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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Nuestra obstinación en pedir signos nos hace ciegos frente a tantas señales que Dios YA nos ha dado.
Homilía k013008a, predicada en 20130220, con 4 min. y 23 seg. 
Transcripción:
El texto del Evangelio de hoy nos habla sobre los signos, concretamente, nos habla de una especie de presión a la que se quiso someter a Cristo. La gente le pedía que hiciera signos, cosa que parece casi chistosa, porque si hay alguien que dio muchísimos signos es Cristo. Varios pasajes del Evangelio cuentan de sus milagros y no ciertamente unos pocos. Hay expresiones como éstas: «la gente se apretujaba alrededor de él. Querían tocarlo. Se le echaban encima. De él salía una fuerza que los curaba a todos. La gente quería tocar, aunque fuera el borde de su manto». Es decir, si hay alguien que ha dado muchísimos signos, es Cristo, pero le pedían más signos. ¿A qué suena eso?, ¿qué es esa clase de capricho que tiene el ser humano, que está siempre como reclamando otra prueba más? -Es que quiero estar más seguro, es que quiero que las cosas sean a mi manera, es que quiero que Dios haga lo que yo quiero. Es que quiero saber si yo puedo controlar a Dios, es que quiero poner las condiciones, quiero ser yo quien determina qué es lo verdadero y qué es lo falso.
Todas esas expresiones y todo ese lenguaje, lamentablemente no se queda en el siglo primero. También nosotros muchas veces le ponemos esa clase de condiciones a Dios y hay personas que parece que sometieran a Dios a una especie de amenaza: -Si no me curas a mi hijo, porque mi hijo no se debía enfermar, pero bueno, ya que se enfermó, si no lo curas, dejo de creer en ti. Y hay gente que se aparta de la iglesia por eso. -Si no me das un párroco santo, un hombre que sea verdaderamente un testigo del amor de Dios y un testigo del poder de Dios y un testigo de la santidad de Dios, si no me das un sacerdote así, no vuelvo a creer en la Iglesia.
Son condiciones que nosotros le ponemos a Dios. Otros le ponen otro tipo de condición y entonces dicen: -Bueno, si tú me vas a dar, si tú me vas a poner a que yo crea algo, primero lo tengo que entender y lo que yo no entienda, no lo creo. Entonces, ¿que está Dios presente, verdadera y realmente presente en la Eucaristía? Pues no, no lo entiendo, no lo veo, no me cabe en la cabeza. Luego, ahí está que no voy a recibir eso. Eso también es ponerle condiciones a Dios: -Si no entras a mi vida vestido como yo quiero que llegues, entonces no te recibo. Si no haces lo que yo creo que tendrías que hacer, entonces no te recibo.
Es como una especie de chantaje que le queremos hacer a Dios, y Dios no se deja chantajear, y eso es lo que nos dice Cristo en el Evangelio: ustedes están reclamando signos y signos y ustedes quieren condicionar a Dios, y ustedes quieren un Dios a su medida. Pues, ¿saben qué? No va a ser. Así, no va a ser, no va a suceder así, ese no es mi modo. Porque en realidad la fe no es que Dios se someta a mis condiciones, es más bien que yo acoja las señales que ya me ha dado, que yo reciba esas señales que Él me ha dado y que desde esas señales y desde esa convicción, yo le pueda decir: -Me someto a tus condiciones, porque sé que eres bueno, porque sé que eres santo, porque sé que eres poderoso, porque sé que eres sabio. No soy yo quien te pone condiciones a ti, Señor. Eres tú quien marca un camino y es un camino de vida para mí. Que esta sea la Cuaresma en que le quitamos tantas condiciones a Dios y en que aceptamos sus maravillosas condiciones, las del amor.

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