Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El ayuno y la penitencia nacen de la predicación de la Palabra de Dios.

Homilía k013003a, predicada en 19980304, con 25 min. y 39 seg.

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Transcripción:

En más de una ocasión Nuestro Señor Jesucristo resulta desconcertante, el Evangelio nos cuenta que la gente se agolpaba, se apiñaba alrededor de Jesús. Él predicaba, sanaba, exorcizaba, perdonaba, y la gente acudía en masa y se apiñaba alrededor de Jesús. Pero cuando ya los tiene cerquita, la palabra que les dice no es amable, cuando ya están ahí apiñados, lo que tiene para decirles es duro, demasiado duro quizás: «esta generación es perversa», ¿por qué les dice eso si estaban acudiendo a él, por qué les dice generación perversa? Si le estaban escuchando, si le habían escuchado, si le seguirían escuchando, ¿por qué les llama: generación perversa? Y además, si estaban viendo las obras de sus manos y muchos de ellos habían creído en él y habían recibido sanaciones, ¿por qué les llama generación perversa? Se apiñaban alrededor de Jesús en busca de signos, eso fue lo que no le gustó al Señor, buscaban signos.

Y lo segundo que no le gustó al Señor fue que no daban signos, los buscaban y no les daban. Una curiosidad religiosa, una curiosidad supersticiosa del que quiere ver suceder el milagro, busca el signo. Esa curiosidad es reprobable, esa curiosidad intenta como pedirle credenciales a Dios: -Demuéstrame que vale la pena creer en ti. Esa no es verdadera fe. Y esa es una parte del disgusto de Cristo, pero la otra parte es que, no solo piden signos, sino que ellos no dan los signos de conversión. Efectivamente, Jesús hace un par de comparaciones que tenían que sonar casi insultantes para esos judíos, porque ellos se enorgullecían de ser hijos de Abraham, de ser del pueblo de la Alianza. Y el par de comparaciones que pone Cristo son con los etíopes aquellos y con los ninivitas aquellos, gente que tenía que caerle muy mal a los judíos, esos son el término de comparación. Y no solo dice que son mejores, sino que los van a juzgar, ¿cuál es la razón?, que esos ninivitas sí dieron signos de conversión.

Entonces a Cristo le disgustaron dos cosas: que estos pedían signos y que no los daban. Sobre el pedir signos, ya sabemos, es el problema de la curiosidad, es el problema de una fe que quiere que Dios se acredite conmigo. Bien, vemos esa parte por clara. Vamos a la otra parte: ¿qué es dar signos de conversión? Hablamos de obras concretas, concretas, externas, visibles, corporales, todo esto va en la misma línea. El rey de Nínive, cuando escuchó la profecía de Jonás, cuando supo de la profecía de Jonás, porque parece que ni siquiera leyó directamente, de acuerdo con el relato aquel. Cuando el rey de Nínive supo de esa predicación, no dijo: -Lamento profundamente que tal cosa suceda en mi pueblo. No lamentó profundamente, hizo algo, y lo que hizo fue ayuno, vestido de penitencia, sentarse en el polvo y utilizar su autoridad para que la gente se convirtiera. Hizo algo, no se quedó en una tristeza profunda: -Yo lamento esta situación. No se quedó lamentando, sino que hizo algo, dio señales.

Algunas veces nosotros interiorizamos más de la cuenta, el arrepentimiento, la contrición, el dolor, tiene que verse, tiene que verse, hay que dar señales de contrición, hay que dar señales. Claro, alguien perspicaz que puede estar aquí dirá: -Bueno, y ¿cómo se compara este texto con ese otro que dice Cristo de que cuando uno ayune se lave la cara y se perfume para que el ayuno lo note, no la gente, sino Dios que ve en lo escondido. ¿Al fin qué?, la penitencia tiene que ser interior, por así decirlo, que nadie se dé cuenta que yo estoy haciendo penitencia, eso sería lo que sugiere el Evangelio allá en Mateo, o la penitencia tiene que ser exterior, como la sugiere el profeta, el libro del profeta Jonás, el libro de la profecía de Jonás en este capítulo tercero y como parece aprobarlo Cristo: «Cuando sea juzgada esta generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que los condenen, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás».

