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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El que quiera servir a Dios, que esté dispuesto a entregar lo que Dios le da, hasta la propia vida.
Homilía k023003a, predicada en 20010314, con 8 min. y 49 seg. 
Transcripción:
Podemos aprender de las dos lecturas de hoy, que la persecución es una de las señales de los profetas y Jesús, que es el más grande de los profetas, el profeta de los últimos tiempos, tuvo que sufrir la última y la más grande de las persecuciones. Porque, nadie mostró con tanta claridad el camino hacia Dios, nadie abrió de la misma manera el reino de los cielos, ningún corazón tan generoso y tan sensible como el de Cristo. Y por eso, ningún dolor más grande que el que padeció nuestro Señor por amor a nosotros. La predicación de la voluntad de Dios conlleva la persecución, una persecución injusta, pero al mismo tiempo, podríamos decir, necesaria.
La primera lectura subraya este aspecto de injusticia, es que se paga el bien con mal. Acuérdate, le dice Jeremías a Dios: «Acuérdate de cómo estuve en tu presencia, intercediendo en su favor para apartar de ellos tu enojo». Y, sin embargo, es una persecución, podríamos decir, necesaria. Jesús lo dice abiertamente a sus discípulos: «El Hijo del Hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte, y lo entregarán a los gentiles para que se burlen de él».
La pregunta que nosotros nos hacemos es: ¿por qué esa injusticia de los enviados, esa injusticia que sufren los enviados de Dios, por qué es necesario ese sufrimiento? Porque tiene que ser así. Jesús anuncia a estos dos discípulos de él, a Juan y Santiago, que también ellos tendrán que beber el mismo cáliz: «Mi cáliz lo beberéis». ¿Por qué sucede así? Yo creo que es lo mismo que nosotros vemos en nuestro tiempo. Hay mucha gente buena que la vemos sufrir, ¿por qué pasa así? Dice Jesús: «el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos». Es que el amor es donación, el amor es entrega. El mundo muere de hambre de amor. Al mundo le falta amor.
Y un enviado de Dios es como alguien que llegara con una canasta grande llena de amor. Si en un pueblo muerto de hambre, escaso de alimentos, llegará alguien con una gran canasta llena de ricos bocados y de todo género de alimentos deliciosos, ¿qué pasaría? Seguramente la gente se mandaría sobre esa persona a sacar todos esos alimentos porque estaban muertos de hambre. Eso es lo mismo que pasa con el amor de Dios. Amor que significa amistad con Dios, amor que significa paz, seguridad de ser protegido, de ser comprendido, de ser escuchado, de ser perdonado. El mundo necesita amor y no lo tiene. Y los enviados de Dios son como ese hombre que llega con una gran canasta y que trae muchísimo amor como Jesús. Nos dice el Evangelio precisamente, que la gente a veces, se echaba encima de Jesús, de Él salía una fuerza que los curaba a todos y por eso la gente cargada con sus enfermedades, con sus dolencias, con sus tristezas, con su soledad se echaba encima de Jesús porque necesitaban la salud que traía Jesús, necesitaban el amor que traía Jesús. En cierto sentido, le quitaban todo, como le pasaría a ese hombre que llegó con una gran canasta de alimentos a un pueblo muerto de hambre.
Y por eso, el que quiera servir a Dios tiene que estar seguro de dos cosas, que Dios no le va a fallar, pero que el hambre que tiene la gente seguramente va a hacer que le quiten, que le rapen esos regalos de Dios. Y eso fue lo que le pasó a Jesús, el Hijo del Hombre vino para dar su vida, eso es muy bello, dar la vida es bello, pero perder la vida es duro. Y, sin embargo, para darla hay que perderla. Por este motivo, entre otros, no es el único, hay persecución. Por este motivo, entre otros, el que quiera servir a Dios, que esté dispuesto a entregar lo que Dios le da hasta la propia vida.

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