|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La fe cristiana parte de la realidad del pecado, que no se quita con negarlo, y de la realidad de la conversión que es un hecho no simplemente individual sino transformante.
Homilía k022015a, predicada en 20180227, con 19 min. y 0 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy está tomada del profeta Isaías y con el auxilio del Espíritu Santo queremos hacer alguna reflexión sobre ese texto. Lo primero que nos llama la atención es la intensidad de la denuncia. Dice el profeta oigan la palabra del Señor, príncipes de Sodoma, escucha la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de Gomorra. Por supuesto, cuando Isaías pronuncia este oráculo, Sodoma y Gomorra ya no existen. Entonces, al dirigir sus palabras a los príncipes de Sodoma, está comparando a los dirigentes de su pueblo, del pueblo de Judá los está comparando con los príncipes de Sodoma. Les da ese nombre. Y al pueblo, al conjunto del pueblo lo llama pueblo de Gomorra. Es decir, Isaías está refiriéndose a un estado dramático brutal de corrupción. Los dirigentes se parecen a los líderes de Sodoma, y el pueblo entero se parece al pueblo de Gomorra. Es decir, la situación es grave. Podría pensarse, es tan grave como puede llegar a ser. Esta percepción de la gravedad, en el caso de Sodoma y Gomorra, llevó a lo que sabemos, un diluvio de fuego y azufre.
Pero Dios tiene una palabra distinta a través de Isaías, lávense, purifíquense, aparten de mi vista sus malas acciones. O sea que lo que Isaías está haciendo es decirle al pueblo, tus acciones son pésimas, tu vida es corrupta y asquerosa, pero todavía estás a tiempo de arrepentirte. Todavía tu vida puede cambiar, lávate, purifícate. Este mensaje yo creo que es muy actual porque nos damos cuenta que en nuestro tiempo la palabra más repetida es corrupción. Corrupción en el gobierno, corrupción en la empresa privada, corrupción en la Iglesia, corrupción en las familias. Da la impresión de que el mal ha extendido sus tentáculos por todas partes. Esta la palabra de Isaías llamándonos, lávense, purifíquense, aparten de la vista del Señor sus malas acciones. Pero viene otro detalle que hay que notar acá, y es que la purificación interior está conectada con la justicia exterior. Atención a ese dato. Lo que Isaías está proponiendo no es una especie de perfección solamente interior, espiritual, individual, como que cada uno busque una especie de perfección para sí mismo, si quieres ser mejor mejora el mundo que te rodea. Esa frase nos puede servir, si quieres ser mejor mejora el mundo. El mundo que te rodea, eso que te rodea, tu entorno está reflejando, está gritando ¿quién eres tú? no puedes simplemente encerrarte en ti mismo, en ti misma. Voy a buscar ser perfecta. Voy a lograr la perfección. Mira qué está pasando con el mundo que te rodea. Mira ese pequeño mundo, ese pequeño entorno. Sí lo estás mejorando, sí tu entorno está mejorando. Entonces tú estás mejorando. Si tu entorno se está hundiendo, seguramente tú te estás hundiendo.
Esta es una afirmación muy interesante, porque siempre existe en la Iglesia un peligro que se llama espiritualismo. El espiritualismo consiste en que uno se encierra a decir yo voy a buscar mi perfección, voy a buscar las virtudes que no tengo, voy a extirpar los vicios que me sobran. Está bien como propósito. Pero cuidado que te puedes encerrar en una especie de torre de marfil a decir cuando yo sea perfecto, entonces vendrán las naciones y contemplarán qué bonito soy. Entonces, no es ese el camino. El camino es si quiero mejorar, debo mejorar el mundo. Y si el mundo que me rodea no está mejorando, tal vez yo me estoy engañando. Última idea. Hay un mensaje de esperanza. Aunque tus pecados sean rojos como la sangre, dice esta traducción, quedarán blancos como la nieve, hay esperanza. Esto es muy importante, sobre todo cuando estamos empezando el camino de la vida consagrada. Necesitamos esa palabra de esperanza.
