Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El camino de la justicia a la misericordia, y el hilo de oro que te lleva a descubrir a Dios como tu Padre Eterno.

Homilía k021012a, predicada en 20180226, con 37 min. y 34 seg.

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Transcripción:

La primera lectura de hoy nos trae una humilde confesión de los pecados. Se encuentra en el capítulo noveno del profeta Daniel. Una confesión humilde. Nosotros somos pecadores. Lo que a nosotros nos corresponde es la vergüenza. Lo que a ti te corresponde, Señor, es la justicia. Pero luego vuelve a decir lo que a nosotros nos corresponde es la vergüenza. Eso lo repite, pero cambia la otra. Lo que a ti te corresponde es la misericordia. Detalle pequeño pero muy significativo.

Mirémoslo aquí. Dice Tuya es, Señor, la justicia y nuestra la vergüenza en el rostro. Ese es el primer encuentro del pecador con Dios. Tuya es la justicia y nuestra la vergüenza. Pero más abajo dice Señor, la vergüenza es nuestra, de nuestro Dios, en cambio, es tener misericordia. O sea que este pecador hace un camino. Primero descubre la justicia y después descubre la misericordia. Y ese camino hay que hacerlo en ese orden. Si uno pretende descubrir la misericordia sin descubrir primero la justicia, la misma misericordia queda desfigurada. Vamos a entender por qué.

Supongamos que yo me robo algo. Me robo una cantidad de dinero. Vamos a poner una cifra relativamente grande para el uso personal. Unos dos mil dólares. El hombre se robó dos mil dólares. Y él quiere encontrar misericordia. Pero un perdón demasiado fácil y demasiado barato no deja ver la gravedad de la ofensa. Este señor trabajaba en una empresa con el papá y le robó al papá dos mil dólares en alguna transacción. El papá le dice mira, realmente eso no importa, no hay problema, te queda perdonado. Me di cuenta, pero te queda perdonado.

El mensaje que le estaría dando el papá es no importa, no es grave, no has hecho nada. Entonces si realmente no es grave, tampoco es mucha la misericordia. Si realmente no es grave. La misericordia es pequeña. Solamente cuando descubro que lo que he hecho es grave, descubro que la misericordia es grande. Y para descubrir que lo que he hecho es grave, necesito de la justicia. La justicia es la que me hace ver. Mira lo que te ha robado me ha robado a mí que soy tu papá. Solo cuando la persona ha percibido la gravedad de lo que ha hecho y luego es perdonada, entonces dice realmente me tuvieron mucha misericordia.

O sea, tú no puedes percibir el tamaño de la misericordia sin la luz de la justicia. Esa frase quisiera yo que quedara escrita no solo en nuestras libretas, sino en muchos otros sitios. No se puede percibir la grandeza de la misericordia sin descubrir la gravedad de la injusticia cometida, porque si no, no sé. Sin la luz de la justicia. Yo no sé la gravedad de mi situación. Solo cuando entiendo la gravedad de la situación y luego soy perdonado. Entonces. Aprecio la misericordia. El aprecio de la misericordia requiere de la luz de la justicia. Esa es otra manera bonita de decirlo. El aprecio de la misericordia depende de la luz de la justicia. No se oponen. Y por eso no hay que creer que Dios, para ser más misericordioso, tiene que ser menos justo, no. Dios ilumina profundamente la realidad de mi corazón.

Y como el corazón de Pedro le hace llorar, llorar de dolor por haber ofendido, por haber traicionado, por haber pecado. La magnitud de ese dolor prepara la magnitud del amor, de la alegría, del gozo. Siendo grave lo que yo hice. He sido perdonado. Entonces, la primera enseñanza que quisiera que nos quedara hoy es esa. El aprecio de la misericordia requiere de la luz de la justicia. ¿Cómo puede esto aplicarse a la vida de cada uno de nosotros? Es aquí donde se requiere eso que enseñan tantos doctores de la Iglesia, entre los cuales yo lo he aprendido, de Santa Catalina de Siena, el conocimiento de sí mismo.

Porque en el conocimiento de mis muchas mediocridades, ingratitudes, egoísmos, mentiras, cobardías, perezas y en el descubrimiento de todo ese relieve de lo que es mi nada. Estoy preparando un espacio amplio para descubrir la grandeza del que va a ser mi todo. O sea que ya tienes el segundo pensamiento. Para que Dios sea mi todo tengo que descubrir mi nada. Maestro excelso en esta espiritualidad es San Juan de la Cruz, llamado por eso, paradójicamente, el Doctor de la nada. Experto en nada. Para descubrir a Dios como mi todo, tengo que descubrir mi nada. Dios le concedió esa gracia especialísima a la querida Catalina, hablándole en una revelación intensa, luminosa. Le dice el Señor tú sabes quién eres tú, sabes ¿quién soy yo? Y le sigue hablando el Señor a Catalina y le dice tú eres la que no es. Y así le revela la nada y Yo Soy el que Soy. Y así se revela Él como el todo.

