Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La vigorosa profecía de Isaías enseña varias cosas: (1) Dios habla a veces en un lenguaje fuerte; hay que devolverle el derecho de sacudirnos. (2) Después de la conversión hay que "aprender" es decir, la inteligencia tiene su papel. (3) La conversión sucede en un horizonte de esperanza.

Homilía k022006a, predicada en 20110322, con 13 min. y 45 seg.

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Transcripción:

Cuando predicó Isaías hacía mucho tiempo que Sodoma y Gomorra habían dejado de existir. Así que la expresión príncipes de Sodoma, lo mismo que la expresión pueblo de Gomorra, no indica que Isaías le esté hablando a estas poblaciones que ya estaban extintas, calcinadas. Lo que está diciendo Isaías, y es un lenguaje tremendamente fuerte, es que las autoridades de Judá se han vuelto como los príncipes de Sodoma, y el pueblo de la Alianza se ha vuelto como el pueblo de Gomorra. Es un lenguaje casi insultante que pertenece al género literario de la diatriba. Lo propio de la diatriba es esa especie de agresividades como sacudir al oyente, cuestionarlo hasta su raíz más profunda.

Estamos en el capítulo primero de Isaías, que parece recoger los oráculos más antiguos, aquellos que, según los estudiosos, pertenecen efectivamente al profeta. Esto indica que Isaías empezó su ministerio utilizando esta especie de látigo que es la diatriba, y soltando estos oráculos que indudablemente tuvieron que ganarle muchas antipatías. Lo que está haciendo es llamando a la conversión. Y por supuesto, esa es la razón por la que tenemos este texto en el tiempo de Cuaresma. Así que la primera aplicación que tenemos que hacer es que de vez en cuando es bueno que a uno lo sacudan. Ese lenguaje es para sacudir oyentes y de vez en cuando es bueno que a uno lo sacudan.

Si no las palabras, tal vez las circunstancias, tal vez los hechos mismos de la vida, hechos que en nuestro caso pueden ser muy diferentes, seguramente lo son en comparación con lo que vivió Isaías. Esas sacudidas de la vida a muchas personas las llevan a apartarse de Dios, pero a otras personas las llevan a acercarse a Dios. Exactamente lo mismo que pasaba con la diatriba, cuando una persona empieza a hablarme en ese lenguaje tan agresivo, las dos posibilidades son que yo diga no me interesa y no quiero aguantar más, o que yo diga pues razón tienes, he ofendido a Dios, ahora dime qué tengo que hacer. Pero en todo caso, las sacudidas tienen su lugar dentro de la vida cristiana. Y esto indica que uno no puede esperar que la vida cristiana sea como una especie de caminata serena. Sino que de vez en cuando Dios tiene que romper el camino, Dios tiene que quebrantar las expectativas, Dios tiene que abrir abismos de frustración, cuestionamientos inmensos, preguntas punzantes.

Esta clase de cosas están dentro de los recursos que Dios de manera ordinaria utiliza. Las vidas de los santos no dicen otra cosa. También en esos casos encontramos que estos hombres y mujeres tuvieron que pasar por verdaderos rompimientos. Tuvieron muchas veces que romperse, verse frente a su propia incertidumbre, cuestionarse profundamente. Ya se trate de Juan María Vianney, viendo frustradas sus esperanzas de ser sacerdote, o Francisco de Asís, viéndose desheredado en público por el Papa o Ignacio de Loyola, viendo hecha pedazos su esperanza de una carrera militar. Esto está dentro del derecho de Dios. Hay que devolverle a Dios el derecho de que de vez en cuando estruje y retuerza y rompa. Porque a veces el corazón no tiene otra manera de cambiar. Dice Isaías: Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien.

Quiero destacar, como ya lo hice en otra ocasión, la comparación entre esa parte mala y la parte buena. Dejar de obrar el mal, eso es bastante claro. Pero lo que me llama la atención es que Isaías no dice: Cesad de obrar mal, empezad a obrar bien. Si no dice, aprended a obrar bien. Este es un hecho que ha destacado varias veces, Benedicto. Como el Papa Benedicto, como en la conversión tiene que reactivarse la razón. La conversión no es un simple impulso de la emoción, del sentimiento o de las buenas intenciones. Aprender es esencialmente un ejercicio intelectual que requiere detenerse, que requiere tomar nota, que requiere muchas veces entrenamiento. Y eso es lo que nos pide Isaías que aprendamos a obrar el bien. Entonces, en la conversión hay que despertar, hay que reactivar la inteligencia, la razón.

Por eso me parece cada vez más ridículo que se quiera plantear la ciencia como opuesta a la fe o la razón como opuesta a la fe. Cuando resulta que el primer paso después de decirle sí a Dios es encender todas las luces de la razón, encender todas las luces de la inteligencia para hacerse la pregunta fundamental ¿Qué es lo que aquí se debe hacer? Ese acto de aprendizaje requiere muchas cosas, requiere escucha y no se puede suprimir la escucha, porque ese es el principio de la obediencia. Si de lo que se trata es de obedecer a Dios, pues ya sabemos que la palabra obediencia a la misma palabra está hablando de escuchar o evadir. De lo que se trata es de escuchar, de escuchar con atención. Entonces, aprender a obrar, a obrar bien implica detenerse, implica escuchar, aprender a preguntar implica también hacer balances, de qué sirve y qué no sirve de la vida. Eso es lo propio de un retiro espiritual y es lo propio también de la Cuaresma.