Algunas veces uno habla con postulantes, con novicios, con seminaristas, y sienten pesar porque su pasado les avergüenza, porque los recuerdos de su pasado les perturban, porque las acciones de su pasado los acusan. Hay que tener cuidado, ahí hay una línea delgada que hay que saberla encontrar. El hecho de que hemos sido pecadores debe producir en nosotros sentimientos de rechazo al pecado y de profunda humildad, somos barro. Esa parte está bien, pero hay que tener cuidado porque la consideración demasiado detallada de las culpas pasadas produce cosas que te destruyen, produce, por ejemplo, nuevo atractivo hacia eso que viviste. Recordar ponerse a recordar con demasiado detalle lo que uno hizo puede despertar de nuevo el deseo de hacerlo. Hay que tener cuidado o recordar con demasiado detalle lo que uno hizo. Puede llevarlo finalmente a una actitud de desesperación. Es demasiado grave, no puedo cargar con esto, entonces hay que recordar el pasado, sí, pero como dice la doctora de Siena, sólo en general y sólo para recordar, eran tiempos miserables, eran tiempos sucios, me arrepiento de ese tiempo y me arrojo en las manos de Dios. El pasado pecador, no hay que recordarlo para nada más. Ponerse a entrar en detalles sólo sirve o para desesperación o para recaída, por lo menos recaída en el deseo. Esto vale para todos los pecados, pero especialmente vale para los pecados de resentimiento, es decir, pecados de odio o pecados de sensualidad. El recordar la herida que me hicieron, el recordar la manera como me odiaron, seguramente va a producir otra vez odio en mí. Eso no lo quiere Dios.
Las disputas, las divisiones, las heridas, los odios no tienen que ser recordados en ese nivel de detalle. Es mejor hacer con eso una especie de bolsa y arrojarlo a los pies de la cruz y decirle al Señor tú sabes que eran tiempos sucios. Tú sabes que eran tiempos torpes de mi vida. Dios mío, ¿yo en qué andaba? perdóname, te arrojo todo eso. No entrar en detalles ni de pecados de odio, ni de pecados de sensualidad. Especialmente esos dos, porque tocan muy vivamente nuestros sentidos. Nos pueden llevar a repetición, o sea, recaída, o nos pueden llevar a desesperación. Entonces, para eso sirve el pasado. Uno recuerda, pero sólo de un modo general. Uno no tiene que entrar en detalles. Uno envuelve en una bolsa todo eso que uno ha sido porque ya uno lo ha confesado. Uno envuelve todo eso en una bolsa y uno tira esa bolsa a los pies de la cruz de Cristo. Y uno dice solo tengo tu misericordia, Señor. Y si quiero esto es importante, y si quiero gastar cada día de mi vida y cada aliento de mi cuerpo, quiero gastarlo por ti, por tu gloria, por la extensión de tu Reino. Eso sí tiene que estar. Entonces, cuando una persona hace este ejercicio de recordar. Pero así, de ese modo que nos han enseñado los santos, de ese modo general, recordar lo que fue mi pasado, arrojarlo a la cruz de Cristo y a partir de ahí hacer ese propósito. Solo quiero vivir para ti, Señor. Ahí viene la esperanza. Tú vas a hacer algo bueno conmigo. Como decía Fray Luis de Granada. Si me trajiste hasta aquí, no me vas a dejar aquí. Tú vas a hacer algo bueno conmigo. Y esa certeza de la obra buena de Dios se convierte en esperanza. Y vamos trabajando y el enemigo no logra nada. No puede ni hacernos recaer en el pecado, ni llevarnos a desesperación, ni llevarnos al cinismo, ni quitarnos fuerzas. Entonces el enemigo ataca, pero no logra.
