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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Entregarlo todo por Jesús, porque Él lo entregó todo por mí; ese es el único negocio que funciona con Dios.
Homilía k023019a, predicada en 20260304, con 8 min. y 15 seg. 
Transcripción:
Hoy vamos a hablar del peligro de hacer negocios con Dios. Típicamente, en un negocio hay lo que se llama una transacción, es decir, yo doy algo, pero espero recibir algo. El problema de hacer negocios con Dios es que uno puede creer que Dios está obligado, obligado a obrar en determinada manera, o uno puede sentir que uno está comprando el favor de Dios, la elección de Dios o la bendición de Dios.
Esto que estoy contando aparece en el Evangelio de hoy y, precisamente, vamos a apoyarnos en eso que nos cuenta el Evangelio, pues para no caer en ese error, por supuesto. Concretamente me voy a referir a dos de los apóstoles que son Santiago y Juan, estos apóstoles sentían que estaban haciendo un negocio, que ellos le estaban dando algo al Evangelio, le estaban dando algo a Cristo y que, por consiguiente, tenían el derecho de esperar también algo de Cristo, es decir, estaban esperando recibir puestos de bastante altura, puestos de mando. Había en ellos, seguramente, bastante ambición, una expectativa de poder, y había en ellos, pues, seguramente también, algo de codicia, porque el poder suele ir unido a grandes ventajas materiales.
La historia de estos dos apóstoles es interesantísima porque, nos dice la Escritura que ellos se acercaron a Cristo y empezaron el camino del Evangelio, dejándolo todo. Ellos tenían su vida bien organizada, tenían, como se dice en mi país, tenían la vida armada, estaba todo funcionando. Ellos eran hermanos entre sí y eran hijos de un hombre llamado Zebedeo, vivían de la pesca y seguramente estaba todo muy bien organizado, tenían su vida perfectamente armada. Pero llega Cristo, y Cristo introduce un elemento nuevo en la vida de ellos, un elemento inesperado, ese elemento nuevo es la predicación del Evangelio. Pierden la estabilidad de su casa y se vuelven predicadores itinerantes, pierden la seguridad de su negocio que era el negocio del pescado, y entran en la incertidumbre de las donaciones o de los milagros que hiciera Cristo, como aquello de la multiplicación de los panes. Pierden, entonces, la amistad o las relaciones que tenían allá en Cafarnaúm, pierden eso, su círculo social, lo pierden y ahora, en cambio, están rodeados de una cantidad de gente, pero una cantidad de gente que, básicamente, lo que está buscando es su propio provecho, están buscando sanarse, están buscando un exorcismo, están buscando ayuda. Bueno, eso es lo que está buscando la gente, ya sabes que hay muchas necesidades en todas partes.
Entonces ellos perdieron su estabilidad, ellos perdieron su dinero, su negocio, ellos perdieron su círculo de amigos. Y esas son, en la mente de ellos, esas son las inversiones que ellos han hecho. Es decir: -Yo le he dado todo esto al Señor. No son los únicos que llevan cuentas, porque si tú recuerdas, pues también tenemos el caso de Pedro, que en cierto momento le dice a Cristo: -Oye, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué nos va a tocar? Esa también es mente de negociante, esa también es mente de transacción. Y entonces, bueno, a ver qué nos va a tocar, ¿qué significa? Significa que yo espero que haya una ganancia, que yo espero mi parte, que este es un negocio, yo te doy y tú me das. Yo te he dado, pues, lo que dieron Santiago y Juan, yo te he dado mi estabilidad, yo te he dado mi negocio, yo te he dado mi círculo de amigos. Y ahora, ¿que me va a tocar?
Y entonces ellos, eso es lo que aparece en el Evangelio de hoy, pues ellos estaban empezando a reclamar lo que consideraban que era justo. Es decir, estaban empezando a reclamar que, pues tiene que haber algo para mí, tiene que haber algo para mí. Y ¿qué es lo que tiene que haber para mí? Pues ellos esperaban los primeros puestos. Por eso, piden sentarse el uno a la derecha, el otro a la izquierda. Bueno, un relato dice que fueron ellos mismos, otro relato dice que fue la mamá. Fue la mamá la que hizo esa petición, por la razón que sea. Porque a veces las mamás son muy consentidoras y miman mucho a los hijos y en otras oportunidades porque, tal vez, ellos se dieron cuenta que Jesús era especialmente sensible a las peticiones de las mamás y de las mujeres, y entonces le dijeron: -Mamá, ayúdanos a ver si terminamos de cerrar este negocio. Ellos querían hacer ese negocio, pero Cristo evidentemente les da una respuesta que ellos no se esperaban porque Cristo les dice: ¿Cuál negocio?, sí, aquí esto en lo que va a terminar es en persecución, esto es lo que va a terminar, es en tortura y dolor, esto es lo que va a terminar, es en la Cruz y la muerte. ¿Cuál negocio? ¿De qué están hablando ustedes? Pero ellos no podían entender ese lenguaje.
Sugerencia: no te pongas a hacer esos negocios con Dios. Pero, hay un santo de nuestra Iglesia Católica, un santo que hay que quererlo cada vez más, que se llama San Juan de la Cruz, que sí nos habla del único negocio, óyeme bien, el único negocio que puede funcionar con Dios. Y ¿cómo es ese único negocio? Pues, hay dos características del único negocio que puede funcionar con Dios. La primera característica es que, no empieza este negocio del que nos habla San Juan de la Cruz, no empieza por tu iniciativa, sino que, como dice la Biblia en la primera carta de Juan: «Él nos amó primero». Ese es el primer elemento que hay que tener en cuenta.
Y el segundo elemento para que tengas en cuenta es que, según nos enseña San Juan de la Cruz, y lo han practicado tantísimos santos, el único negocio que funciona es, yo lo doy todo y yo lo recibo todo. Pues, de hecho, para seguir el orden bíblico tendríamos que decir, yo recibo todo, porque Cristo me amó hasta el extremo, decía San Pablo: «Me amó y se entregó por mí». Yo recibo todo, yo acojo todo lo que Él me ha dado, todo, todo se lo recibo. Recibo todo su amor, todo su perdón, toda su gracia, todo su Espíritu, toda la comunión con el Padre y con el Hijo. Yo recibo toda esa gracia, yo recibo todo el misterio de la Iglesia, yo recibo todo ese torrente, recibo el todo, pero como recibo el todo, también entrego el todo. Y por eso Cristo dice: «El que ame a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. El que ponga su vida primero que yo, no es digno de mí». Es decir, recibo todo, recibo todo, porque lo doy todo. Lo doy todo porque recibo todo. Ese es el único negocio posible con Dios.
Ponerte a hacer otros negocios de que yo di este pedacito, y ahora que Dios me dé un puesto, lo que criticaba tanto el Papa Francisco, la mentalidad trepadora: -A ver, ¿cómo logro mejorar, cómo logro medrar un poco, a ver qué tengo que hacer para subir un poco? No, Dios no funciona con pocos, no funciona con que mejor esté puesto, con que mejor este poquito. Cristo nos enseña que Él lo dio todo, no hay amor más grande que dar toda la vida. Y Él dio todo, dio toda la vida. Él lo entregó todo, y si Él lo entrega todo, entonces la vida cristiana, y eso es magnífico recordarlo en Cuaresma, es para entregarlo todo por el que lo dio todo. Amén.

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