Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El llamado de Jonás puede ser leído como una instancia del camino que Dios recorrió con su pueblo para que no viera su elección como privilegio sino como obra de gracia que le llama a servir, especialmente atrayendo hacia Dios a los que parecen más alejados y ya perdidos.

Homilía k013013a, predicada en 20170308, con 24 min. y 35 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, estos días en las lecturas del comedor hemos venido escuchando de la Exhortación Apostólica «Pastores Dabo Vobis», del Papa Juan Pablo II. Y hay dos palabras que aparecen una y otra vez a lo largo de esas páginas: la palabra elección y la palabra misión. Somos elegidos y al mismo tiempo somos enviados. Cuando uno lee o cuando uno escucha un documento como este del Papa, las cosas están tan bien tejidas, el tema se desarrolla de una manera tan natural que, quizás uno puede no darse cuenta de la tensión que hay entre esas mismas palabras.

Pero si vamos a las páginas de la Biblia, sobre todo el Antiguo Testamento, nos damos cuenta que ciertamente hubo una gran dificultad en descubrir que el pueblo elegido era el pueblo enviado y que el pueblo llamado por Dios, y en ese sentido un pueblo preferido, había sido preferido para servir la salvación a todas las naciones. Dicho de otra manera, esas dos palabras, elección y misión, tienen una especie de tensión entre ellas que se nota en el camino del pueblo de Israel. Efectivamente, ellos se sintieron elegidos porque se sintieron escogidos, protegidos por Dios, salvados, guiados, rescatados, objeto de su benevolencia, de su ternura, de su cariño.

Nada más en el libro del Deuteronomio, encontramos una cantidad de expresiones que van en esa dirección: «¿Cuál de todas las naciones tiene leyes tan justas como las que Dios les ha dado a ustedes? ¿Cuál de todas las naciones tiene un Dios tan cercano siempre que le invocamos?» Es decir, el pueblo de Israel se sintió mimado o como dicen en algunos países, creo que también aquí se utiliza, engreído. Eso, se utiliza mimado, engreído, consentido por Dios y esa expresión de amor es verdad. Es verdad que Dios nos eligió, es verdad que Dios nos amó, todo eso es cierto.

Pero, el mismo libro del Deuteronomio advierte: «Si Dios los eligió a ustedes, no es porque fueran el pueblo más numeroso, sino fue por su pura misericordia y por mantener la promesa que hizo a sus padres». El mismo libro del Deuteronomio, que habla con tanto entusiasmo de la elección, le advierte al pueblo: no es por nada bueno tuyo, es únicamente porque Dios es así, generoso, y porque Dios cumple sus promesas. Expresión en la cual podemos reconocer dos atributos divinos que quizás son los que más se destacan en el Antiguo Testamento: Dios es fiel y Dios es compasivo. O como dice aquel Salmo: Su misericordia, ahí está la compasión, es eterna, ahí está la fidelidad. Entonces esa fidelidad eterna, esa compasión indeficiente, son las que hacen posible que el pueblo de Dios haya sido elegido, en un lenguaje un poquito más cercano a la teología, podríamos decir, es pura gracia, ha sido solamente por gracia.

Pero el pueblo de todas maneras, por gracia y todo, pero el pueblo se siente elegido y existe el peligro al sentirse elegido de sentirse exclusivo. Y existe el peligro al sentirse elegido, de sentir que los demás, como no han sido los escogidos, pues los demás que se hundan. Los demás son los perdedores, porque nosotros somos los ganadores. Y esa mentalidad, que es la mentalidad de la secta, esa mentalidad que es la mentalidad de la vanidad y de la soberbia, se entró mucho al pueblo de Dios, se les metió mucho esa sensación de que ellos, como eran los elegidos, ellos siempre iban a estar a salvo, mientras que los demás pueblos, como son pueblos corruptos, pueblos degenerados, pueblos idólatras, pues están destinados simplemente a la condenación.

Bueno, pero Dios no podía dejar que, una realidad tan hermosa como es la elección, naufragara simplemente por la vanidad y por el orgullo de sus elegidos. Entonces Dios empezó a aplicar una serie de pedagogías, una serie de providencias para sacar al pueblo de la vanidad de que: -nosotros somos los elegidos y a nosotros nada malo nos puede pasar. Básicamente, ¿qué fue lo que hizo Dios para sacarlos de ese engaño?, el engaño de la vanidad por ser elegidos. Bueno, Dios utilizó dos cosas.