Se ve que Cristo identifica la conversión con ese proceso que es interno y a la vez externo, porque repito, lo que hicieron los ninivitas no fue una declaración de profunda consternación: -Estamos consternados, nos extraña sobremanera, hay que hacer una investigación exhaustiva. Ese lenguaje, político y diplomático, no es el lenguaje de la Biblia. El rey oyó: esto está grave, el momento es de penitencia, ayuno aquí para esta gente, empezando por mí. Incluso mandó que se vistieran de saco las ovejas y las vacas, así dice la profecía de Jonás, mire: «Vístanse de saco, hombres y animales». Entonces, es el único caso bíblico de vacas y ovejas vestidas. Ahora, ese saco no equivale a lo que nosotros llamamos hoy un suéter. No, no se trataba de darle los suéteres a las ovejas. Como devolviéndoles la lana, devolviéndoles la lana que durante años y años les hemos quitado, ahora vamos a ponerle sacos a las ovejas.

¿En qué consiste la penitencia?, ¿cuál es el arte de la penitencia? La penitencia tiene que ser algo exterior. Algunas personas identifican la penitencia solamente con el trabajo por la justicia. Apoyándose, no sin razón, en aquel texto que leímos en el Miércoles de Ceniza: «El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas». Entonces dicen: -Claro, la penitencia que uno tiene que hacer es acabar con las injusticias. Otras personas creen que la penitencia es un acto solamente interior, es un acto solamente del corazón: -Ninguno de estos desgraciados se de cuenta que yo estoy haciendo penitencia, porque yo voy a arrepentirme de mis pecados y yo espero mi paga, no de la gente, sino de Dios. Entonces la penitencia debe ser solo un acto interior, eso dicen otros. Otros, en fin, dicen: -No, pero es que el ayuno o la penitencia también tiene que tener su aspecto externo, como aparece en la lectura de hoy de la profecía de Jonás. No fueron declaraciones simplemente, fueron obras de penitencia.

¿Dónde está el fin, la medida, qué es lo que nosotros, qué es lo que nosotros debemos practicar como penitencia?, ¿qué será hacer penitencia? La Iglesia nunca se ha despedido del todo de la penitencia exterior y visible. Ahí se habla expresamente, hay días de ayuno, hay días de abstinencia, que el ayuno habrá que entenderlo de alguna manera o de otra manera, sí. Entonces ahí vienen otros que interpretan y dicen: -Mire, el ayuno consiste en que si usted, por ejemplo, fuma, entonces usted hace ayuno de cigarrillo, no voy a fumar. Si usted oye la radionovela, entonces se abstiene de oír la radionovela. Es decir, como privarse de algo que le de gusto a uno.

¿Cuál será el verdadero sentido de la penitencia? Yo creo que este es el tema al que nos van conduciendo estas lecturas, ¿cuál es el sentido profundo y cuál ha de ser la práctica concreta de la penitencia en nuestros días?, ¿qué es lo que nosotros debemos hacer como penitencia? Porque, ¿cómo creerle los ayunos a un padre gordo, por ejemplo? Eso es, eso es lo que San Jerónimo decía: que nos van a creer los ayunos si nosotros somos miembros de un cuerpo cuya cabeza está crucificada, nosotros rozagantes. Rozagantes, saludables, cachetes colorados, ¿quién va a creer que somos miembros de Cristo si la cabeza está en semejante penitencia y nosotros como ausentes de eso? Entonces ahí es donde entra el protestante y dice: -Espere un momentito, la salvación es por la fe, la salvación es por la fe. Porque si yo tengo que repetir lo que dice Cristo, entonces yo no soy salvo por Cristo, sino soy salvo es por mi esfuerzo, por mi dolor, por mis ayunos. Y si yo tengo que comprarme mi salvación, así sea con ayunos, con esfuerzos, con penitencias, con limosnas, con indulgencias o con lo que sea, entonces la salvación no es gracia. En contra de San Pablo, la salvación no es gracia.