Entonces, primera enseñanza de hoy, de esta homilía. Primera, el aprecio de la misericordia requiere de la luz de la justicia. Segunda, para descubrir a Dios como mi todo, tengo que descubrir mi nada. Tercero, y ¿cómo hace uno para descubrir su nada? Pues hermanos. En la Biblia hay continuamente una tensión entre el desierto y el paraíso.

El paraíso es el lugar donde uno no se conoce y el desierto es el lugar donde uno se conoce. Paraíso ¿qué es? Paraíso es el ambiente, el lugar, la circunstancia, la gente que me trata como a mí me gusta que me traten, que me quiere, que me aprueba, que me complace. Los ambientes que me complacen, la gente que me gusta, las circunstancias en todo favorables, ese es el paraíso. El corazón humano herido por el pecado busca, casi podríamos decir inevitablemente, busca el paraíso. Es decir, uno busca los ambientes cómodos, la gente compatible, los proyectos exitosos, los auditorios que me aplauden. Tenemos todos, una tendencia intensa hacia el paraíso. El paraíso nos seduce. El paraíso nos atrae, el paraíso nos chupa, nos succiona. Ese es el paraíso. Pero en el paraíso uno no se conoce. Este es un misterio Espiritual, pero también filosófico y antropológico. En el paraíso uno no se conoce.

Entonces, esa puede ser la tercera frase, ya que estamos numerando las frases. La tercera puede ser esa. En el paraíso uno no se conoce y vamos a explicar por qué uno no se conoce. ¿Cómo puedo yo conocer mi límite, si mi deseo encuentra su respuesta y su objeto? Yo deseo lo fácil y lo tengo. Yo deseo lo delicioso y lo tengo. Yo deseo lo cómodo y lo tengo. Puesto que la realidad en el paraíso parece una continuación de mis deseos. Entonces caigo en la ilusión óptica de que yo soy más grande de lo que soy.

Esa es la frase más filosófica que vamos a tener hoy, pero es muy bonita y es muy importante. Repitamos, puesto que la realidad en el Paraíso parece una continuación de mis deseos. Entonces el paraíso crea la ilusión de que yo soy más grande de lo que soy. Piensa, por ejemplo, en un niño malcriado, un niño de una familia multi multimillonaria, un niño que tiene todo. Un niño que abre la boca y todo lo quiere y todo lo tiene y todo lo consigue. Papá, quiero esa cuatrimoto. Al momento llega la cuatrimoto. Como magia. Cuando una persona encuentra en cada deseo el objeto de deseo. Ese es el paraíso. Entonces la continuidad aparente entre la realidad y mi deseo agranda mi yo. Entonces ese niño se vuelve insoportable porque su yo se vuelve gigantesco, porque está acostumbrado a que su yo llena la casa, llena la ciudad, llena el mundo. Fíjate que Caín estaba tan lleno de su yo que no había espacio para un Abel. Abel no cabía ahí.

Entonces la frase quizás me va a salir con palabras ligeramente distintas. La cuarta frase, que es la frase filosófica es, puesto que en el paraíso la realidad parece continuidad de mis deseos. En el paraíso hay la ilusión óptica de que yo soy más de lo que soy. Pero qué pasa si yo digo. Quiero una cuatrimoto. Trabaje, esfuércese. Entonces no la voy a tener dentro de una hora, ni dentro de una hora, ni probablemente dentro de un año. Entonces la realidad se me convierte en una pared. La realidad me frena. Y cuando la realidad me frena, entonces mi deseo choca contra esa pared. Mi deseo choca contra esa realidad. Y cada vez que choca, se achica.

¿Qué es el desierto entonces? El desierto es un espacio de seria discontinuidad entre mis deseos y la realidad. Esa viene siendo la frase número cinco. El desierto es un espacio de seria discontinuidad entre mis deseos y la realidad. Quiero descansar, pero estoy inscrito para la adoración al Santísimo a las once de la noche. No puede ser, hoy no puede ser, no puede ser, no puede ser. Mi deseo, no es ese, mi deseo recibe una contradicción porque hay una seria discontinuidad entre la realidad y mi deseo. Ese es el desierto, entonces la seria discontinuidad entre la realidad y el deseo. Hace que mi deseo vaya adquiriendo un tamaño real, que es mi tamaño. A medida que me voy encontrando con que yo quisiera, pero no puedo, pero yo quisiera, tampoco puedo. Y si quiero esto, tampoco puedo. Entonces, a medida que voy encontrando esas limitaciones. A medida que voy encontrando esas limitaciones, más un ingrediente, un ingrediente muy importante que es la luz de sabiduría del Señor.

