Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cuaresma: proceso de purificación.

Homilía k022001a, predicada en 19970225, con 6 min. y 52 seg.

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Transcripción:

Dos palabras aparecen en las lecturas de hoy como dos núcleos de reflexión. La palabra purificación y la palabra gloria de Dios. Nos invita el profeta Isaías; Lavados, purificados, apartar de mi vista nuestras malas acciones. Y es bien duro el profeta Isaías, porque se atreve a llamar pueblo de Sodoma y de Gomorra a la casa de Israel. Y todos sabemos que estas dos ciudades habían quedado como una especie de refrán para el pueblo de Judá y para el pueblo de Israel. Como una especie de perpetua enseñanza. De lo que significa el extremo de la abominación y el rechazo a Dios. Pues ese es el nombre que Isaías le da a su propio pueblo para sacudirlo, para invitarlo a la conversión y para decirle, lavados, purificados. En realidad, esta es la tarea de la Cuaresma.

Es como un camino de purificación. Se llama purificar a ser puro a algo. Y la pureza, por ejemplo, de un metal, está en que no tiene elementos extraños. Oro puro es solo oro, plata pura es sola plata. En cambio, como se encuentran los minerales en la naturaleza no son puros porque el oro está revuelto con muchas otras cosas. Igual sucede con el hierro, el aluminio, la plata, lo que sea. Si se necesita un proceso de purificación para quitarle lo que no es metal, pues también la Cuaresma es un proceso de purificación. De manera que cada uno de nosotros se quite lo que no es. No es quitarse lo que uno sigue, sino quitarse lo que no es.

Darse cuenta del abismo que separa a nuestro pecado de nosotros y poder decir al final de este camino cuaresmal, Yo no soy mi pecado, yo no soy mi pecado. Si es verdad que en algún momento dije mentiras o fui orgulloso, si fui agresivo, lascivo, injusto, hipócrita o cualquier otra cosa, eso no soy yo. Esa es la purificación. No es una guerra conmigo. Es una guerra con lo que yo no soy, pero que está ahí pegado como un parásito, yo no soy eso. Y el Evangelio nos enseña cuál es el fin de esta purificación. Porque si ponemos por meta solamente nuestra propia belleza espiritual, ser hermosos para nosotros mismos y sentir que ya somos puros y eso ponemos por meta.

Definitivamente habremos dejado algunas culpas, pero con seguridad caeremos en nuevas idolatrías, porque entonces haremos de nuestra propia imagen y de nuestra propia vanidad una especie de ídolo. Para que ningún ídolo quede, para que la casa esté realmente limpia, para que mi pecado no se confunda conmigo ni se haga pasar por mí. Para eso es necesario que yo busque la gloria de Dios. El amor grande, el fuego grande que purifica este metal y lo separa de lo que no es metal, de la ganga de la escoria. El fuego grande que separa es el fuego de la gloria de Dios.

Porque fíjate que los fariseos querían purificarse eran escrupulosos en las ceremonias de purificación. Como esos lavatorios y abluciones, eran escrupulosos en separarse de las ocasiones de pecado, o por lo menos eso parecía. Se alejaban del contacto con los paganos, rezaban puntualmente sus oraciones, pagaban escrupulosamente sus diezmos y primicias. ¿Qué les faltaba? Porque ese esfuerzo de purificación no se vio coronado por la victoria, como anunciaba el profeta Isaías, Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve. ¿Por qué no sucedió eso en los fariseos? Porque es como querer purificar una masa de oro con fósforos.

Uno puede gastar la caja de fósforos calentando a pedacitos. El metal no es un fuego de ese tamaño el que va a limpiar el oro. Se necesita un horno encendido y altísima temperatura que no la da el corazón humano por sus propias fuerzas. Esa temperatura solo la da el fuego del cielo. El don del Espíritu, en la medida en que causa en nosotros pasión por la gloria de Dios. Deseo de que Dios sea enteramente glorificado. Saber que ningún nombre de esta tierra le queda realmente bien a él, y saber que su nombre no le queda bien a nada de esta tierra.

Esa pasión por la gloria de Dios, en la medida en que va encendiendo y encendiendo el horno, logra que el metal se purifique, que deje lo que no es Él y que llegue a la Pascua dispuesto, limpio y desempañado para reflejar la luz bendita de la resurrección de Jesucristo.

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