Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Al dejar de justificar nuestro pecado queda nuestra necesidad, fragilidad y vulnerabilidad ante Dios experimentando su amor y perdón para ser capaces de amar y perdonar con su fuerza.

Homilía k021015a, predicada en 20210301, con 4 min. y 41 seg.

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Transcripción:

La primera lectura hoy está tomada del libro de Daniel. El Evangelio está tomado de San Lucas. ¿Qué tienen en común estas dos lecturas? Que ambas nos hablan de perdón. La lectura de Daniel nos invita a hacer el reconocimiento de nuestros pecados para pedir perdón. Y el Evangelio nos invita a ser generosos, ser compasivos y aprender a perdonar a nuestros hermanos. O sea que estas lecturas tienen como una lógica.

Lo primero es ser perdonados y después llegar a perdonar, perdonados para perdonar. Tener la experiencia del perdón es tener la experiencia de un amor que va más allá de la simple transacción. Lo más asombroso cuando uno se acerca al perdón de Dios es precisamente descubrir que al final uno no tiene argumentos. Si tú miras las palabras del profeta Daniel en el reconocimiento de los pecados en este texto que nos trae el profeta Daniel, te das cuenta que finalmente no hay argumentos. Finalmente, lo único que le puedo decir a Dios es no tengo palabras. No tengo una justificación.

Pero bendita la hora, bendita la hora en que por fin decimos no tengo una justificación, bendita esa hora, porque mientras nosotros estamos justificándonos y mientras estamos dando disculpas, que seguramente no nos las creemos ni nosotros mismos, mientras estamos poniendo esas barricadas para defender nuestro ego, ese ego sigue haciéndose más fuerte, ese ego sigue en su trono de arrogancia, mandando sobre nosotros.

Quita esas barricadas, derriba esas justificaciones, deja esas explicaciones, olvídate de esas disculpas, derrumba todo eso. Y ¿qué quedará? Pues quedará ese ego nuestro, esa manera nuestra de siempre creer que somos los mejores, los campeones o los que podemos explicarlo todo. Deja que se derribe todo eso. Que todo eso caiga. Y ¿qué quedará? Quedará nuestra desnudez. Quedará nuestra necesidad. Quedará nuestra fragilidad, nuestra vulnerabilidad, nuestra impotencia. Y cuando queda ese nuestro ser, así ante Dios, salimos ganando. Porque cuando por fin quedamos así, vulnerables ante Dios, entonces Él también en su desnudez, acude a nuestro socorro.

¿Recuerdas que a Cristo le quitaron sus vestiduras? ¿Recuerdas que a Cristo, en su Pasión, le arrancaron todo? No solo lo físico. Le quitaron sus discípulos, le quitaron su dignidad, le quitaron también sus ropas. Este Cristo, este Cristo bendito, este Cristo desnudo ante nosotros, nos invita a tener el alma desnuda también, desnuda desprovista de toda justificación. Y entonces de su desnudez santísima viene sobre nosotros ese amor que es puro regalo.

Experimentar el perdón es experimentar regalo puro. Densidad de amor que llega sobre ti. Y cuando llega ese amor, ese amor te hace capaz de amar. Ese perdón te hace capaz de perdonar porque ya no vas a perdonar con tus solas fuerzas, ya no vas a perdonar con tus solos recursos, que son limitados como los míos, vas a empezar a amar y a perdonar con la fuerza de Dios, con el amor de Dios. Y entonces se va a cumplir el Evangelio. Y entonces descubrimos que podemos soltar a las personas que no tenemos que amarrarlas con nuestro odio o deseo de venganza y así son libres ellas. Pero los primeros que experimentamos libertad somos nosotros, porque hemos conocido el amor de Dios y el perdón de Dios.

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