Primero, utilizó la denuncia de los pecados del pueblo. Así podemos escuchar, por ejemplo, a Jeremías, que le dice al pueblo: «Ustedes no piensen que, por tener el templo del Señor, el templo del Señor, ustedes no crean que con eso tienen ya todo resuelto. No se imaginen que eso es así». Entonces viene la denuncia del pecado. Ezequiel utiliza un lenguaje que es casi difícil de pronunciar en una iglesia, es un lenguaje tan agresivo, es un lenguaje tan rudo cuando compara a los dos reinos, el reino del norte, Israel, el reino del sur, Judá, cuando los compara con dos hermanas. Y lo más suave y lo más publicable que les dice Ezequiel es: «Y las dos hermanas se prostituyeron, se prostituyeron» y empieza a tratar como un par de prostitutas degeneradas a estos dos pueblos. Y ese fue, incluso podríamos decir, un lenguaje bastante difundido entre los profetas. Recordemos cómo el profeta Isaías habla de las vacas de Basán, y las vacas de Basán, pues no es criticando animales, es criticando a los grandes personajes, las grandes autoridades que habían ese pueblo, lo que se llamaban los jefes y los ancianos y los critica de ese modo.

O sea que Dios a través de los profetas, denunciando los pecados, mostrando, casi diríamos, echando por la cara los pecados del pueblo, intenta derribar ese orgullo, esa soberbia de que nosotros, como somos los elegidos, entonces nosotros somos los buenos. Un ejemplo que me gusta dar es el del comienzo del libro del profeta Amós. Si usted mira el comienzo del libro del profeta Amós, eso casi se puede decir que tiene un sentido del humor, porque lo que hace el profeta Amós es empezar a mostrar las consecuencias del pecado y cómo Dios castiga el pecado. Pero el profeta Amós empieza por las naciones que rodean a Israel, entonces empieza a criticar o empieza a denunciar los pecados de los países vecinos y va dando la vuelta, va dando la vuelta y cuando terminó de dar la vuelta, le repite a Judá lo mismo que ha dicho, la misma fórmula que ha utilizado para los otros pueblos. La fórmula que utiliza es, por ejemplo: «A Moab por tres pecados y por cuatro no lo perdonaré, porque hicieron esto y esto. Voy a castigarlos». Y así por tres pecados y por cuatro, tres y cuatro da siete, que es el número perfecto, que es el número de lo que está completo. Entonces por tres pecados y por cuatro quiere decir: pecaron completamente. Pero esa fórmula que utilizamos para todos los pueblos vecinos, al final se la aplica al propio pueblo y entonces le da la vuelta, le da la vuelta a todos los pueblos y termina diciéndole a los de Judá: «ustedes son tan pecadores», porque utiliza exactamente la misma fórmula: «ustedes son tan pecadores como todos los demás». Ese es un modo, esa es una pedagogía, una providencia de Dios para bajarle el orgullo a estos que se creían gran cosa porque habían sido elegidos, es decir, se les había olvidado que habían sido elegidos solamente por gracia. Bueno, ese fue un recurso.

El otro recurso que utilizó Dios en su infinita sabiduría es el que vemos brillar en la primera lectura de hoy. ¿En qué consiste? Consiste en mostrar que el pueblo de Dios ha de ser el servidor de los otros pueblos. Esto lo encontramos también en Isaías, uno de los cánticos del siervo tiene esa expresión: «Es poco que seas mi siervo para que anuncies mi salvación a mi pueblo. Te hago luz de las naciones, para que lleves mi salvación hasta el confín de la Tierra». O sea, le está mostrando al pueblo: -Mira, no se trata solamente de que tú me sirvas a mí. Así como que tú y yo metidos aquí en una especie de casa. Y tú para mí, yo para ti. No, tienes que abrir y tienes que salir. Entonces entra esa idea que los biblistas llaman el universalismo. El universalismo de la llamada: -Mira lo que tú has recibido, lo has recibido para darlo, lo has recibido para entregarlo a otros. Es poco que seas mi siervo. También en Isaías aparecen otras expresiones, por ejemplo, aquello de: «ensancha tu tienda a la derecha y a la izquierda, porque van a venir muchos».

En el libro de la consolación, el libro de la consolación de Isaías, que es el nombre que se suele dar a los capítulos del 40 al 55 de Isaías, aparecen varias expresiones de ese universalismo. Entonces, por ejemplo, como el libro de la consolación se ubica en el retorno del destierro desde Babilonia, entonces, por ejemplo, les dice que vendrán todas las naciones, vendrán todas las naciones y traerán ofrendas para el Rey del Cielo. Son lecturas que aparecen, por ejemplo, en la solemnidad de la Epifanía. Todas las naciones, mi salvación es para todos. Entonces viene el tema de la misión, hay que llevar el mensaje de salvación a otros y mi casa será casa de oración para todos los pueblos, ese es el mensaje del universalismo.

En ese mismo lenguaje tenemos la lectura aquí de Jonás. Un pueblo temido, pero a la vez detestado y con razón, era el pueblo de Asiria capital, Nínive. Los asirios eran particularmente crueles, el sadismo se había convertido en una norma de comportamiento para los asirios y en especial para los ninivitas. Ellos habían llevado a su máximo refinamiento las torturas y se gozaban en torturar a los jefes de los distintos pueblos. Pueblo que no se le sometiera, lo doblegaban por la fuerza y luego torturaban de maneras espantosas, que no es necesario recordar aquí, a esos pueblos conquistados. Entonces, cuando Jonás siente pereza de ir a predicar a Nínive, eso no es solamente porque le diera pereza agarrar sus maletas o moverse, es porque siente una resistencia interior, es que estos son los enemigos, estos son los que no merecen misericordia, estos son los que no merecen sino castigo. Estos son los que merecen únicamente destrucción, es lo único que ellos merecen. Y Jonás no quiere ir, no quiere ir allá a Nínive, no quiere porque tiene esa resistencia.

A mí me hace recordar el caso de Ananías en el capítulo noveno del libro de los Hechos de los Apóstoles, recuerdan ustedes cuando Dios le dice Ananías: -Vaya, vaya a la casa de no sé quién para que bautice a Saulo. Y Ananías siente pereza, pero ¿qué iba a bautizar a ese, si ese es un enemigo y viene para destruirnos? Pero Dios envía, envía Ananías a que bautice a Saulo y envía a Jonás a que predique a Nínive, ¿por qué? Porque la salvación es absolutamente gratuita, como tú fuiste escogido por pura gracia, ahora por pura gracia, es decir, por un amor no merecido, Yo te estoy enviando para que vayas a Nínive. Entonces esa es la parte del universalismo.

Resumen, el resumen es que Dios nos elige, pero nos elige por puro amor y por pura gracia. Y el tema es que a uno se le olvida el tema de la gracia, a uno se le olvida y uno empieza a convertir en posesión propia lo que Dios le dio como puro regalo y lo que Dios dio como regalo, no para honrarnos a nosotros, aunque ciertamente que nos eleva y nos expresa su amor, sino para que nosotros nos pongamos al servicio de los demás. Entonces ahí está la elección y ahí está también la misión y la dificultad de pasar de la elección a la misión.

Ahora, hagamos una pequeña aplicación a nuestro caso, ¿qué es lo primero que se dice cuando uno va a entrar en la vida del seminario o en la comunidad religiosa? Desde el día número uno, desde la promoción vocacional, ¿de qué nos hablan? Elección, el Señor te ha llamado, el Señor te ha escogido. Este es un lenguaje muy común en la promoción vocacional. Y entonces, quizás uno, especialmente uno como sacerdote, empieza a recibir ese lenguaje. Y como nosotros estamos hechos del mismo barro que los israelitas, entonces a uno se le va metiendo, tal vez, una cierta vanidad, y entonces uno empieza a ser muy consciente, pero muy consciente de su dignidad: -Qué dignidad tan alta la que yo tengo. Pero no tenemos igual conciencia de que esa dignidad la hemos recibido en primer lugar como puro regalo y, en segundo lugar, para servir, para servir y especialmente para servir a los enemigos de Dios, especialmente para eso, para buscar a la oveja rebelde, para buscar al ninivita, para buscar al Pablo que está enceguecido, confundido, pero que promete ser un gran servidor por la misma misericordia que me salvó a mí.

