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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Pedirle a Dios que no nos acostumbremos a Él, sino que siempre tengamos hambre de Él.
Homilía k031002a, predicada en 19970303, con 10 min. y 51 seg. 
Transcripción:
¿Cómo será la mejor manera de relacionarse con Dios? Porque si uno ve a Dios demasiado lejano, no cree que se pueda interesar por los problemas de uno. Pero si ve a Dios demasiado cercano, entonces ya uno quiere que Dios haga lo que uno quiere. Si está lejos, su voluntad es ajena a mis problemas, y si está demasiado cerca, yo quiero que su voluntad coincida con la mía. Yo quiero que Él haga mi voluntad. Hay un proverbio, un par de proverbios que quiero recordar en este sentido. Cuando una persona trata mucho las cosas sagradas, a veces pierde un poco la fe. Ese peligro le acecha a los sacristanes, a los organistas, a los acólitos y a las señoras que asisten a todas las misas de todos los días. Nos acostumbramos de tal manera a las cosas de Dios que, en cierto sentido, esa misma costumbre se convierte en un impedimento para descubrir su grandeza. Cuando una persona oye una predicación una vez en su vida, esa predicación puede cambiarlo. Pero cuando una persona se ve obligada a escuchar la predicación todos los días, como le pasa al sacristán, al acólito, al organista y a las señoras que vienen a misa todos los días. Y desde luego que, como le pasa también al sacerdote, uno corre el riesgo de acostumbrarse a Dios. Y es un peligro y es una tristeza que uno se acostumbre a Dios, porque entonces uno deja de leer el mensaje, uno deja de escuchar la palabra. Algo parecido fue lo que le sucedió a Cristo. La gente que le había visto crecer creía que le conocían. Jesús estaba muy cerca de ellos, tan cerca que no lo miraban. Sucede lo mismo que con los libros. A menos que tengamos al hombre nuclear entre alguno de ustedes, desde la distancia en que ustedes se encuentran, no pueden leer las palabras de este libro. Están demasiado lejos para leer. Pero si ahora acercamos el libro así, tampoco podemos leer porque estamos demasiado cerca. Uno no puede leer con el libro pegado a las narices, pero tampoco puede leer con el libro a kilómetros. Uno no reconoce a Dios si está demasiado lejos, pero tampoco lo reconoce cuando está demasiado cerca. Y por eso la historia de muchos cristianos que nacieron en un hogar católico, apostólico y romano es que nacieron teniendo a Dios muy cerquita y tuvieron que perderlo y tuvieron que olvidarse de él. Y me perdonen la expresión, tuvieron que comer tierra. La cartilla Coquito dice: Tuvimos que comer tierra y tuvimos que sentir lo que era estar lejos de Dios para descubrir lo que significa estar cerca de Dios. En este sentido, las lecturas que hemos escuchado son como una meditación sobre cerca y lejos. Porque quizás Dios está mucho más cerca de lo que nosotros pensamos. Y cuando salimos corriendo a buscarle, Él lo único que hace es quedarse donde estaba hasta que nosotros encontramos la distancia precisa para leer su mensaje, para recuperar la lectura. Algunas veces el sacerdote se acostumbra a la Eucaristía. Celebra entonces como quien le pone una autentificación a una fotocopia, predica como el que lee el periódico. De pronto ese sacerdote se enferma y durante dos o tres semanas, un mes no puede celebrar la Eucaristía. Y durante ese tiempo seguramente añora lo que con tanta facilidad podía celebrar en otras ocasiones. Lo mismo pasa con nosotros. Lo mismo pasa con todos los fieles. En Bogotá es fácil, relativamente fácil, encontrar una iglesia donde usted pueda asistir a la Eucaristía con provecho y salud de su corazón. Y precisamente porque es tan fácil, entonces uno dice: Yo voy cuando me nazca, cuando a mí me nazca, cuando yo quiera, yo voy a la Eucaristía. Habría que recordar lo que han vivido bautizados, por ejemplo, en China o en Vietnam, países y regiones donde hay católicos que durante