Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El primero que tiene que hacer penitencia es el entendimiento.

Homilía k013005a, predicada en 20000315, con 12 min. y 7 seg.

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Transcripción:

Como son tan duras las palabras de Cristo en un momento de tanta popularidad o rating, como dicen hoy, a uno le puede quedar de la liturgia de la Palabra de hoy, le puede quedar solo ese sabor drástico de denuncia que tienen las palabras de nuestro Señor. Pero, aquí pasa como con la nuez. Si penetramos un poco a través de esa cáscara, lo que encontramos es delicioso, es deleitable. Y se trata de la manera de agradar a Dios. Ya es una cosa admirable que se pueda decir que una vida humana le agrada a Dios. La vida de los justos, la vida de los que son sabios y santos, la vida de los inocentes ya es admirable, cosa que se pueda decir, agrada a Dios. Pero todavía es cosa más admirable que realmente lo impacta a uno en el corazón, que a uno lo conmueve mucho, que se llegue a decir que un pecador, como somos nosotros, puede agradar a Dios y puede encontrar camino para una audiencia con Dios.

Cuando aquel rey del que nos habla el libro de Ester, se sintió burlado por su esposa porque no quiso en cierto momento atenderlo o estar con él, temblando de ira, preguntó a sus consejeros qué había que hacer, ¿cuál era castigo suficiente para esa mujer? Y le dijeron: el castigo es que ella jamás vuelva a tu presencia, que nunca más pueda mirar tu rostro. Yo creo que ese es el castigo que de alguna manera es justo por el pecado, si nuestros pecados son darle la espalda a Dios, ¿cuál es el castigo propio por el pecado?, ¿cuál es la consecuencia natural del pecado?, me diste la espalda, entonces no me veas. Me diste la espalda, has preferido no mirarme, entonces no me veas. Y esta es la fórmula terrible de condenación al infierno: entonces no me veas. Esto fue lo que se le dijo a aquella reina Vasti en el libro de Ester: entonces no me veas. Pero resulta que Dios no tiene ese lenguaje con nosotros, que sería el lenguaje en cierto modo natural y justo a partir de tantas cosas. Realmente lo que dice el Salmo: «Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?»

No es difícil para mí hacer memoria de una cantidad de cosas sucedidas, de hechos, de obras mías que yo digo: -Si Dios las juzgará como nosotros solemos juzgar, si Dios las juzgará atendiendo solamente al desaire, a la majestad de su amor y de su poder, tendría que decirme lo que dijo aquel hombre a la que fue reina, a Vasti: entonces no me veas. Pero ese no es el lenguaje que ha tenido Dios con nosotros, el lenguaje que ha tenido más bien es: -Si quieres verme, mira, hay un camino, te voy a dar audiencia, te voy a atender, quiero escucharte, quiero oírte, quiero que estés en mi presencia. Y esa es la dulzura de la penitencia.

Uno no puede quedarse solo en estos días que tienen esa característica de austeridad. Uno no puede quedarse, por favor, uno no puede quedarse solo en el aspecto rugoso y difícil de la penitencia, que lo tiene, a todos nos cuesta trabajo y los que somos como más frágiles, como más débiles, nos cuesta más trabajo, tal vez por nuestras malas costumbres. Pero hay que hacer penitencia poniendo la mirada, no en la dificultad del ejercicio mismo de la penitencia, sino en eso que está más allá: la consideración frecuente de que Dios se ha dignado por piedad, darme audiencia. Esa consideración lo mueve a uno a ser como más fiel, un poco más fiel en las prácticas de penitencia propias de la Cuaresma.

Y ese es el ejemplo hermoso que nos presenta el rey de Nínive, un rey que ni siquiera nombre tiene, por lo menos yo no veo que aparezca el nombre por ahí, un rey sin nombre, un rey de una inmensa ciudad. Creo que es de los testimonios de la Biblia, uno de los más hermosos de lo que significa hacer penitencia. Renunció por completo a su propia gloria, qué impacto tuvo que haber causado en la corte de aquella inmensa ciudad que el rey es el primero, es el que va delante, se quita su manto, abandona su trono y reemplaza su trono por el piso duro y reemplaza su manto por el sayal y por la ceniza, se viste de suciedad, se viste de iniquidad, y no tiene otro solio sino el piso, la tierra.

Este descenso, en el fondo es, recuperar el contacto con lo que uno es, ¿cuántos mantos se pone uno?, ¿cuántas alturas se pone uno? porque tiene poder, porque tiene inteligencia, porque uno sí sabe cómo son las cosas, porque uno es el que sí conoce cómo es que se hacen las cosas aquí, porque uno es joven, porque uno es fuerte, porque uno es bello. Cada uno de nosotros tiene un manto. Cada uno, no hay bobo, ni feo, ni enano, ni torpe que no tenga su manto, alguna cosa se inventa uno. Yo seré todo lo que ustedes quieran, pero yo también tengo mi manto. Cada uno tiene su manto y uno se arma de su manto y esa es mi realeza. Y, como decía un campesino que le daba tanta gracia a mi papá: -A mí se me respeta. Así somos nosotros. No sabemos ni hablar, no sabemos ni de lo que estamos hablando, pero exigimos trato de reyes. Entonces, ya nos hemos parecido a este rey en tener un manto, pues parezcamos a este rey en dejar el manto, dejar todas esas grandezas, pensar que esa tierra y esa ceniza, tierra sobre la que nos sentamos como este rey, ceniza que nos echamos encima como este rey, eso nos recuerda ya una sepultura, tierra a sus pies y tierra sobre él, como sepultado queda ese de rey.

