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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
No se puede ser al mismo tiempo discípulo de Cristo y estar cultivando la egolatría, pagando tributo al mundo para querer sobresalir.
Homilía k023011a, predicada en 20170315, con 4 min. y 23 seg. 
Transcripción:
El Evangelio de hoy está tomado del capítulo número 20 de San Mateo, qué contraste tan grande el que aparece en ese pasaje. Por una parte, al comienzo del texto que hemos leído, encontramos a Cristo que habla a sus discípulos y les dice: «El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los sumos sacerdotes y va a ser torturado y va a ser asesinado». Es decir, presenta un camino de despojo, un camino de sacrificio, un camino de dolor, eso es lo que presenta Cristo. Pero, frente a ese lenguaje de Cristo encontramos las pretensiones de los apóstoles mismos y en este caso de una señora que era la mamá de dos de ellos, de Santiago y de Juan.
Más que fijarnos en si fue la señora o si fueron los apóstoles los que pidieron lo que pidieron, démonos cuenta que esa petición, ese buscar los primeros puestos, es algo que también llega hasta nosotros. También a nosotros, creo yo, nos siguen gustando demasiado los primeros puestos, incluso dentro de la Iglesia, muy fácilmente sucede en la Iglesia que aquellos lugares que son más difíciles, lugares de misión, lugares de sacrificio, a duras penas encuentran quien pueda ofrecerse para llegar allá. En cambio, los lugares que tal vez son un poco más reconocidos, tal vez tienen una mejor retribución económica, tal vez se encuentran un poco más alto en la escala social, esos sí tienen muchos voluntarios. O sea que pasa en la Iglesia, pasa en las empresas, pasa entre los hijos, pasa entre los amigos, es algo que realmente acompaña la naturaleza humana.
De verdad que los seres humanos tenemos esta, entre otras muchas fragilidades, que estamos buscando siempre sobresalir, que otros queden abajo, que yo sea el primero. Entonces, ahí es donde digo que hay un tremendo contraste, de verdad que estamos en una gran contravía, se puede decir. Se puede decir que estamos en contravía con lo que nos muestra Jesucristo, porque fíjate cómo, por una parte, Él nos está diciendo que su camino es un camino de descenso, es un camino de humillación, es un camino de abajamiento. Y, por otro lado, el corazón humano herido por el pecado, lo que quiere es sobresalir: -Que yo me vea, que a mí me quieran, que a mí me aplaudan, que a mí me reconozcan.
Entonces, yo creo que un mensaje muy fuerte del Evangelio de hoy, es que estamos en contradicción con Dios. O sea, démonos cuenta que lo que Cristo nos muestra va en contradicción con lo que a veces el cuerpo le pide a uno, la carne le pide a uno, el ego, el ego le pide a uno, estamos en contradicción. Y si estamos en contradicción, y si son dos direcciones completamente opuestas, no pueden ganar ambas, no pueden ganar ambas. No se puede al mismo tiempo ser verdadero discípulo de Cristo y estar cultivando esa egolatría. No se puede ser discípulo de Cristo y estar pagándole tributo al mundo para que el mundo me quiera, para que el mundo me acepte, para que el mundo me aplauda. No se puede ser discípulo de Cristo y, al mismo tiempo, venderse a la lógica de la murmuración, a la lógica de la intriga, a la lógica de la zancadilla: -A ver cómo hago para que caiga el otro, de manera que yo pueda sobresalir. No se puede ser discípulo de Cristo así.
Qué oportuna, qué oportuna es esta lectura en el tiempo de Cuaresma, porque si hay algo, óyemelo bien, si hay algo que tenemos que aprender en Cuaresma es esta pregunta tan sencilla: ¿al fin, qué es lo que significa ser discípulo de Cristo? Bueno, pues lo vamos a aprender, lo estamos aprendiendo en nuestra Cuaresma.

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