La discusión, si interviene otra persona en la conversación y dice: -Y entonces, ¿tú cómo explicas que el mismo San Pablo ayunaba?, porque varias veces en los Hechos de los Apóstoles nos encontramos con votos, promesas, ayunos de Pablo. Un día que ayunaban y daban culto al Señor, el Espíritu Santo dijo por medio de un profeta: «Separadme a Bernabé y a Pablo para una misión que los tengo», eso fue en medio de un día de ayuno. Luego parece que el ayuno tiene su lugar, aunque estemos en el régimen de la gracia, pero ¿es que todo ayuno es solamente como penitencia?, tampoco, tampoco es así.

Bueno, finalmente, de todos estos comentarios dispersos, nosotros sacamos una conclusión, y es que en esta cuestión del ayuno y de la penitencia corporal hay que llegar, pues hay que llegar a alguna posición, hay que concluir algo, esto no se puede seguir así, porque además de todo esto, luego parece que la Santísima Virgen manda a decir, lo dice a través de algunas personas, de mensajes reales o supuestos que ayunemos, que hay que hacer ayuno. Y bueno, supongamos que así fuera o que no fuera, lo que sea, pero mandar el ayuno también tiene sentido. Tratemos de llegar a alguna posición, como he dicho, tratemos de llegar a alguna enseñanza sobre este tema tan poco predicado.

Le decía hace poco a nuestros frailes allá en el convento, que el tiempo que yo llevo en la vida religiosa, yo nunca he oído una predicación sobre el ayuno. Claro, como todos los padres son gordos o casi todos, entonces ahí nadie tiene autoridad moral, porque eso sí, callémonos todos, ¿porque qué vamos a hacer? Pero yo no estoy diciendo solo de los padres dominicos, es que a ningún padre yo le he oído predicar sobre el ayuno. Y si yo me hecho más de para atrás, en mi vida yo he oído una predicación sobre el ayuno, para oírla tuve que decirla. La semana pasada prediqué, con toda mi humanidad, prediqué sobre el ayuno y la penitencia, y a partir de ahí, y a partir de otras reflexiones que vienen de tiempo atrás y quiero compartirles esto que les estoy diciendo. Entonces podemos decir que el ayuno y las penitencias corporales no son ni desprecio ni odio al cuerpo. Esa es una primera enseñanza que podemos decir: ni desprecio, ni odio al cuerpo. Dios es el creador de todo el ser y todo lo que Él creó, lo creó bueno, lo creó con amor. De manera que, el odio a lo creado por Dios no puede estar de acuerdo con Dios. El sentido no va por ahí, primera afirmación.

Segunda: el pecado intenta que nosotros idolatremos las criaturas y nos aferremos a ellas, al bien de las criaturas, dejando el bien del Creador. El pecado no es, en primera instancia escoger un mal, sino, preferir el bien de la criatura al bien del Creador. Es decir, preferir como bien para mí, una criatura, ya sea placer, idea, dinero, lo que sea, poder preferir para mí el bien de una criatura, en vez de preferir para mí, el bien para el que he sido creado, es decir, la comunión con mi Creador. Por consiguiente, si el pecado es esto, si el pecado consiste en este desorden, corregir el desorden del pecado supone dejar de alguna manera los bienes de la creación para buscar más ardientemente al Creador de todo bien creado.

