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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Tres palalabras que van unidas: sufrimiento, dar la vida y servicio.
Homilía k023002a, predicada en 19970226, con 8 min. y 40 seg. 
Transcripción:
Sufrimiento, servicio, dar la vida. Estas tres palabras se entrecruzan, hacen como una trenza, en el Evangelio. Jesús habla de sufrimiento, la madre de los Zebedeos habla de honores, entonces Jesús habla del cáliz y habla del servicio y habla de dar la vida. Si al final de la Cuaresma hemos logrado entrelazar estas palabras, no perdemos el tiempo, porque estas tres palabras, como si fueran enemigas, huyen unas de otras. Sufrimiento, servicio, dar la vida.
Podemos servir, pero sin sufrir. Servir y que se nos agradezca, servir y que se vea el servicio. Tal vez no nos agradezcan, pero que se vea el servicio, que dé fruto, pero servir y sufrir, difícilmente. Nosotros queremos dar vida, pero no humillarnos, no humillarnos, dar vida sí, pero dar vida y al mismo tiempo servir, no. Ser nosotros los que dirigimos la vida de otras personas, tal vez sí, pero dar la vida, sirviendo la vida: -Yo no me humillo tan fácil a la gente. No le voy a dar el gusto de humillarme. Y de sufrimientos, pues hasta sufrimiento sí queremos. Hay veces que uno siente que necesita cierta dosis de dureza o de sufrimiento, pero escoger uno de los sufrimientos. Uno quiere escoger el tipo de sufrimientos. Entonces uno dice, por ejemplo, yo soy bueno para ayunar, entonces escojo el sufrimiento del ayuno. Pero resulta que, en el día de ayuno, se le ocurre ser antipático a alguien que me conoce o que vive conmigo. Entonces, yo puedo aguantar un día de ayuno, pero un torpe impertinente no lo puedo soportar. Conclusión, lárguese, que usted no me deja ayunar.
Escogemos nuestros sufrimientos. Estas tres palabras: sufrimiento, servicio y dar vida, huyen las unas de las otras. Son como hermanas antipáticas que se dan la espalda. Cuesta trabajo reunirlas. Más trabajo, cuesta hacer una trenza con ellas. Son como de un alambre rebelde que no se tuerce, que no es dúctil, que no se amalgama, que no se dobla para hacer un hilo con los otros dos. Y, sin embargo, de esa trenza está tejido el corazón de Jesucristo.
No es el puro sufrimiento, tampoco es el puro servicio, ni es el simple dar la vida. Se trata de dar la vida sufriendo en el servicio, pues es un modo de describirlo. Pero también se puede decir, se trata de sufrir sirviendo para dar vida. O también se trata, o también se puede decir, se trata de servir dando la vida, aunque se sufra. No quisiera repetir tantas veces estas tres palabras que cuando acabara mi predicación, usted las tuviera suficientemente claras, y esas tres quedarán allí, como jugando en su imaginación: sufrir, servir, dar vida. No las separemos, o mejor, aunque ellas quieran separarse unas de otras, no las dejemos.
Mira que esto tiene muchas aplicaciones, por ejemplo, la Cruz. Cuando uno ve la cruz, lo que ve es una dosis increíble de sufrimiento, pero si se queda viendo eso, no saca nada, sufrir y sufrir y sufrir. El que mira la cruz de Cristo así, o el que mira lo que llama su propia cruz así, no hace nada. Sufrir y sufrir, pocas personas tan sufridas como yo. El sufrir y sufrir yo, de ahí no sale mucho. Y cuando uno mira a la cruz de Cristo, así, seguramente no sacará más que una curiosidad morbosa, medio malsana, cómo le fueron abriendo las carnes a latigazos y se le enterraban las espinas hasta los huesos y la sangre se mezclaba con el sudor. Y una vez que la sangre se coagulaba, un nuevo azote hacía restallar la costra y brotaba con nueva fuerza la sangre y de ahí no sale mucho.
En cambio, si uno sabe unir estas tres palabras, pero hay que hacerlo antes de que llegue el Viernes Santo, hay que hacerlo antes de que llegue el Jueves Santo, antes de que llegue la lectura de la Pasión de Cristo, hay que tener unidas estas tres palabras. De manera que cuando nos hablen de la Cruz, nosotros veamos en la Cruz el supremo servicio, el supremo servicio, la suprema obediencia, el cumplimiento perfecto y pleno de la voluntad de Dios y al mismo tiempo el mayor servicio que podría podía prestarnos Él, nunca Cristo fue tan servidor de la humanidad como lo fue en la Cruz, si esa frase usted la puede firmar el Jueves Santo y usted dice: -Estoy de acuerdo, para constancia firmo. Si usted puede firmar, suscribir ese pensamiento cuando llegue la Semana Santa, aprovechó la Cuaresma, pero también ver que se sufre y se sirve dando vida. Si lográramos que Dios nos diera eso, eso sería, esos serían ojos contemplativos. Si logramos mirar a la Cruz y descubrir en ella el supremo servicio y la fuente misma de la vida, ahí tenemos a un contemplativo. Pero lo mismo hay que aplicarle a las demás palabras, cuando encontramos el dar la vida en Cristo, hemos de saber que eso tiene su precio, tiene su carga de sufrimiento. Y cuando veamos a Cristo en el servicio, entendamos que ese servicio da la vida a través del sufrimiento.
Bueno, hasta aquí mis palabras. Ahora se necesita que el Espíritu Santo le diga el resto de palabras a usted. Si Cristo, el predicador por antonomasia, decía: «el Espíritu Santo, os conducirá a la verdad completa» ¿Qué tengo que decir?, solamente que ese Espíritu puede imprimir, juntar, tejer, trenzar sufrimiento, servicio y dar la vida en su corazón. Si su corazón está tejido de esa trenza, cuando llegue la Semana Santa, usted le entenderá cada movimiento al corazón de Cristo. Usted entenderá cada uno de los pasos de la Pasión. Usted será plenamente iluminado por la gracia y usted alcanzará, ya en esta tierra, el sabor mismo de la resurrección.

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