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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Misericordia es no condenar al otro y tener compasión de él.
Homilía k021003a, predicada en 19990301, con 5 min. y 2 seg. 
Transcripción:
La lectura de Daniel es una súplica de misericordia. Se encuentra en el Capítulo Noveno de este libro. Yo les invito a que después vuelvan sobre ese texto. Vuelvan sobre él, Daniel Capítulo Nueve. Es un texto muy provechoso para aprender, humildad para orar con humildad. El reconocimiento de que Dios es justo y que nosotros hemos pecado contra Él. Pero ese reconocimiento de nuestros pecados se convierte en una fuerte súplica de misericordia. Uno reconoce el pecado no para hundirse uno, sino para que Dios surja. O, como me gusta decir, nosotros reconocemos nuestros pecados para hundirnos, pero no en la desesperación, sino en la bondad de Dios en su piedad, en su clemencia. La diferencia entre un santo y un suicida, es que el suicida se hunde en su desesperación, mientras que el santo se hunde en el amor de Dios. Y el que se hunde, el que se siembra en el amor de Dios, florece con una cosecha maravillosa de virtudes. La primera lectura, pues, es una petición de misericordia, y el evangelio es el camino de la misericordia. Es la relación entre la misericordia que nosotros le pedimos a Dios y la misericordia que Dios nos pide a nosotros. Nosotros le pedimos misericordia porque somos pecadores y Él nos pide misericordia, porque nuestros hermanos necesitan de nuestra compasión. Entonces, si quieres que Dios escuche tu súplica de misericordia, escúchale la súplica que Dios te hace para que tú tengas piedad, para que tú tengas misericordia de tu hermano. Y esta es una enseñanza sorprendente de Jesucristo. Vamos a comparar la misericordia con una llave de agua, agua viva, agua que da vida, agua fresca que calma la sed. Y vamos a decir que Jesús nos está contando que esa llave tú la puedes mover, tú vas a graduar, cuánta misericordia quieres recibir. La llave de la misericordia de Dios te la está entregando Jesús en este evangelio y te está diciendo que si tú abres la llave de tu amor, de tu compasión y tu misericordia para tu hermano, la has dejado abierta también para ti. Y si la cierras para tu hermano, la cerraste también para ti. La medida que uses la usarán contigo. Pues no podía prometernos nada mejor, pero tampoco podía ponernos una responsabilidad más grande. Nos ha dejado en una libertad casi total y por eso nos ha dejado con una responsabilidad inmensa. La libertad y la responsabilidad son hermanas. Ahora bien, esta misericordia para con nuestros hermanos no significa simplemente dejar hacer a los otros, la misericordia no es dejar hacer. Jesucristo dijo aquí que fuéramos compasivos, y el compadecerse no es, el soltar, y que cada uno haga lo que pueda. Porque muchas veces dejar que cada uno haga lo que pueda es una manera de indiferencia, es una manera de quitarnos nuestros deberes con los demás. Si yo estoy, por ejemplo en un colegio, en una universidad y veo que los demás están torcidos del camino de Dios, la misericordia no consiste simplemente en que yo no condeno a nadie. Que cada uno haga lo que quiera. Cristo no te dijo simplemente que no condenaras, te dijo: Sé compasivo y compadecerse del otro es entender en qué miseria se encuentra el otro, en qué necesidad se encuentra el otro. Hasta que te duela la situación en la que está tu hermano, hasta que broten de tus ojos lágrimas intercediendo por los que no conocen a Dios. Esa es la misericordia que abres también para tu corazón. Y no es una misericordia de indiferencia, es una misericordia de compasión. La misericordia en términos negativos es no condenes, pero hay que ir mucho más allá de no condenar. Se trata de compadecerse, se trata de entrar en el dolor del otro y ayudar desde dentro, empezando por el amor y la oración a que el otro salga de ahí. Quien tiene ese corazón ya conoce el corazón de Dios.

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