Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Pecado, perdón, contrición, misericordia y compasión.

Homilía k021001a, predicada en 19960304, con 9 min. y 9 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

Las lecturas que Nuestra Madre la Iglesia nos ofrece en este día de Cuaresma. Nos hablan de pecado y de misericordia. Es vivo el dolor sensible, la contrición en la confesión de los pecados que hace Daniel. Pero parece que hay un paralelo entre esta conciencia del dolor por el pecado, que anticipa de alguna manera la conciencia de la alegría por el perdón. Pecado y perdón, contrición y misericordia forman una pareja tan estrechamente unida que si se pierde la conciencia del pecado, se pierde también el rastro de la misericordia. Y si no reconocemos nuestras culpas, tampoco reconoceremos a aquel que las perdona. Este pensamiento lo expresa de varios modos, con mucha claridad y mucha unción, el Papa Juan Pablo en su obra del umbral de la esperanza. Porque es oportuno recordarla hoy nuestro mundo pierde paulatinamente, al parecer, la conciencia del pecado, y por esa misma razón pierde paulatinamente el sentido de la gracia.

Y puesto que nuestra fe y nuestra religión son esencialmente una fe y una religión de la salvación de Dios que actúa, de Dios que salva. Perder la conciencia de Dios y la de la gracia significa entonces la pérdida de la presencia de Dios y de la acción de Dios en nuestras vidas. Pero hay esta diferencia cuando nosotros acusamos las faltas en otras personas. Casi siempre el resultado es un pecado más. Es decir, nuestras acusaciones se convierten a menudo en fuente de otros pecados, porque son acusaciones hechas quizá desde la soberbia, hechas quizá desde la venganza, hechas quizás desde la propia comodidad o el egoísmo. Como ninguna de estas tristes realidades están en Dios, como en él no hay egoísmo, sino caridad, como en él no hay soberbia, sino la suave humildad de su Espíritu. Como en él no hay comodidad, sino fuego de amor.

La acusación que Dios hace de nuestras culpas es al mismo tiempo dulce y amarga. Es al mismo tiempo tristeza y alegría. De esa acusación divina nos habla el apóstol San Pablo en la segunda Carta a los Corintios, cuando él mismo, el apóstol, fue instrumento de denuncia ante los pecados que cometía la comunidad de Corinto, y ellos lloraban sus culpas, pero era un llanto que no destruye. Es un llanto que no aflige, es un llanto que no desespera, sino es un llanto que más bien dispone para la gracia, para la redención, para la alegría y la Pascua. La mejor imagen de esta obra de Dios, que es al mismo tiempo tristeza y alegría. Ese agridulce de la conversión y de la contrición, es la mejor imagen la puede tener el cristiano en la medida en que él también se convierte en instrumento de perdón para otras personas. Dicho de otro modo, si la persona no tiene misericordia para con el otro, se queda solo con la parte agria y por consiguiente no puede entender la dulzura de la propia conversión que Dios le ofrece. Por esto nos ha dicho nuestro Señor y Salvador: ser misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. Y también nos ha dicho: La medida que uséis, la usarán con vosotros. Porque el que no utiliza esta medida de amor y de compasión con el otro, se queda solo con el lenguaje ácido, con el lenguaje amargo del reproche. Y desde ese lenguaje cargado de soberbia, de egoísmo, de comodidad, no va a poder entender tampoco la obra que Dios quiere hacer en él.

Recordamos hoy junto al altar a nuestro hermano Fray Enrique Higueras. Un hombre que tiene mucho que ver con estas lecturas que hemos escuchado. Hombre, consciente de las alturas a las que Dios puede llamar los corazones, que fue orientando su propia vocación al golpe de la gracia, a impulsos del amor, y que supo entonces que había en él como sacerdote y como predicador, la doble misión de despertar la conciencia del pecado en las personas, pero al mismo tiempo de despertar la conciencia de la gracia. Quizá por esa doble conciencia tuvo él esa especialísima, ese especialísimo don de Dios para la confesión y para la dirección espiritual. Porque, efectivamente, ¿Qué es la dirección espiritual dentro de la Orden de predicadores? sino una especie de predicación. Precisamente una pequeña, grande, una pequeña y grande predicación para una historia concreta de salvación.

Y él, como predicador y como director espiritual, tenía que ser ese profeta grande y sencillo a la vez que pudiera recordar las dimensiones del pecado y que pudiera sacar a luz aquellas cosas que interrumpen la obra de la gracia, pero no para desesperar, no para afligir, sino para abrir la conciencia a la obra que Dios hace en cada corazón y para que precisamente cada historia pudiera ser enteramente una historia de Pascua. A mí me da la impresión quiero y necesito conocer mucho más del Padre Higuera, pero a mí me da la impresión de que la vida del Padre Higuera fue como una inmensa Cuaresma. Su continuo recogimiento, su actitud penitencial, su silencio conocido y reconocido. La profundidad de su predicación, que era como una continua llamada a la conversión y hacia la santidad, nos hacen ver en él como una especie de Cuaresma. Su vida entera fue como esa Cuaresma que ha percibido que ha gustado algo de la obra de Dios y que quiere que sus hermanos en la fe que somos nosotros, también alcancemos esa misma dulcedumbre y también caminemos hacia esa misma patria. Por eso está muy bien lo que hemos dicho al principio de esta celebración eucarística. Nos alegramos de recordar y de celebrar en la Pascua de Cristo la Pascua de nuestro hermano el Padre Higueras, porque después de muchos años de Cuaresma, después de setenta años de Cuaresma, le visitó Dios y aquel que le había anunciado la gloria y el paraíso en la presencia de María, que es como una Pascua anticipada en la Iglesia. Y de ahí quizá el amor intensísimo del Padre Higuera a Nuestra Señora, aquel que lo había anticipado.

La Pascua en el consuelo, en la presencia en el consejo de María Santísima. Finalmente se la otorgó un día como hoy, hace veinte años. Demos gracias a Dios por la conciencia viva que trae en nosotros del pecado y de la gracia. Porque de hecho, la misma celebración eucarística, como la celebra la Iglesia, como la tiene la Iglesia, es así, empieza siempre por ese reconocimiento de los pecados. No para hundirnos en ellos, sino para luego gozarnos en la presencia del que más nos ha amado. ¡Bendito sea su nombre! Y al continuar esta celebración, acreciente él la obra de su gracia en nuestras vidas y en nuestra congregación. Así sea.

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM