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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Si una máquina del tiempo nos llevara al siglo I, no hay garantía que seríamos del número de los creyentes y fieles discípulos.
Homilía k013007a, predicada en 20120229, con 4 min. y 15 seg. 
Transcripción:
Cuando era niño, recuerdo haberme preguntado varias veces: ¿cómo sería la experiencia de ver a Jesucristo en vivo? Mi imaginación se echaba a volar y me ponía en esa escena, escuchar la maravillosa elocuencia de las palabras del Señor, verle realizar sus maravillosos signos, percibir la autoridad con que doblega todo el poder de las tinieblas hasta extinguir el dominio de Satanás. Gozarse uno en la atmósfera de paz y de mansedumbre, en esa deliciosa ternura y humildad que habita en su corazón. No es difícil encargar a la imaginación historias como éstas. Ustedes seguramente pueden tener otras versiones.
Pero, el pasaje de hoy, tomado del capítulo 11 de San Lucas, nos presenta una escena bastante distinta, porque lo que encontramos es que Jesús está criticando a la gente de su generación y los critica, ¿por qué? No porque sean pecadores, finalmente, pecadores hemos sido en todas las épocas de la historia, no, esa no es la crítica de Jesús. Tampoco porque sean ignorantes, al fin y al cabo, el ser humano necesita ser enseñado. La crítica de Jesús es la falta de fe, incluso después de escuchar tantas palabras, de ver tantos milagros, de reconocer tanto poder sobre las tinieblas. Y por eso, un día me hice esta pregunta: ¿y yo qué garantía tengo de que yo hubiera obrado de un modo distinto, acaso soy mejor que Pedro, o que Mateo, o que Andrés, soy mejor que Juan o que Bartolomé, soy mejor que aquellos que incluso llegaron al extremo de escandalizarse de Cristo? Sí, cuando uno se imagina a sí mismo en tiempos del Señor, uno se imagina del lado de los buenos, uno se imagina lo que significaría creer en él y gozarse por haber encontrado al Mesías y Salvador del mundo. Esa es una versión, pero hay otras.
Y qué tal que la máquina del tiempo me llevara a esa época y allá yo fuera no de los discípulos fieles, sino tal vez de los discípulos cobardes como José de Arimatea o como Nicodemo, que eran discípulos, pero escondidos porque tenían miedo a los demás, a la opinión de los demás. O qué tal que yo hubiera sido discípulo, pero discípulo cobarde, como en realidad fueron los apóstoles que le dieron la espalda en el momento decisivo de la Pasión. Y tiemblo al decirlo, pero qué tal que yo hubiera sido de aquellos escribas, o de aquellos sumos sacerdotes, o de aquellos fariseos que sencillamente vieron en Cristo un estorbo. Por eso prefiero que la máquina del tiempo no me lleve al siglo primero, porque yo creo en Cristo, pero no confío demasiado en lo que yo sería en aquella época. Admitamos más bien que la fe es siempre un regalo, y admitamos más bien que hay que pedir este regalo con gran humildad y cultivarlo con gran caridad.

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