Entonces, yo creo que esta lectura nos viene en un tiempo muy apropiado dentro de la Cuaresma, nos vienen un tiempo muy apropiado a nosotros particularmente sacerdotes, nos vienen un tiempo muy apropiado, porque ¿sabe una cosa?, las mismas medicinas que Dios aplicó con el pueblo son las mismas medicinas que tiene que aplicar con nosotros, es decir, el remedio cuál es para que uno salga de ese orgullo. Ese orgullo, ¿cómo se llama en el caso de nosotros los sacerdotes?, se llama clericalismo. El Papa Francisco sí que ha hecho muy buenas denuncias de todo ese orgullo de los elegidos. Se llama clericalismo, se llama carrierismo: -Voy haciendo mi carrera y voy subiendo, subiendo, esto no tiene bajada, esto no tiene bajada. Y un canto carismático que dice así: subiendo, subiendo, subiendo y no bajando, dice un canto carismático. Y entonces, a veces uno es sacerdote, está en esas, no subiendo: -Subiendo de esta parroquia, salto a esta y de aquí a esto, y de aquí subo y trepo. Y luego más adelante, hasta que finalmente llegué a ser papa, o sino mini papa, algo tendré que ser.

Entonces el Papa Francisco ha hecho verdadera labor de profeta en eso, en denunciar esos defectos que son muy propios nuestros. Entonces, a uno se le entra la dignidad, uno va entrando en una lógica principesca, uno va entrando en el elitismo, uno va entrando en el fariseísmo. Si lo miras bien, todas esas denuncias del Papa, rigorismo, fariseísmo, clericalismo, todas esas son denuncias de este espíritu, de este espíritu, ¿cuál? De ese espíritu perverso que hace que uno se quede solo con la elección, pero se le olvide que hemos sido elegidos solamente por gracia y solamente para amar y para servir, solamente para eso. Entonces, por eso el Papa Francisco está en esa campaña, está en esa cruzada de que a nosotros se nos bajen los humos y que tenemos que aprender a reconocer que somos pecadores.

Pero mire, más allá de la labor del Papa Francisco, fíjese que Dios está haciéndonos lo mismo a nosotros los sacerdotes hoy. Fíjese cuántas humillaciones ha tenido que pasar la Santa Iglesia en estos últimos años, especialmente ¿por qué? Por las incoherencias de nosotros, los sacerdotes, de nosotros. Problemas de platas pérdidas de malas inversiones, abusos sexuales, escándalos, dobles vidas. Y ahí están listas las fieras, como en el coliseo romano, están listas y lo que quieren es carne fresca: -Ah, otro escándalo de otro sacerdote, bien, bien, me viene bien. Y eso lo sacan en los periódicos y lo sacan en los noticieros. Y todos los ateos y masones y enemigos de la fe están ahí, listos, listos.

Qué cosa tan dura la que acabamos de vivir, por ejemplo, en mi país, con el escándalo de un sacerdote con unos problemas de abuso. Y entonces, claro, aparecen esas aves perversas que son los abogados corruptos, no todos son corruptos, pero hay muchos que ya han aprendido en dónde están las fuentes del dinero. Y entonces fíjese ese caso tan triste, que esto es vergonzoso decirlo, un sacerdote con unos problemas de abuso espantosos, ya fue retirado del ministerio, expulsado del estado clerical, ya fue juzgado penalmente, en mi país, fue condenado a cárcel como por treinta años, el sacerdote.

Bueno, pero ahí aparecen entonces los abogados listos, aparecen los abogados a decirle a la familia: -Denuncia a la arquidiócesis de ese sacerdote. Quieren a toda costa quebrar a la arquidiócesis, quieren quebrarla como sea, estamos hablando de una cifra de millones de dólares. De esa cifra estamos hablando, porque tenemos que acabar a la Iglesia. Y cuando sale el arzobispo a explicar lo que ya se ha hecho con el sacerdote, cómo se le dio paso a la justicia, cómo se ha hecho lo que se ha podido, de inmediato los enemigos de la Iglesia, es que no se sacian, son lobos envenenados, de una vez caen. Dice, por ejemplo, uno de estos autores, un periodista que se caracteriza por dispararle a la Iglesia, pero con una saña, con un odio, entonces dice: ¿cómo será todo lo que le gusta la moral a la Iglesia? A la Iglesia le gusta tanto la moral que tiene doble moral. Y a criticar y a caer.