Entonces vendrá por ahí una sexta frase A medida que descubro a la luz de Dios mis límites. Descubro mi realidad de indigencia. Es clave la parte de, a la luz de Dios. Es a la luz de Dios que tengo que descubrir mis límites. Porque si no sucede a la luz de Dios, pasa un desastre. ¿Cuál es? Puedo encontrar la vida absolutamente insufrible. Puedo caer en desesperación. Entonces la luz de Dios es como una especie de regalo interior que me hace comprender que aunque soy limitado, soy querido. Sin la luz de Dios, si yo me quedo en el solo límite, eso me lleva a la desesperación. Quisiera ser amado, pero nadie me ama. Quisiera lograr esto, pero no lo consigo. Quisiera pero no tengo. Mejor dicho, quédense con su puerca vida ya yo me despido. La persona llega a la desesperación. Por eso se necesita la luz de Dios, porque la luz de Dios es la que me hace ver que aunque no consigo lo que deseo, yo sí he sido deseado.

Escriba, escriba que le conviene. La luz de Dios es la que me revela que aunque yo no tenga todo lo que deseo, yo sí he sido deseado. Sin esa luz de Dios uno termina por exasperarse, uno termina por volverse agresivo, cínico, violento, grosero, suicida. Cualquiera de esas cosas que están pasando en nuestra época. Entonces la luz de Dios es la que me permite descubrir que yo no consigo mis deseos, pero yo sí he sido deseado. Entonces, el descubrimiento de que yo sí he sido deseado, pero no consigo mis deseos, me dispone para descubrir. Descubrir la palabra tal vez más linda de toda la Escritura, la gracia.

Entonces, ¿por qué existo? Si mis deseos no se cumplen todos, no los puedo conseguir todos. Si en tantas cosas he fallado. Si tengo tantas frustraciones y tantas cosas salieron mal, si tantas preguntas están sin respuesta, ¿por qué existo? Y entonces descubro que mis deseos tienen un límite, pero yo mismo he sido deseado. Y ¿quién y cómo me ha deseado? Y cuando descubro al Señor, entonces es inevitable la pregunta ¿Y tú por qué deseaste que yo existiera? Si soy tan limitado ¿por qué deseaste que yo existiera? Este es el itinerario que han seguido algunos santos y místicos de la Iglesia, entre los cuales hay que destacar a un beato poco conocido, filósofo y místico. Las dos cosas, filósofo y místico llamado Juan Taulero. Juan Taulero o Tauler, dicen otros.

Juan Taulero, un dominico místico por allá del siglo catorce o quince tal vez es el ya, discípulo del Maestro Eckhart, que es como patrono de toda esa escuela mística. Este es el camino de Juan Taulero. Este es el camino de la doctora de Siena. Esto que les estoy contando así en pastillas, es el camino de ella. Y es muy lindo porque es un camino que termina en papá, termina en papá Dios. Efectivamente. Fíjate, sigamos el camino. Yo no consigo todo lo que deseo. Claramente soy muy limitado. Pero yo he sido deseado. ¿Por qué has querido Dios que yo exista, si soy tan limitado? y viene una revelación. Porque te amo, porque en la raíz de tu existencia está el amor. He sido deseado, he sido amado. En la raíz de mi existencia está el amor.

La gran ventaja que tiene este camino místico de Juan Taulero, de Catalina de Siena, de Juan de la Cruz y de algunos otros. La gran ventaja que tiene es que es un camino irrebatible. No me puede suceder nada, nada, no me puede contradecir nadie. Nadie puede destruir este hilo que les acabo de contar. Nadie, nadie, ningún pecado mío, ninguna ofensa del prójimo, ninguna adversidad externa, ninguna tentación, por fuerte que sea, ningún rugido del demonio, nada, nada, nada puede detener la certeza de que yo existo por un deseo de amor de mi Padre del cielo. Y esa certeza es el principio de todas las libertades. Es el principio del amor en libertad. Es el principio del perdón. Es el principio de la paz. Es el principio de la esperanza y de la generosidad. Todo eso, por supuesto. Para desarrollar todas esas ideas necesitaríamos bastante tiempo. Pero por ahora le cuento que es el principio de todo eso. Todo eso nace de ahí. Sobre todo, es importante darse cuenta de que es el principio del amor en libertad. Porque significa que el tener esa certeza de ese amor que está depositado como gema preciosa en el centro mismo de mi alma desde que yo empecé a existir. Esto hace que yo tenga una radical independencia, no indiferencia. Independencia de todas las criaturas. Ese es el amor en libertad. Sea la persona casada, soltera, sea la persona pequeña o grande, afectuosa o parca, extrovertida o introvertida. No importa tu temperamento, no importa tu historia. Este hilo precioso te lleva ¿a qué? A la independencia, no a la indiferencia.