meses y años enteros no han podido celebrar la Eucaristía. Conocí el caso de un obispo en China que vivió hasta avanzada edad mucho más de ochenta años, de los cuales durante más de cincuenta no pudo celebrar la Eucaristía, sino una vez a escondidas, en un campo de concentración donde lo tenía el régimen. Pero ese poquito de Eucaristía, aunque la Eucaristía siempre es infinita, esa celebración triste, solitaria y mutilada, fue lo más glorioso que le pudo suceder en sus cincuenta años de prisión. Yo le pediría a Dios que me regalara a mí como sacerdote algo del fervor que tuvo ese obispo en esa única celebración, porque en cincuenta años solo pudo celebrar la Eucaristía una sola vez. Y por eso me parece que a algunos cristianos les hace falta algo así. Parece que algunos cristianos tuvieran que ser arrojados, tuvieran que ser perseguidos, tuvieran que pasar necesidad para darse cuenta de que Dios nunca es un derecho del hombre. Dios no es nunca algo que nosotros ya tenemos comprado y adquirido. Es un regalo, pero como es un regalo de todos los días, ya creemos que es un derecho. Decía Fray Luis de Granada, benemérito predicador de la Orden Dominicana: El Sol, con ser tan bello por salir todos los días, ya no tiene quien lo mire. Y así pasa con las cosas de Dios. Ningún profeta es bien recibido en su tierra, ningún profeta es bien recibido donde ya se acostumbraron a él. ¡Qué peligro acostumbrarse a Dios! ¿Cómo hace uno para acostumbrarse a Dios?. Uno compra una Biblia muy elegante, la pone en la sala de la casa y la abre en el Salmo veintitrés, el del Buen Pastor, o en el Salmo noventa y uno, el Salmo aquel de que tú, que habitas al amparo del Altísimo, usted abre la Biblia en el libro de los Salmos, que además está como en la mitad de la Biblia. Entonces queda bien bonita. Lo pone en un atril y se olvida de que tiene Biblia. Usted toma una imagen del Sagrado Corazón, que es la imagen del amor hecho fuego y sangre de Dios. Toma una imagen del Sagrado Corazón, la pone en cualquier pared y la imagen se llena de polvo y no tiene quien se acuerde de que ahí está ese sello. Hermanos, roguemos de Dios, la gracia de no acostumbrarnos a Él. No nos acostumbremos a la Eucaristía, no nos acostumbremos al Rosario, no nos acostumbremos a las imágenes. Jamás nos acostumbremos a la Biblia. Hay que pedir a Dios que tengamos el hambre despierta, como decía el salmo: Mi alma tiene sed de Dios. Señor, dame un corazón así despierto. Un corazón que tenga siempre hambre de ti. El día que usted sienta que entra a la Iglesia y que ya conoce y que ya entiende, pasa lo mismo, como con esas parejas que en un tiempo se querían mucho. Se ha conocido la historia de esos noviecitos que se veían a escondidas y cuando se veían a escondidas esos tres minutos que se iban todos en conversación apresurada, jadeante, risita va, risita viene. -Te pude ver. -Qué dicha. -Te quiero mucho. -Chao, -chao,-chao. -Que ya vienen. Esos tres minuticos valían por una eternidad. Después se casaron. Pasan horas. Pasan días. Pasan semanas. -Mi amor, hace tiempo que no me dices nada. -Nada. -Ya le dije. -¿Qué más quiere? -No alegue. -Déjeme ver el programa. Y los tres minuticos que pasábamos a escondidas en la penumbra, allá a la entrada de mi casa, corriendo bobadas de uno. Hermanos y amigos prefiero los tres minuticos, que las tres horas de televisión. Que Dios le regale a usted tres minuticos de enamoramiento y su vida se transforma en esta Cuaresma. Que Dios le regale a usted el secreto del Corazón de Cristo, que le regale el susurro de su belleza. Y usted se convierte en esta Cuaresma. Que Dios le regale una palabra así, en secreto. Que Él la diga sin que yo la oiga. Que Él le diga una palabra en secreto a su alma. Y usted sentirá cómo había tanto que descubrir en eso que parecía que ya conocíamos. La gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu por los siglos. Amén.

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