Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El amor que busca la gloria del Padre y la salvación de los hombres nos rescata de las tendencias tenebrosas de nuestro ego y le da la victoria a Dios.

Homilía k023012a, predicada en 20180228, con 5 min. y 1 seg.

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Transcripción:

El Evangelio de hoy está tomado del capítulo número 20 de San Mateo, nos muestra la actitud codiciosa y ambiciosa de dos de los apóstoles de Cristo. Aquí aparecen acompañados por la mamá, con un amor básicamente carnal, esta señora quiere privilegios para sus hijos, entonces brilla la codicia, aparece claramente la ambición de ellos, pero luego aparece la indignación de los demás discípulos. Indignación que solo resulta comprensible cuando nos damos cuenta que la discusión más frecuente que ellos tenían era sobre ese tema de los primeros puestos, quién es el primero, quién es el más importante, esto es algo que ellos al parecer no se cansaban de discutir, quién es el más importante. Cristo les da una lección y les dice: «El que quiera ser el primero, que sea el servidor, el que quiera ser el jefe, que sea el que se convierte en esclavo de todos, en servidor de todos», y se pone él mismo como ejemplo, «el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir».

¿Qué podemos aplicar de estas palabras para nosotros?, ¿cómo podemos hacer realidad este Evangelio en nuestra vida? Preguntémonos: ¿qué quiere decir esto de ser el primero? El primero es el que tiene poder, el primero es el que está más protegido, el primero es el que puede decidir sobre la vida de otros, el primero es el que recibe reconocimiento, honores y fama. O sea, básicamente, es un asunto de ego, es un asunto de homenaje al propio yo, eso es lo que está dentro de esa ambición. Y entonces nos damos cuenta que dentro de la vida cristiana el culto al ego es un enemigo para el verdadero servicio a los hermanos y para la verdadera fidelidad en nuestra vocación y en nuestro bautismo.

Efectivamente, si pensamos en cada una de las vocaciones, en cada uno de los estados de vida, dentro de la fe cristiana, nos damos cuenta el daño que hace ese ego. Porque, si el patrono, por ejemplo, si el empleador pone primero su ego, entonces va a atormentar con humillaciones, con injusticia, con explotación a sus obreros, a sus trabajadores, a sus empleados. Si en la familia está primero el ego de alguno que se sintió ofendido, entonces le va a resultar imposible perdonar y quizás, las cosas lleguen a un extremo incluso de divorcio o de separación. Si el sacerdote se deja llevar por su ego, entonces no le va a interesar en primer lugar, el bien del rebaño, qué es lo que hay que hacer en favor de la gente, si no le va a interesar lo que lo haga más popular o lo que se pueda mostrar más, o lo que le haga ganar puntos dentro de su comunidad o dentro de su diócesis.

Entendamos entonces, que el mismo virus que tenían ellos, esa misma infección que ellos tenían, los discípulos de Cristo, también nos acecha a nosotros, a cada uno en su propio lugar. Y lo que tenemos que preguntarnos es ¿cómo purificar nuestras intenciones? El mejor remedio, sin duda, está en el ejemplo de Cristo, aquél que se ha entregado por completo a la voluntad del Padre, a la gloria de Dios Padre y al bien de nosotros, sus hermanos. Ese amor que busca la gloria del Padre y la salvación de los hombres, ese amor es el que nos puede rescatar del atractivo pérfido que tiene el ego, a medida que nos vamos enamorando de la gloria divina, a medida que queremos que Dios sea reconocido, sea amado, sea aclamado, sea obedecido, y a medida que nos gozamos en el bien de nuestros hermanos, todas esas tendencias tenebrosas de nuestro ego van quedando atrás, y la victoria es de Dios.

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