La verdad es que la independencia en el amor, lejos de ser un obstáculo para amar, es la fuente de un amor sin condiciones. ¿Por qué? Porque si yo dependo de cómo me trates tú para amarte, quiere decir que si yo estoy esperando una respuesta tuya, que tú seas de tal o cual manera conmigo, que tú me trates de tal o cual manera, que tú me correspondas, que tú seas mi súper amiga, que tú seas. Si yo estoy esperando eso de ti, yo no te estoy amando en libertad, porque el día que yo considere que tú no estás respondiendo a lo que yo espero de ti, ese día, te voy a amar menos.

Entonces, fíjate que la independencia libera de la indiferencia. Frase que también vale la pena tenerla en cuenta. La independencia del corazón libera de la indiferencia del corazón y la gente cree que es lo contrario. La gente cree que para no ser indiferente uno tiene que, no sé, qué estar como muy apegado a muchas personas y depender de muchas personas. Y no es así. Cuanto más independiente seas, menos indiferente serás. Es sorprendente. Es un resultado sorprendente, pero es así. La persona más independiente que ha caminado sobre esta tierra es Jesucristo.

En el capítulo catorce de San Marcos les dice Ustedes me van a abandonar, todos, me van a dejar solo, pero no voy a estar solo. Estoy con el Padre. Y la persona más amorosa, la persona más dulce, más compasiva que ha pisado esta tierra, es Jesucristo. Entonces el más independiente es el menos indiferente. En cambio, la persona que es dependiente, esa si se vuelve indiferente. Por ejemplo, yo quería ser tu amigo. Quería mucho ser tu amigo, pero nunca respondiste. Nunca apreciaste las tarjetas donde yo te decía eres muy especial. Nunca me las respondiste como yo esperaba. Conclusión, no pierdo más tiempo tratando de ser tu amigo. Ahora te castigaré con el látigo de la indiferencia.

La dependencia lleva a la indiferencia, mientras que la independencia hace desaparecer la indiferencia. Porque la persona que es independiente para amar, precisamente porque se siente radicalmente amada, radicalmente amado por Dios, esa persona no pone condiciones. Y ese es Jesús. Entonces Jesús puede amar al soldado que le ataca, porque no depende de cómo sea él. Esta es una senda muy preciosa, una senda de solidez espiritual. Esta es una senda que nos lleva al Padre Celestial. Y ustedes que llevan ese nombre tan precioso del Padre Celestial. Esta senda nos lleva al Padre Celestial. Y cuando uno empieza a descubrir esta senda, realmente empieza a ser mucho más libre, mucho más tranquilo, mucho más generoso, mucho más capaz de perdonar. Si todo mi bien viene en realidad de mi padre, ¿qué hago yo perdiendo tiempo odiando, envidiando, riñendo? ¿qué sentido tiene? Mi bien no viene de él o de ella, que es mi prójimo.

Entonces, fíjate a medida que una persona conecta así con el Padre celestial, vive el perdón de una manera tan tranquila. En el ejercicio de remembranza que hicimos en la mañana, ustedes recordaban palabras y recordaban actitudes, gestos, historias, anécdotas del Padre Antonio Lutens. Una de ustedes recordaba que el padre decía. Quiero ser preciso. Era algo así como que él no recordaba haber sufrido, que le hubieran hecho sufrir. Me pueden precisar las palabras ¿cómo era? era como así. Decía que nunca nadie me ha hecho sufrir. Técnicamente hablando, es mentira. Porque, por supuesto, hubo mucha gente que lo hizo sufrir. Pero es que se ve que este hombre vivía la espiritualidad del Padre Celestial. Entonces, cuando uno vive la espiritualidad del Padre Celestial, ese sufrimiento de la persona que me humilla, que habla mal de mí, o que me calumnia, o que me expulsa, o que no quiere verme. Nada de lo que haga esa persona me desconecta del Padre celestial, que es de donde viene mi alimento, de donde viene mi alegría, de donde viene mi esperanza.

