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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Más siervos que señores
Homilía k031001a, predicada en 19960311, con 5 min. y 33 seg. 
Transcripción:
Una de las maneras de entender esa primera lectura del Libro de los Reyes es en términos de señores y de siervos. Precisamente es una sierva, una muchacha que ha sido tomada en cautividad por los asirios, la que primero habla del profeta allá en la corte del rey de Asiria. Y luego se le ocurre al rey asirio enviarle una carta al rey de Israel. Esta carta termina siendo un despropósito porque el rey de Israel tampoco la entiende y parece no entender del poder de Dios a pesar de ser el rey de Israel. Y entonces se queja. Y aquí viene una segunda intervención. Son los siervos del rey de Israel, su corte, sus subalternos, quienes llevan noticia al profeta Eliseo. Entonces el profeta Eliseo le dice al rey de Israel, mándame al enfermo, al leproso, a Naamán. Y llega Naamán. Y por tercera vez es ahora un siervo del profeta Eliseo, el que le da la razón a Naamán: Ve y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne quedará limpia. El disgusto que entonces siente Naamán se explica porque él quería ser tratado ante un señor. Él no quería que lo mandaran razones con un siervo. Entonces vocifera, protesta y se va. Pero, cuarta vez son los siervos de Naamán los que le dicen: Si tuvieran prescrito algo difícil o duro, lo hubieras cumplido. Tanto más si de lo que se trata es de que te bañes. Y Naamán entonces va y se lava en el Jordán y su carne queda limpia. El relato termina hasta donde nos ofrece la Santa Iglesia en su lectura de hoy. El relato termina cuando Naamán vuelve donde el profeta para decirle: Reconozco que no hay más Señor que el Señor. Es decir, en ese momento Naamán se reconoce ya no como Señor, como ese importantísimo generalote que antes era. Ahora se reconoce simplemente como siervo del Señor. Esto nos indica que el papel del profeta y la voz del profeta están al servicio del señorío del reinado de Dios. Lo que intenta, lo que pretende el profeta es precisamente que todos los demás, que sus hermanos, que sus oyentes se vuelvan siervos de Dios. Y su Palabra está llena de poder, y por eso es al mismo tiempo desconfianza o miedo, y por eso resulta a veces perseguido, porque su palabra tiene poder para causar males como ese cerrar el cielo por tres años y seis meses, o para causar bienes como este, sanar la lepra. Ambos ejemplos les recuerda Jesús en el Evangelio. Es difícil tener cerca un profeta. Es difícil tener cerca a una palabra así poderosa, porque cuando se viene de lejos, como Naamán, uno puede siempre sentir que hay un algo de un poder extraño o de un poder mágico. Si leemos la continuación del relato, allá en la Sagrada Escritura, después de que nada más se encuentra con Eliseo, en realidad lo que él quiere hacer, benevolente ese poder del Dios supremo, hacer benevolente ese Dios para sí mismo, estar en buenos términos con ese Dios. Cuando se está lejos, cuando se viene de lejos, la palabra profética tiende a ser vista solamente como una palabra poderosa y no más, pero no como una palabra de alianza. Pero en el fondo, lo que quiere el profeta es que nosotros reconozcamos a Dios no solamente como el Señor. No solamente como el supremo poder, sino como nuestro Señor. Que hagamos alianza con Él, que entremos en intimidad con Él. Y esta es la parte que resulta inevitable cuando el profeta está cerca, y por eso su voz se vuelve antipática. Que Dios nos ilumine, que Dios nos conceda la gracia de acoger su Palabra y de tener los ojos despiertos y los oídos atentos a las voces que también hoy nos ofrece. Quizá esas voces denuncian nuestros pecados, quizá esas voces desarman nuestros pequeños imperios. Quizás esas voces están reclamando que dejemos de ser tan señores y que aprendamos a ser siervos del Altísimo.

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