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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La Cuaresma es el tiempo en el que somos llamados a conquistar con la gracia de Dios la verdad sobre nosotros y la mejor versión de nuestro corazón.
Homilía k013015a, predicada en 20190313, con 5 min. y 31 seg. 
Transcripción:
Guiados por las lecturas de hoy, vamos a tener una breve catequesis sobre la conversión. Conversión es palabra fundamental en la Cuaresma y es palabra de la que el mundo, creo que no quiere oír demasiado. Porque la conversión implica reconocer que uno estaba equivocado, que uno hizo cosas mal y que, por consiguiente, es necesario el arrepentimiento, es necesaria la reparación de lo que uno ha dañado. Esta clase de sentimientos, aunque son profundamente saludables para nuestro corazón, son muy duros para nuestro ego, son duros para nuestra soberbia, son duros para la imagen que queremos tener de nosotros mismos. Por eso, porque la palabra conversión ofende a nuestra soberbia y ofende a nuestra vanidad, es una palabra de la que a veces no queremos oír.
Pero, es una palabra que verdaderamente es salud para el alma y la puedes mirar de esta manera, buscar la conversión en realidad es darse una nueva oportunidad, es darse cuenta que uno no ha alcanzado, de hecho, está lejos de la mejor versión de uno mismo. Descubrir la conversión, es descubrir el camino que te falta por delante, y eso es un acto de amor hacia ti mismo, porque si niegas el camino que te queda por delante, estás negándote a la mejor oportunidad de crecer. Así que la Cuaresma es tiempo bendito en el que somos llamados a conquistar con la fuerza, con la luz, con la gracia de Dios, conquistar esos picos elevados donde está la verdad sobre nosotros y la mejor versión de nuestro propio corazón, esa es la conversión.
Pero hay elementos importantes que nos enseñan las lecturas de hoy, tomadas del profeta Jonás y del Evangelio según San Lucas, en el capítulo 11. Primero, la conversión es la respuesta que nosotros damos a los signos de Dios. Nos dice Jesucristo que el profeta Jonás fue un signo de Dios en una ciudad espantosamente cruel y marcada del todo por el paganismo, la ciudad de Nínive, capital del Imperio asirio, uno de los imperios más crueles, más espantosamente crueles de la antigüedad. Pues en ese mundo de crueldad y de idolatría, Jonás fue un signo de Dios, un signo que fue acogido por los ninivitas.
Entonces, aplicándolo a nuestro propio caso, cada uno tiene que preguntarse: ¿cuáles son las señales que Dios me está dando, por las cuales me está invitando a la conversión?, ¿qué tipo de señales son éstas? Mira, si has estado en un retiro, en un buen retiro espiritual, seguramente has escuchado testimonios de personas que han cambiado, y habrás escuchado cosas como éstas: -Tuve un accidente, algunos de los que iban en el carro conmigo murieron, por supuesto, yo me pregunté ¿por qué tengo esta segunda oportunidad? Es algo espantoso pasar por un accidente tan grave, pero ese signo llevó a la persona a recapacitar.
En otras ocasiones es una enfermedad muy seria o el sentir que uno ha tocado fondo, que un determinado vicio de tal modo se ha adueñado de las fuerzas y del tiempo de uno, que uno ya se declara impotente frente a ese vicio. Ya se trate de alcohol, sexo, drogas, juego, mentira: -Esto me gana, esto es más fuerte que yo. En el momento en el que tú sientes eso y empiezas a sentir repulsión, asco, incluso angustia de la prisión en la que te encuentras, seguramente ahí está la voz del Señor. Seguramente ahí están los signos de Dios diciéndote: - Tiempo para cambiar, esto no puede seguir así. Tu vida puede ser, debe ser otra cosa. El Señor nos está dando signos.
Entonces, una de las tareas hermosas en la Cuaresma es aumentar nuestros oídos, tener oídos de radar para estar buscando dónde me está hablando Dios y cómo me está hablando Dios. Muchas veces a través de una predicación, yo mismo he conocido personas que me han dicho: -A través de una predicación suya, a través de un video que vi de un sacerdote que vi, de un predicador, y eso tocó mi corazón, a través de un programa de radio, a través de una valla por la carretera, a través del llanto de uno de mis hijos, a través de una lectura que encontré al azar en la Biblia, como le pasó a San Agustín. Dios nos está enviando signos y Jesús nos pide una cosa, que no seamos caprichosos, que no nos volvamos como niños malcriados que siempre quieren otro poco de helado. Si Dios ya te ha regalado esos signos, no hagas esperar más. Este es el tiempo, nos dice el apóstol San Pablo, desde el Miércoles de Ceniza, «este es el tiempo propicio, este es el día de salvación».

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