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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Las correcciones que vienen de parte de Dios son condicionales.
Homilía k013004a, predicada en 19990224, con 6 min. y 29 seg. 
Transcripción:
Queridos amigos, uno de los aspectos más misteriosos de la revelación es este que aparece en las lecturas de hoy, el de los castigos o correcciones que vienen de parte de Dios, porque inmediatamente notamos esta diferencia. Los bienes que Dios promete, los promete y los cumple generación tras generación. El libro del Deuteronomio dice: «por mil generaciones», indicando así de alguna manera la eternidad, lo que no acaba. En cambio, los males con nuestro Dios, en cierto sentido, amenaza a su pueblo, dirá la carta a los Hebreos: «como un padre que corrige a su hijo», esos males son condicionales.
Cuando Jonás empieza a predicar, habla de parte de Dios y lo que dice es cierto. Y, sin embargo, aunque es cierto, es condicional. Nínive será destruida, pero Nínive no será destruida, porque se destruyeron esos corazones, se quebrantaron esos corazones, se abrieron al arrepentimiento. San Agustín, que tanto meditó en estas cosas de la gracia, de la conversión, del castigo, de la bienaventuranza, pregunta por allá en el libro de las Confesiones: «Señor, ¿cómo es este misterio que Tú nos amenaces con grandes males si nos alejamos de ti?, siendo así que el gran mal es perderte a ti, ¿es que acaso hay un mal más grande que perderte a ti?»
Y por esta reflexión Agustín descubre una cosa muy hermosa. Cuando nosotros nos apartamos de Dios, Dios puede parecer amenazante ante nosotros. Pero esas amenazas no son males mayores que el mal de perderle a él y por lo tanto esos males, que en todo caso son condicionales, son más bien expresión de su amor que no quiere que nosotros perdamos lo que es verdaderamente esencial: la amistad con Él, la relación con Él, la gracia de Él. Cuando Dios nos amonesta por medio de las dificultades, de las tentaciones, de las adversidades, de nuestra propia fragilidad, cuando Dios nos amonesta así, lo que esta manifestando es su amor para con nosotros. De nuevo es la carta a los Hebreos la que nos enseña: ¿qué padre no corrige a su hijo?, y si no nos corrigiera Dios, señal sería, de que no somos hijos legítimos, sino bastardos. De modo, pues, mis amigos, que aceptemos esta palabra condicional de Dios, aceptemos que las cosas que contradicen nuestra voluntad, las cosas que no salen como nosotros quisiéramos, las cosas que ponen a prueba nuestra paciencia, en cierto sentido nos educan en una obediencia superior, la obediencia a su amor y a sus mandatos.
Para los teólogos queda una gran pregunta que hasta ahora no ha sido respondida de modo oficial, llamémoslo así dogmático, ex-cátedra de parte de la Iglesia. Una pregunta que yo la dejo aquí solamente planteada para aquellos que sientan especial apetito por las cuestiones teológicas que siempre han de ser investigadas con oración, con humildad, revisando el conjunto de la tradición de la Iglesia. Me estoy refiriendo a este hecho, es verdad, lo sabemos todos, que existe para el ser humano la posibilidad, la posibilidad real del fracaso existencial del infierno. Esa es una realidad, la posibilidad del infierno. Pero, no será, se han preguntado algunos teólogos con gran osadía, y por eso me atrevo yo a plantearlo también en esta asamblea, para que nosotros sepamos que esa cuestión está pendiente, ¿no será que esa palabra última sobre el infierno, que es, repito, una posibilidad real, es el último llamado, el gran oráculo de Dios, que así intenta por amor convocar a toda la humanidad para ser salvada?
Se plantea en términos más estrictos y, aunque sé yo que las homilías no son para hacer teología, en términos más estrictos, es posible y compatible con la revelación admitir como una hipótesis, como una tela, hipótesis en la que podemos esperar que el infierno si existe como tal, desde luego que sí, sabemos del destino final e irreversible de los ángeles caídos, además, que ya tiene habitantes, que sí existe y que tiene habitantes, pero que, de alguna manera, a través de todos estos llamados y los llamados de la conciencia, Dios de algún modo puede convocar a todos los seres humanos en lo que se ha llamado la hipótesis del infierno vacío. En este siglo, el teólogo más eminente que ha sustentado esta opinión es Hans Urs von Balthasar.
Nosotros en las homilías no resolvemos esos problemas. Quedan para la investigación humilde y orante de los teólogos, quedan para el juicio definitivo del Magisterio supremo de la Iglesia. Pero lo que a nosotros sí nos corresponde saber es que eso está ahí y acoger los llamados de conversión para nosotros, porque Dios siempre cumple sus bienes. Pero a veces, como dice la lectura de hoy, se arrepiente de sus males porque no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.

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