El último aspecto que quiero destacar de este oráculo tan vigoroso de Isaías es que toda conversión requiere desde el principio una mirada de esperanza. Para Dios no existe la expresión caso perdido. Nosotros somos casos encontrados, no somos casos perdidos. Ya se trate de nosotros mismos o se trate de otras personas, Dios está diciendo aquí por boca de Isaías, que Él es capaz de cambiar hasta la naturaleza que parece irreversible de las cosas. El rojo más intenso es el rojo escarlata. Se puede pensar que cuando una cosa está retenida, cuando esa tinta roja se ha adueñado de algo, ya no lo va a soltar, pero Dios dice que Él puede sacar ese escándalo, que Él puede sacar esa mancha y que Él puede devolver la luz, la claridad del esplendor a esa tela que parecía irreversiblemente escarlata.

Entonces la conversión sucede desde la esperanza. Yo quiero destacar aquí que hay un lenguaje que se ha metido en la teología moral, que es una un razonar desde la desesperanza. A veces se quiere hacer pasar por realismo a la desesperanza. Por ejemplo, cuando la Iglesia predica sobre los métodos naturales o artificiales y la diferencia moral que tienen cuando se trata de la anticoncepción, es muy frecuente que la gente empiece a razonar desde la desesperanza. Eso quién lo va a hacer, eso no se puede, eso nadie lo va a obedecer. Eso es razonar desde la desesperanza, eso es razonar desde la tinta escarlata y decir eso jamás puede recuperar su blancura original. Pero nosotros creemos en un Dios que cambia profundamente la naturaleza. Un Dios que es Señor de la naturaleza desde lo más físico, corporal y material hasta lo más intelectual, volitivo y espiritual. Un Dios que es Señor de la naturaleza.

Entonces, claro, el ser humano con sus propias fuerzas, con sus malos hábitos y sus pésimas costumbres, jamás podrá, claro, obedecer lo que dice la Iglesia en esa materia. Pero es que no solo no va a poder obedecer eso, es que no va a poder obedecer nada. Porque si a ese mismo ser humano, egoísta, esclavo de sus placeres, se le dice que sea solidario y que ayude a remediar la injusticia en el mundo. La persona también va a decir no, olvídate que la gente va a cambiar su manera de gastar el dinero. Entonces, especialmente para los que están haciendo sus estudios de teología moral.

Mis hermanos, sean críticos, por favor, sean críticos de ese pensamiento basado en la desesperanza. Precisamente lo maravilloso del cristianismo en sus primeros siglos fue que aquello que parecía improbable o incluso imposible empezó a suceder. Las dos grandes armas en términos de la forma de vida, no en términos de las palabras, sino en términos del testimonio de vida. Los dos testimonios fundamentales de los cristianos en esos primeros siglos fueron el martirio y la virginidad.

Y por supuesto, la virginidad era cosa de risa, de chiste, de burla y de absurdo. En ese mundo que desde temprana edad no sabía hacer otra cosa sino corromper a los niños. La iniciación sexual de los niños, por ejemplo, en la Grecia clásica, empezaba a los diez u once años y prácticamente todos esos niños eran violados, eran violados por esclavos de la casa con conocimiento de los papás y precisamente para despertar el apetito en ellos. Imagínate en ese mundo empezar a hablar de celibato, de virginidad, de pureza, eso sonaba como un mal chiste.

Pero cuando este mundo pagano empezó a ver que realmente Dios transforma la naturaleza humana hasta ese punto, porque vinieron los monjes y los mártires y las vírgenes, entonces la gente quedó asombrada y entonces la gente empezó a ver que algo único estaba sucediendo. Así que cuando nosotros razonemos en teología moral, no nos dejemos arrastrar por la corriente del pesimismo. La gente es egoísta, la gente es impura, la gente es envidiosa, la gente es chismosa. Esas frases hay que ponerle un límite. Cuando uno conoce a Jesucristo, la gente es chismosa, envidiosa, lujuriosa y todo lo que quieras, en la medida en que no acoge a Cristo.

Pero precisamente el testimonio que nosotros estamos llamados a dar, especialmente en nosotros religiosos sacerdotes, es mostrar que esta clase de esperanza sí es posible, aunque nosotros mismos también se nos troncha el pie, se nos va la cabeza, nos fracturamos, nos raspamos, nos caemos. Pero igual podemos mostrar una vez más el poder de la fuerza transformadora. Síntesis, entonces tres puntos. Necesitamos sacudidas. Yo te invito hoy a que le devuelvas a Dios el permiso de retorcer tu vida. Si Él ve que eso es preciso. Ese es el lema de San Luis Bertrán, ustedes se acuerdan, corta aquí, quema aquí. Haz lo que tengas que hacer aquí. Es decir, Luis Bertrán le devolvía a Dios el derecho de que hiciera lo que tuviera que hacer, como un enfermo que está en la sala de urgencias y dice con tal de salvarme la vida, lo que tenga que hacer, doctor. Hay que devolverle ese derecho a Dios.

En segundo término, el despertar de la razón y la inteligencia para aprender a obrar el bien. Y en tercer término, la conversión desde la esperanza y no dejarnos arrastrar. Sobre todo, mis hermanos teólogos, porque este ha sido el desastre de la teología moral en los últimos en las últimas décadas, no dejarnos arrastrar por el pesimismo que simple y llanamente desconoce el poder transformante de la gracia y del Espíritu.

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