Y aquí conviene recordar lo que nos dice el apóstol Santiago. Ese texto que sale en vísperas del tiempo ordinario. Resistid al diablo y huirá de vosotros. Durante años me estuve preguntando por qué si el demonio es tan fuerte, tan inteligente, ¿por qué se va a retirar? ¿por qué va a dejar de atacar a una criatura mucho menos astuta y mucho menos fuerte como es el ser humano? finalmente, creo que el Señor me dio alguna claridad sobre ese texto del apóstol Santiago. ¿por qué el demonio se aparta y deja de atacar a una persona cuando esa persona le resiste? según la estrategia que hemos dicho. Si recuerdo que soy pecador, pero solo para humillarme ante Dios, no entro en el detalle, etcétera ¿por qué se va el demonio? La respuesta es esta porque precisamente así como es grande en su fuerza, es mucho más grande en su soberbia. Entonces, cuando él ataca a una pobre criatura y esa criatura se refugia en la Cruz de Cristo, entonces queda derrotado, y al verse derrotado precisamente por una criatura tan pequeña y tan frágil como somos nosotros, su soberbia le causa un dolor intensísimo, porque es un fracaso ¿cómo pude fracasar? voy con todo contra una criatura pequeña y fracaso. Entonces vuelve a intentar y vuelve a fracasar. Y este segundo fracaso le produce un dolor mayor. Así que finalmente, después de unos cuantos ataques, ya no aguanta el dolor. Pero es el dolor de su soberbia y por el dolor de su soberbia ya no ataca más. Por supuesto, la experta en estas victorias es la Santísima Virgen. De tantas maneras, atacada y siempre victoriosa.
Así que, enseñanzas de hoy. Primero, no nos asusta el estado de corrupción del mundo. Dios llama a conversión en todo tiempo, pero especialmente en Cuaresma. Segundo, si quiero mejorar, tengo que mejorar el mundo que me rodea. Cuidado con encerrarse en un espiritualismo que en el fondo es egoísta y vanidoso, mejorar significa mejorar el mundo. Tercera enseñanza, hay esperanza, pero esa esperanza hay que saberla construir y proteger. Cómo se cuida, cultiva y protege la esperanza, recordando lo que yo he sido. Pero no hay necesidad de entrar en detalles. Los detalles ya estuvieron cuando se hizo una buena confesión, ya no se necesita, simplemente yo envuelvo en una bolsa, que es la consideración general de mi miseria, envuelvo todo eso, le digo al Señor mi vida ha sido una vida de torpeza, de ignorancia y de errores pero aquí está, Señor, a tus pies y fuerte propósito de aquí en adelante, cada uno de mis días y cada aliento de mi boca para servirte y para proclamarte. Si hacemos eso, el demonio nos ataca, pero viéndose derrotado una y otra vez, finalmente huye. Finalmente ya no se meten más.
Tenemos testimonios además de la Virgen Santísima. Tenemos testimonio de otros santos a los que el demonio les tenía gran miedo. En mi comunidad dominicana se recuerda a Santa Inés, la misma del monasterio de las monjas contemplativas, Santa Inés de Montepulciano, una monja de una humildad, de una pureza, de una confianza en Dios, de una oración permanente que en algún tiempo fue atacada por el demonio, pero tuvo derrotas tan dolorosas, satanás que le tomó miedo a ella, miedo le tenía, miedo a la monja. Así dice precisamente Santa Catalina los que están empezando en la vida cristiana sienten miedo del diablo. Los avanzados en la vida cristiana le producen miedo al diablo. Entonces Santa Inés era de los que le producía miedo. Tanto que algunas personas poseídas del demonio, cuando las llevaban cerca de Inés de Montepulciano, quedaban liberadas. No es que ella exactamente hiciera exorcismos, sino que el demonio de tal manera le tenía terror a esta santa mujer que prefería irse del proceso antes que tener que soportar la presencia de Inés. Y esa es la grandeza de la victoria de Dios. Y nosotros no debemos tener miedo, ningún miedo ni miedo del futuro, porque para eso está la virtud de la esperanza, ni miedo del pasado, porque para eso está la virtud de la humildad, ni miedo del ataque del enemigo, porque para eso está la sabiduría de la Palabra que nos enseña a defendernos de él. No tenemos miedo. Avanzamos en el nombre del Señor y proclamamos su grandeza.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|