Y aquí se inscribe el ayuno como un movimiento, diríamos espontáneo, no forzado, un movimiento espontáneo del alma, como le sucedió al rey de Nínive. Un movimiento espontáneo del alma cuando comprende que el bien del Creador, es decir que el Creador, como bien supremo del ser humano, es mayor que toda criatura. Por eso, el ayuno nace de la predicación de la Palabra. Un ayuno sin Biblia, un ayuno sin palabra, un ayuno sin oráculo sería simple tortura, o sería dieta o cualquier otra cosa. Pero no es el ayuno que Dios quiere, el ayuno que Dios quiere nace de la predicación de la Palabra de Dios que me hace descubrir un bien mayor a toda criatura y que hace que mi corazón espontáneamente, espontáneamente quiere decir después de recibir su gracia, atención, protestantes, después de recibir su gracia, suelte los bienes de la creación para buscar con mayor ansia el bien del Creador.

El hecho de que esta búsqueda sea ardua, el hecho de que suponga un esfuerzo en mí nihilismo no quiere decir que sea contrario a mi naturaleza, porque cuando un muchacho, por ejemplo, quiere enamorar a una niña y tiene que hacer muchos esfuerzos por lograrlo y tiene incluso que ahorrar y pasar privaciones, o el que quiere sacar adelante una carrera tiene que trasnochar y hacer esfuerzos, esos esfuerzos no son contrarios a su naturaleza, porque en cada naturaleza hay una jerarquía de bienes y por eso cuando yo busco el bien mayor, aunque esté sacrificando bienes menores, no estoy contrariando de fondo mi naturaleza, sino ordenándola. Por eso, con el ayuno yo no estoy anulando mi naturaleza, ni estoy aniquilándola, ni odiándola, sino estoy ordenando, estoy buscando un orden en mi naturaleza hacia Dios, que es el bien mayor para el que yo he sido creado.

Ahora bien, puesto que el ayuno es fruto de la Palabra y del Espíritu en cada historia, en cada persona, en cada corazón, de alguna manera, el ayuno ha de tener características personales. Así, por ejemplo, le hablaba Dios a Catalina de Siena cuando le decía: «No todas las naturalezas son iguales». Más que buscar una uniformidad en la práctica externa, lo que necesitamos es una predicación de la palabra que sea tal, que cada corazón se sienta profundamente movido a conversión y profundamente movido a buscar por encima de todo y de todos al Dios Santo, Creador y Salvador nuestro.

Sin embargo, hay también una dimensión comunitaria en el ayuno, como lo muestra esta lectura de la profecía de Jonás. ¿En qué consiste esa dimensión comunitaria? Pues bien, puesto que el ser humano no existe solo, sino que existe en sociedad, hay una especie de cadena de complicidades entre nosotros, los seres humanos, y esa cadena de complicidades hace que, aunque el pecado es siempre un evento personal, es siempre un acto personal, hay también situaciones, llamémosle así, como objetivas, que propician el pecado. Esas situaciones objetivas, interpersonales, comunitarias que propician el pecado son las que queremos desarmar, les queremos quitar fuerza a través del ayuno. Cuando se proclama, como en el tiempo de Cuaresma, ayuno, un tiempo de ayuno, de penitencia para toda la Iglesia, estamos en un propósito serio de quitar toda complicidad de pecado, de desarmar toda complicidad de pecado, y por esta misma razón es inseparable el bien del ayuno del bien de la misericordia, es un acto de justicia, como nos lo han dicho Joel, Isaías y tantos otros.

Cuando es la comunidad la que comprende que ha dejado a Dios y comprende que tiene que volver hacia Dios, comprende también que las heridas de su mediocridad están sobre todo en los más pobres, o mejor, en los empobrecidos, y que, por consiguiente, los actos de justicia hacia ellos son señales concretas de esa voluntad de conversión que todos tienen. Y de aquí, finalmente podemos tal vez lograr algo de claridad sobre aquello de si debe ser exterior o interior, ¿quienes deben hacer el ayuno, quienes deben hacer la penitencia?, los que hayan escuchado la Palabra.