Eso, por supuesto. Eso, por supuesto, es una injusticia. Eso, por supuesto, es bellaquería. Eso es, eso es ser muy canalla, lo que están haciendo con la Iglesia en mi país. Y esto no es la primera vez que sucede, pero bueno, ellos tendrán que dar cuentas ante Dios. Y mientras tanto, pues la Iglesia en Colombia trata de buscar las vías legales para que no logren su objetivo, porque es que estos quieren es acabar con la Iglesia. El dinero que había para seminaristas, para misiones, para ancianos, todo, todo. Acabar con todo, lo que quieren es quebrar y destruir. Ustedes no se imaginan el odio de esta gente. Bueno, entonces por el lado legal, la Iglesia está haciendo todo lo que puede, pero al mismo tiempo, tomemos la enseñanza, tomemos la enseñanza y ¿cuál es la enseñanza? Es que esto nos humilla, esto nos humilla. Ve, lo mismo que pasó en la Biblia, los pecados nos humillan.

Entonces tomemos la enseñanza y humillémonos a ver, que se oigan, ahora sí los golpes de pecho. Que ahora último en misa no se oyen los golpes de pecho. Tan bonito que era antes, que sí se oían los golpes de pecho, ahora no, ahora toda la gente, claro, está mal del tórax, lo que sea. En todo caso, este es el tiempo para arrepentirse y en un retiro uno tiene que arrepentirse. Uno tiene que saber el daño salvaje, el daño brutal que le estamos haciendo a la Iglesia con nuestra pereza, con nuestra incoherencia, con nuestra mediocridad y, sobre todo, con los escándalos. Porque no van a perdonar, la tradición, que son países de larga tradición católica. Ay, ¡Dios mío! Uno tras otro, se van despertando estas, estas aves insaciables a comer, a comer y a destruir.

Entonces, ¿qué está haciendo Dios con nosotros? Nos está purificando. En este momento, Dios está haciendo una purificación, yo me atrevo a decir a nivel mundial, porque las vergüenzas que hemos pasado los sacerdotes son muy grandes, a nivel mundial. Tenemos que vivir esto con espíritu de conversión. Cada uno revísese, cada uno diga verdad, ¿yo qué tengo que mejorar en mi vida? Y segundo, ¿qué es la otra cosa que hizo Dios? Recordarles que tienen que salir a servir, que todo lo que han recibido es para entregarlo.

Y en ese sentido, yo pienso que también el Papa Francisco nos ha hecho mucho bien, porque resulta que nos habla con mucha frecuencia, nos habla: -Bueno, y de los olvidados ¿qué? Y de las periferias ¿qué? Y de los que no se sabe y no cuentan ¿qué? Y de los discapacitados ¿qué? Y de los inmigrantes o refugiados que no tienen más donde ir, aunque eso está muy revuelto, yo sé, pero hay unos que sí necesitan de verdad, ¿qué estamos haciendo con esos? Entonces escuchemos la voz del Papa en ese doble lenguaje de arrepintámonos y en el lenguaje de busquemos dónde, ¿cuál es mi Nínive?, ¿a dónde tengo yo que ir? Escuchemos la voz del Papa en eso.

Pero incluso, más allá de la voz del Papa, escuchemos la voz del Espíritu Santo que nos está diciendo: Si te elegí, si te elegí, no fue por tu bonita cara. Si te elegí es porque te amé, y si te amé y te elegí es para que conmigo, con mi fuerza, con mi unción fueras y me ayudaras en la labor. Para eso hemos sido elegidos. Que el Señor haga su obra en nosotros. Hermanos míos, quedan todavía unas buenas horas de retiro, aprovechemos al máximo este tiempo en la oración personal y que salgamos renovados de estos días de gracia. Amén.

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