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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

¿En qué supera exactamente Cristo a Salomón, y en qué va más allá de Jonás?

Homilía k013009a, predicada en 20140312, con 5 min. y 33 seg.

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Transcripción:

El pasaje del Evangelio de hoy, tomado del capítulo 11 de San Lucas, nos presenta una afirmación que puede parecer extraña. Sabemos que Jesús es el que es manso y humilde de corazón, pero este humilde Cristo dice, aquí, refiriéndose a sí mismo: «Aquí hay uno que es más que Salomón». Y dice también: «Aquí hay uno que es más que Jonás».

Recordemos que la obra de Salomón fue realmente espectacular y creo que no hay un adjetivo menor que ese. En su tiempo, el reino de Israel y de Judá alcanzó su máximo esplendor. Y recordemos que la obra del profeta Jonás fue realmente colosal. La ciudad más grande del mundo en aquella época: Nínive, la ciudad del gran imperio, la ciudad pagana, se sometió a la palabra de Jonás. De manera que, cuando Jonás predicó, esa ciudad que estaba distante de Dios, se postró pidiendo arrepentimiento, y eso no es lograr poco cuando se trata de ser un profeta. Pero Jesús dice: «Aquí hay uno que es más que Salomón. Aquí hay uno que es más que Jonás».

Buena ocasión para que nos preguntemos: ¿en qué sentido es Cristo mayor que Salomón y mayor que Jonás? Sabiendo que, no hay sabiduría como la de Salomón, según dice la Escritura, puede parecer difícil esa comparación. Pero luego nos damos cuenta de algo, y es que la sabiduría de Salomón, aún siendo tan grande, se refiere solamente a las cosas de esta tierra. De hecho, en la relación entre el pueblo y Dios, Salomón falló, y hay que decirlo abiertamente, falló miserablemente, porque en la búsqueda de un gobierno de perfecta armonía y de excelentes relaciones con los demás pueblos, Salomón optó por una técnica que resultó simplemente desastrosa: él empezó a sellar alianzas matrimoniales con mujeres de distintos pueblos vecinos. Es decir, utilizó lo que era la política de aquel tiempo, a través de esos matrimonios se podía lograr que los otros pueblos estuvieran en buenos términos con el pueblo de Dios. Pero, esa multiplicación de matrimonios y esa gran cantidad de esposas que llegaron a Jerusalén, fue también la multiplicación de la idolatría. Entonces Salomón puede ser un gran y fue un gran rey en muchos sentidos, pero en lo que tiene que ver con la sabiduría que trasciende las cosas de esta tierra, en lo que tiene que ver directamente con nuestra fidelidad al Dios del cielo, Salomón se quedó corto.

Y si pensamos en Jonás, hay otro punto que es interesante. La ciudad de Nínive, la ciudad pagana, es también la ciudad llena de crueldad y de injusticia. Y si recordamos el pasaje de la predicación de Jonás en Nínive, recordamos también cómo los ninivitas se arrepienten de sus pecados y dejan de obrar el mal. Pero hay una frase muy importante en el profeta Isaías, una frase que ya la hemos escuchado en esta Cuaresma: «Dejad de obrar el mal y aprended a obrar el bien». Los ninivitas, impactados por la predicación de Jonás, dejaron de obrar el mal. Pero, podemos decir que aprendieron a obrar el bien, sobre todo ese bien supremo, ese bien que está sintetizado precisamente en el primer mandamiento de la ley de Dios: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, no tendrás otros dioses delante de mí. Hasta allá no llegaron los ninivitas. Cesó la injusticia, cesó la crueldad, cesó la opresión, pero volverse a Dios en adoración, reconocerle como el único Dios, y, por consiguiente, desechar los ídolos, eso fue algo que no hicieron los ninivitas. Eso fue algo que no consiguió la predicación de Jonás.

De manera que, aunque Salomón es grande porque logró ese reino espectacular, falló en esa relación profunda y última con el Dios del cielo. Y aunque Jonás logró algo grande, falló en eso, no alcanzó a llegar a ese punto del reconocimiento de Dios como único Dios y Señor, más allá de todos los ídolos. Estas son las realidades, esto que falló o que faltó en Jonás y en Salomón, eso es lo que nos viene a dar precisamente Cristo, nos viene a dar una sabiduría que no consiste ni única ni principalmente en tener grandes éxitos en esta tierra, sino sobre todo a tener el éxito que dura para toda la eternidad. El acierto para reconocer al Dios vivo y la fuerza, fuerza que no podía tener Jonás para expulsar toda idolatría y para darle pleno honor y gloria al Padre que está en los cielos.

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