Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

A nosotros, vergüenza, y a Ti, Señor, el perdón y la misericordia.

Homilía k021002a, predicada en 19970224, con 12 min. y 38 seg.

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Transcripción:

La preciosa lectura del libro de Daniel que hemos escuchado hoy del Capítulo Noveno de este profeta, es un ejemplo magnífico de lo que significa la confesión de las propias culpas. Así como hoy el sacramento de la Eucaristía y el sacramento de la Confesión, y el sacramento de la unción y el sacramento de la ordenación y del orden. Existen unciones y hay el sacramento de la unción. Existen acciones de gracias y hay el sacramento de la acción de gracias y la Eucaristía. Existen lavatorios o abluciones y ahí el sacramento del bautismo. Existen órdenes. Ordo para los antiguos latinos, era como una de las grandes divisiones de un ejército, un orden, una fila de personas que siguen una determinada disciplina. Pues así como existen órdenes, existe el sacramento del orden. Con ese mismo razonamiento. Así como existen confesiones, hay el sacramento de la confesión.

Una persona no sabe lo que es agradecer, no entenderá lo que es el sacramento del agradecimiento. El sacramento de la acción de gracias o el Sacramento de la Eucaristía. Si un marciano no conoce lo que es el agua, tampoco puede entender lo que es una ablución, lavatorio o bautismo, y tampoco puede entender que es el sacramento del bautismo. Si una persona nunca ha conocido un aceite, ni pomada, ni cosa que se le parezca, no puede entender lo que es el sacramento de la unción. Con esto quiero decir que los sacramentos toman realidades de la naturaleza, realidades de la historia y por la fuerza de la Palabra y por la gracia del Espíritu, les dan un nuevo sentido y un nuevo alcance. Pero para que el sacramento pueda ser fructuoso, es necesario que la realidad natural o histórica sea conocida primero. Por eso, por ejemplo, en el Sacramento de la Confirmación en que los candidatos van a ser ungidos por el obispo. A mí me parece indispensable que las catequesis que se hagan a esos candidatos les muestren algún aceite, que la gente vea por lo menos una pomadita, algún aceite, alguna cosa, y que se vea cómo el aceite entra en la piel, se queda ahí. El conocimiento de esta acción propia de las sustancias oleaginosas o oleaginosas, de las sustancias aceitosas, ese esa base natural, esa realidad natural, es la que luego va a ser transformada por la Palabra de Dios.

Con esto quiero decir que para realmente sacarle provecho al sacramento de la confesión, uno tiene que conocer confesiones sin sacramentos. Así como para sacarle provecho al sacramento de la unción, uno tiene que conocer un aceite. Pero si la primera vez que uno conoce un aceite es para un sacramento, como le pasa a algunos jóvenes, nunca han visto un aceite que se unte o no le han puesto cuidado alguno y cuando lo van a ver pues tampoco lo ven porque se lo ponen en la frente, entonces tampoco lo vieron. Entonces son ungidos y no saben ni qué significa ser ungido. Se pierde mucho de la fuerza del sacramento. Una persona que no agradece nada llega a la Eucaristía. ¿A qué? Entonces mira cómo la vivencia de los sacramentos tiene dos escalones. Un primer escalón es conocer, apreciar, valorar, incluso haber utilizado, haber usado una realidad concreta, tangible, sensible, tomada de la naturaleza o de la historia de los hombres. Esa realidad es agua, aceite, pan, agradecimiento, orden, confesión, ese es el primer paso. Conocer esa realidad y haberla practicado y haberla vivido en cierto modo, comprenderla. En un segundo paso se le cuenta a la persona cómo hay una fuerza de la Palabra de Dios que toma esa realidad, esa confesión, esa agua, ese aceite, ese pan, y le da un nuevo y último sentido por el cual, según la institución y Palabra de Cristo, ese sacramento va comunicar la gracia santificante.

Entonces, para mejorar la práctica de los sacramentos, la vivencia de los sacramentos, hay que hacer ejercicios de ambos, de los dos escalones. Hay que hacer ejercicios sobre la realidad natural o histórica y hay que hacer ejercicios sobre el sentido que la Palabra de Dios le va a dar a esa realidad, para que sea una nueva criatura, para que sea, para que tenga la novedad del don del Espíritu Santo. Para vivir, por ejemplo, la Eucaristía, hay que hacer ejercicios de comer, esos son fáciles, pero hay que hacer ejercicios de agradecer. Esos no son tan fáciles. Con mucha facilidad y con mucha frecuencia nosotros pasamos de pedir favores a dar órdenes. Examinemos nuestro propio comportamiento y notemos cuán fácil resulta convertirse en el superior del resto de la humanidad. El fue, el mundo tiene que hacerme caso a mí y por consiguiente todos están en la obligación de hacer lo que yo les pido. Por lo mismo, no hay necesidad de agradecerle nada a nadie. Un corazón así llega reseco, sordo y ciego a una Eucaristía. Puede venir vestido disfrazado de monje o de monja, pero llegará reseco a una Eucaristía y sobre todo, sordo y ciego.

