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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jeremías anticipa mucho del sufrimiento de Cristo, traicionado y torturado. Su dolor es inevitable, porque el hombre vendido al pecado no puede ver el bien sin tratar de adueñarse de él, y por eso lastima a los buenos.
Homilía k023005a, predicada en 20110323, con 4 min. y 6 seg. 
Transcripción:
El profeta Jeremías, entre todos los profetas del Antiguo Testamento, creo yo que es el que más se acerca a los aspectos más duros y a los momentos más torturantes del ministerio de Cristo. Jeremías fue célibe, fue soltero como Jesucristo. Jeremías vivió la peor tragedia del Antiguo Testamento, es decir, el destierro a Babilonia. Así como Cristo tuvo que pasar por la pasión, Jeremías fue traicionado, fue abandonado, lo mismo que Cristo. Jeremías tuvo que ir hacia Egipto, que era el símbolo mismo de la perdición, el retroceso en la historia de la salvación, el descenso al caos. Así como Cristo descendió a la muerte, y decimos en el Credo: descendió a los infiernos, hay un verdadero paralelo entre Jeremías y Cristo, y más de una vez en la Cuaresma nos vamos a encontrar con este gran profeta que nos ayuda a mirar con ojos más convencidos y más agradecidos el misterio de la vida del Señor.
Hoy el pasaje está tomado del capítulo 18 de Jeremías y lo que encontramos es, precisamente, el lamento de este profeta cuando se encuentra con la dureza de la traición de sus amigos. En el capítulo 20 de San Mateo, está el Evangelio de hoy, esta vez es Cristo también refiriéndose a su propia pasión, hablando de cómo va a ser entregado en manos de sus enemigos, es un lenguaje que los apóstoles, es un lenguaje que sus discípulos no quieren oír. Ellos quieren seguir soñando con un imperio poderoso, e incluso, en la escena de hoy, vemos que los dos hijos de Zebedeo buscan los primeros puestos. Ellos se imaginan que todo esto del reino de Dios, finalmente equivale a los demás reinos que hay en esta Tierra, ellos creen que se trata simplemente de un nombre religioso y sonoro, pero que en el fondo las cosas siguen siendo iguales, con los mismos privilegios, con las mismas intrigas y envidias que uno conoce en los poderes de esta Tierra.
Jesús tiene que despertarlos desengaño, Jesús tiene que hacerles descubrir que el camino del Evangelio, el camino de la redención, es siempre el camino de la Cruz. Porque, aquél que entra seriamente en el servicio a los hermanos, aquel que entra en el amor sin límites, entra también en el dolor sin límites, porque como está lastimado, como está herido por el pecado el corazón humano, lamentablemente nos aprovechamos de las personas en su bondad. Por eso Jesucristo no puede separarse de la Cruz, ni la Cruz debe separarse de Cristo. Y es a través del misterio de ese despojo de la Cruz, a través de la desnudez de la Cruz, como va a aparecer la esencia, si pudiéramos hablar así, la esencia de Cristo, y en esa esencia un amor sin fronteras, un amor pleno, un amor capaz de redimirnos. Hay que ir acostumbrando los ojos a estos misterios para que cuando llegue la Semana Santa y cuando lleguemos al Viernes Santo, tengamos los ojos limpios y podamos descubrir a nuestro Señor y descubrir nuestra salvación.

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