, es cultivar una relación así. Es creer que también en nuestra humilde historia, en nuestra pequeña vida, en esa vida nuestra de cada día, también ahí Dios nos puede visitar como él quiera, con lo grande, con lo pequeño, que ahí está. Que puede realizar su obra, que la puede cumplir y es aprender a vivir con él, como me enseñó este sacerdote.

Por lo menos los domingos lo escuché. Ahora falta que yo lo aprenda. Aprender a vivir con Cristo así y no discutir con Él en la más absoluta familiaridad, en la más completa confianza. Nuestros sabios estudiantes tuvieron un retiro espiritual en este fin de semana. Hay que darle gracias a Dios por todas las personas que interceden por ellos del tiempo que yo me conozco. Yo creo que ha sido de los retiros más bellos que yo haya visto en ese convento. Me pareció muy hermoso. Y que Dios ilumine a los que lo dirigieron y al Padre Maestro y a todos los que colaboran en esa obra. Porque la santidad de nuestros frailes es la esperanza para nuestra orden. El hecho es que una meditación eucarística muy bonita que hicieron, hablaban de esto mismo, de la relación de continua confianza con Jesucristo. Dice contarle lo grande y lo pequeño, nuestras cuitas, nuestras alegrías, nuestros proyectos, nuestros problemas. Es decir, la tarea nuestra es desmentir el proverbio de que nadie es profeta en su tierra. Es creer que puede haber y que Dios quiere que haya profetas en medio de nosotros. Que Dios puede santificar estas paredes, estas puertas, estos caminos, que Dios puede meterse en nuestras horas y hacerlas infinitamente fecundas, porque Él es el Señor. Él es el que da la vida y con una sola palabra suya puede limpiarnos de toda enfermedad, como hizo con Él. Con aquel general sirio, con Naamán. Así también Dios nos puede limpiar a nosotros.

Digamos, pues, esta Cuaresma en la medida, en la medida del amor, que es infinita, digamos unidos. Unidos a Jesucristo en lo grande y lo pequeño, pidiendo lo grande y lo pequeño. Las almas más puras, las almas más bellas que yo he conocido, tienen esa cualidad. Lo piden todo a Dios, no solo los casos difíciles, reservándose los pequeños para ellas mismas, sino que le piden todo lo grande y lo pequeño, y le cuentan todo lo grande y lo pequeño, y le agradecen todo lo grande y lo pequeño. Que esa intimidad nos la conceda a Dios, Él que nos da la señal de su cercanía precisamente en la comunión eucarística.

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