Verdaderamente la penitencia es como una participación en la muerte, y por eso todos los grandes penitentes han tenido una mirada serena y, yo diría luminosa, sobre el misterio de la muerte. Pensemos: ¿cuál es nuestra realidad, cuál es nuestra condición, quiénes somos ante Dios?, y sigamos el ejemplo de este rey, bajándonos al polvo y a la ceniza. Sin embargo, este rey no dejó de ser rey allá sentado, dice aquí: Se sentó en el polvo, se cubrió de ceniza, y mandó el heraldo, allá sentado en el piso, cubierto de mugre. Allá sigue siendo el rey. Pero, ¿para qué le sirve su realeza allá, para qué le sirve su poder allá?, le sirve para mandar a todo el reino, que a uno le causa hasta gracia, eso, hasta las vacas y las ovejas hubo que vestirlas de sayal, porque todo el mundo tiene que hacer penitencia.

Él no renunció a su autoridad, en esto, diría Orígenes o algún otro predicador alegórico de la antigüedad, en esto hay una imagen muy hermosa: dentro del alma, el rey representa al entendimiento, a la inteligencia, que es la que ve lejos, la que toma las decisiones, la que recibe las luces de Dios. Y, el Reino está compuesto por toda esa corte de facultades, sentimientos, emociones, recuerdos, pasiones, afectos, todo lo que tenemos nosotros. Luego aquí hay una imagen muy hermosa: el primero que tiene que hacer penitencia es el entendimiento. El entendimiento, como dice Job, se cubre de confusión: - ¿Cómo es posible que yo, que tengo tantas cosas claras, mire a qué oscuridad he llegado con todas mis claridades? Uno tiene que confundirse: -Me confundo, Señor. Me confundo en mis pecados, no sé qué decir. Esa es la actitud de un penitente: -No sé qué decir, no voy a salir con disculpas de niño, ¿fue que, que fue que? No, no voy con disculpas. Me confundo, Señor, se me acabaron los argumentos, ya no sé qué decir. No se me ocurre nada qué decir. Esa es la penitencia del entendimiento: -No sé qué decir, pero solo sé que tú eres mi Dios.

Pero ese entendimiento, ese rey, ya haciendo penitencia, sigue siendo rey y le manda todo el reino: -Bueno, voluntad, memoria, imaginación, cuerpo, todo el mundo va a hacer penitencia aquí, de manera que todos se tienen que convertir de su mala vida. Si los afectos andan descarriados, pues, tienen que hacer penitencia, si la memoria no sirve para nada, pues tiene que hacer penitencia. Si la imaginación, como decía la otra santa doctora, es loca de atar, pues la atan o lo que sea, pero tiene que hacer penitencia. El entendimiento sigue siendo rey y le ordena a todo el organismo espiritual que haga penitencia.

¿Cuál será el fruto?, aquí lo dice: Dios mira sus obras. Eso es lo que Dios tiene que ver en esta Cuaresma. Tiene que ver esas obras, tiene que ver esas obras. Vio que se convertían de la mala vida. Y entonces viene la parte tierna, la parte misericordiosa, amorosa, que es la que a uno lo conmueve más, Dios se compadeció, se arrepintió, ve, lo que no hizo el rey Asuero, el rey Asuero, y dijo: -Bueno, ya esa señora se pudre y no la vuelvo a ver nunca. Este rey es mucho mejor que Asuero. Este Dios se arrepintió de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, eso equivale a nuestra condenación, y no la ejecutó. Recibió a ese rey, recibió ese reino, aunque era una montaña de paganos, pero los recibió. ¡Qué mensaje tan hermoso para nosotros!

Vamos a pedirle a Dios que nos dé conversión de corazón, que verdaderamente nuestro entendimiento, así confundido, sin buscar ya más argumentos de nada, se vuelva hacia Dios y le diga: Tú eres mi único Dios. Yo me arrepiento de todo lo que he hecho. Como dice tan bellamente ese acto de contrición de la confesión: Me arrepiento de todos los pecados que he cometido hasta hoy y me pesa de todo corazón. Con ellos ofendió a un Dios tan bueno. Y yo, ¿qué voy a decir?, ¿qué argumento me justifica?, ninguno. Simplemente confío en que por tu infinita misericordia me has de conceder el perdón de mis culpas y me has de llevar a la vida eterna. Amén.

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