Si todos nosotros ya comprendemos que somos pecadores, si todos sabemos que nadie tiene de qué gloriarse delante de Dios, entonces todos nosotros podemos hacer penitencia y hacer penitencia y ayuno, pues no voy a darte la gloria a ti, ni tú a mí, sino juntos entenderemos que le hemos quitado la gloria a Dios y que hay que buscar ahora volverse hacia Dios con toda el alma. Por eso, la penitencia sí puede ser externa y sí puede ser visible dentro del ámbito de los que han escuchado la Palabra, y solo en la medida en que esa palabra ha calado, ha empapado a la comunidad.

Si una persona, aún dentro de una comunidad que ha escuchado la palabra quisiera, como por decirlo así, singularizarse por buscar una gloria, reconocimiento o fama ante los demás, pues eso tendría que escuchar con más atención lo que dice el Señor Jesús allá en el evangelio de Mateo, cuando dice que el ayuno no es para que lo mire la gente, sino para que lo mire Dios. Pero esto no queda desobedecido cuando es toda la comunidad la que ayuna y todos sabemos que estamos pasando hambre y todos sabemos que estamos comprendiendo nuestras propias limitaciones y todos sabemos que estamos haciendo algo concreto por los más pobres. Cuando estas condiciones se dan, no estamos desobedeciendo a Cristo, aunque a todos se nos note que estemos ayunando.

Por consiguiente, en el ayuno hay un bien inmenso, un bien que no queda reemplazado solamente por abstenerse de pecados. Abstenerse, por ejemplo, como hacen algunas personas de cigarrillo o abstenerse de cosas superfluas, no es solamente por ayuno, es un deber de justicia. Abstenerse de pecado no es materia de voto o de propósito especial, eso simplemente lo pide nuestra conciencia y lo pide la Palabra de Dios. Además, el ayuno de alimentos, hasta sentir el hambre en nosotros, tiene bienes que de otro modo no recibimos. Por eso el ayuno no puede ser solamente de otras cosas, aunque nos privemos de otras cosas, también hay que tener algún género de privación de alimento. ¿Por qué? Porque es que nosotros recibimos la vida, no la recibimos ni del cigarrillo, ni de la televisión, ni de la radionovela, la vida la recibimos de los alimentos. Por consiguiente, cuando adelgazamos a la vida, cuando hacemos que esa fuente sea más parca con nosotros, entonces entendemos mejor quién es el que nos ha dado la vida y entendemos mejor las limitaciones de nuestra vida y entendemos mejor a los que no tienen eso y sufren y pierden, incluso, su vida.

Por eso el ayuno no puede identificarse sin más con la lucha por la justicia, ni puede identificarse sin más con el quitar las cosas superfluas. No, el ayuno supone, además de todas esas cosas, supone que yo sienta mi vida en toda su condición de fragilidad, en toda su condición de necesidad, en toda su condición, para decirlo de una vez, de absoluta dependencia de Dios, y desde allí pueda comprender al que ayuna, no cuando le parece, sino siempre que le toca, eso abrirá las puertas de la misericordia para mi hermano y abrirá las puertas de la misericordia para mí. Entendiendo que Dios es el dador de todo bien, oraré con más confianza y entendiendo que mi hermano padece necesidad y yo la he sentido en mi propio cuerpo, me daré a él con mayor entrega, con mayor generosidad.

Son muchos los bienes del ayuno y de la penitencia. Quizás no se noten externamente, quizás muchos de nosotros, por malas costumbres, por ocupaciones, quizás muchos de nosotros no seamos el gran testimonio de penitencia, eso es cierto, eso hay que reconocerlo. Pero también hay que decir que esta Palabra a todos, también a los que somos mediocres, nos mueve a conversión, nos mueve a dejar lo que hemos sido, para alcanzar lo que el Señor quiere que lleguemos a hacer.

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