O sea que esa frase muestra un grado alto de vivencia de la experiencia del Padre Celestial. Solamente si una persona tiene esa clase de experiencia de unión con el Padre, puede llegar a ese tipo de palabras. En cambio, la persona que depende de las criaturas, yo creo que quitando los males de la condenación, depender de las criaturas es demasiado triste, demasiado triste. Y esas son las personas que recuerdan y recuerdan. El tres de febrero de mil novecientos ochenta y seis. Yo me acuerdo, yo me acuerdo lo que me dijo y la cara que tenía del tono con... ¿Cómo puedes gastarle tanta memoria, tanta energía a una criatura? ¿Por qué le das tanta importancia? No es que uno sea indiferente, no.

Uno mira las miserias de las personas como se ha acostumbrado a ver sus propias miserias. Y al ver las miserias de las otras personas, como se ha acostumbrado a ver la propia indigencia y las propias miserias, no es difícil perdonar. Créanme que no es difícil porque uno se ha acostumbrado a verlas de esa manera y cuando uno ve eso es más fácil. Oiga, esto que lo vivió Cristo en la cruz, es más fácil descubrir el daño que la persona se está haciendo que el daño que la persona me está haciendo. Cuando descubro mi barro, mi nada, mi indigencia. Estoy descubriendo al mismo tiempo, el barro, la indigencia, la miseria de mi hermano. Y cuando mi hermano me ataca, cuando veo que peca. O sea, digamos las palabras en orden, cuando veo que me ataca, veo que en realidad está pecando. Y veo que el pecado le hace más daño a él que la ofensa me hace daño a mí.

Por eso Jesús en la cruz ora con estas palabras Perdónalos, porque Jesús puede pedir perdón para los verdugos, porque se da cuenta. A mí me están haciendo daño, claro, porque me maltratan, porque me torturan, porque me azotan, porque me clavan. Pero el daño que se están haciendo ellos es terrible. Jesús compara el daño que se está haciendo el verdugo y el daño que Él está sufriendo y siendo gigantesco el daño que Él está sufriendo al compararlo con el daño que se está haciendo el pecador que crucifica al Señor. Lo único que le sale a Cristo es un grito de compasión. Perdónalos, Padre. Es demasiado el daño que se están haciendo.

Imagínese el grado de sanidad de ese corazón. La buena noticia es que ese corazón que te ama también a ti y que derrama su espíritu sobre ti, te puede dar también esa sanidad a ti. ¿Tenemos pruebas de eso? Gracias a Dios tenemos pruebas de eso. Mira, la muerte del primer mártir que se llamaba Esteban. Era la muerte de Esteban, Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Claro, porque siempre que uno pone a Jesucristo de modelo, no falta quien diga ah, pues Él era Dios. Pues siendo Dios. Ser Dios no era una carta mágica que la humanidad de Cristo jugara.

Escriba esa frase que es la de máxima teología del día de hoy. Ya le conté cuál era la de máxima filosofía. La de máxima teología es esta que le estoy diciendo. Ser Dios no era una carta que Cristo jugara para disminuir su humanidad. Pero de todas maneras la gente tiene la tendencia de decir Él como era Dios. Y ¿qué me dices de Esteban? Esteban no era el verbo encarnado. Esteban era un ser humano como tú y como yo. Y ¿qué pasó con Esteban? Que cuando lo estaban matando de manera cruel a piedra, dice Esteban, Señor, no les tomes en cuenta este pecado. O sea que ya Esteban tenía ese grado de perfección en sus ojos para ver con mucha claridad que es mayor el daño que ellos están haciendo, matándome a mí que el daño de que yo muera. Porque en el fondo, el daño de que yo muera simplemente me empuja a la eternidad.

Así piensan los mártires. El daño de que yo muera lo que hace es empujarme a la eternidad, lo cual tendría que llegar de una manera o de otra. Entonces mi daño está en el dolor. Mi daño está en la humillación. Mi daño está en la tortura. No son daños pequeños, pero si se compara con el daño del pecado, el daño de ellos es terrible, terrible, terrible. Entonces Esteban es capaz de orar Señor, no les tengas en cuenta este pecado. Gracias a Dios hemos podido compartir este y yo lo llamo el hilo de oro de la Espiritualidad del Padre Celestial, el hilo de oro, y apenas hemos alcanzado a ver un poquito de los frutos que tiene, entre lo cual yo vuelvo a subrayar la libertad para amar, que es fundamental, porque en el amor va a estar toda nuestra perfección cristiana. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

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