Un corazón que no agradece, un corazón que no sabe descubrir, la novedad de la gracia en el favor que recibe. Un corazón que no sabe reconocer favores. Se le puede presentar Cristo en este altar y no entiende nada y no agradece nada y no siente nada. Como usted se puede dar cuenta, esta es una versión bastante humana de los sacramentos. Pues sí, pero es que los sacramentos están para nosotros, los seres humanos. Los santos ángeles no necesitan sacramentos. Ellos se alimentan, ellos comulgan de Cristo en la contemplación de la física. Nosotros, en cambio, recibimos de Cristo a través de la mediación de nuestra propia humanidad, o mejor, a través de la mediación de la humanidad del Verbo en todo semejante a la nuestra. Si se quiere entrar a vivir más la confesión, el problema no es solo de confesarse más, claro que hay que confesarse con regularidad, no regularmente, ni así como regular. Hay que confesarse con regularidad, pero sobre todo hay que aprender a confesarse y aprender a confesarse.

Es lo que nos ofrece el libro de Daniel en este Capítulo Noveno. Aprender a confesarse es aprender a hacer ese reconocimiento sin defensa. es el reconocimiento que busca la total gloria de Dios, que lo podemos resumir en aquellas expresiones del profeta a nosotros. Dice él: No hicimos caso a tus siervos, los profetas, que hablaban en tu nombre, a nuestros reyes, a nuestros príncipes y padres. Y luego dice a nosotros: A nos abruma la vergüenza a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti. No obedecimos al Señor nuestro Dios. Yo no sé qué sucede con esta versión, pero bueno, el hecho es aquello que escuchábamos a nosotros la vergüenza y a ti el perdón y la misericordia. Hacer la prueba de dejar de defenderse, dejar de defenderse y ponerse así simplemente en manos de Dios. Cuando se ha hecho así, este género de ejercicios de confesión. Cuando llega el sacramento de la confesión hay una vivencia profunda. La palabra obra muy profundamente en nuestro corazón. Un corazón que sabe dar las gracias hasta por el más pequeño favor.

Cuando llega el regalo excelso de Cristo, estalla en agradecimiento, en júbilo y en alabanza. Un corazón que no sabe agradecer le pueden presentar el universo entero y dice: Déjenlo por ahí ya, ya, ahorita lo desempaco. Un corazón que nunca pide perdón, que no se arrepiente de nada. Porque yo sé, yo hago las cosas y yo soy el que sé. Y yo me doy cuenta de qué es lo que hago y yo no me le voy a humillar a nadie, mucho menos aquí, esta parranda no me va a humillar a nadie, no les voy a dar el gusto. Un corazón de esos puede estar disfrazado de lo que sea. Vaya confiésese que igual va a salir. Va a salir igual. Hay que aprender, primero hay que hacer la escuela de la confesión, la escuela de decir a nosotros la vergüenza, a ti, Señor, el perdón y la misericordia. Corrígenos, Señor, corrígenos, vuélvenos hacia ti en mi corazón que ha hecho ese ejercicio. Cuando se acerca al sacramento de la confesión, le entiende el lenguaje a Dios.

Puedo resumir lo que he querido compartir con ustedes en estas palabras. Los sacramentos tienen un mensaje, y ese mensaje se dice en un determinado lenguaje. Si no hemos aprendido el lenguaje, no entendemos el mensaje y el lenguaje de los sacramentos. Son realidades muy cercanas, muy tangibles, naturales, cotidianas. Si las hemos aprendido, si conocemos ese lenguaje, entenderemos cuando Dios nos hable. Si no entendemos ese lenguaje, sería lo mismo que una hermosa predicación hecha en croata, o hecha en rumano o en grecoromano, ¿De qué nos sirve una palabra por allá? Alcanzaremos a entender y no más. El asunto no es multiplicar los sacramentos, no es celebrar más y más y más sacramentos. No es la multiplicación de las misas, ni es la multiplicación de las confesiones. No, sino es la comprensión más profunda del lenguaje, el acoger más profundamente la palabra y el dejar que esa palabra escriba en nosotros su mensaje en su lenguaje.

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