Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El ayuno es un freno.

Homilía k013002a, predicada en 19970219, con 8 min. y 47 seg.

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Transcripción:

Las lecturas de este día son un llamado claro, fuerte, vigoroso a la conversión. Y se nos presentan dos ejemplos de lo que sucede cuando se predica la conversión. Los habitantes de Nínive, de acuerdo con la lectura del profeta Jonás, escucharon y recibieron la predicación de la conversión, hicieron ayuno, hicieron penitencia, se arrepintieron con humildad ante Dios, se pusieron por completo en sus manos. Dios miró sus buenas obras, y la suerte de Nínive cambió, y una esperanza nueva llegó a sus corazones. Ese es el primer ejemplo.

Pero el Evangelio nos presenta un ejemplo distinto. Jesús multiplicó los milagros, habló con sabiduría y con verdad, acogió a todos, sanó a los enfermos, libró del poder del demonio a muchos. Y, sin embargo, muchos de su generación, muchos contemporáneos de Cristo, rechazaron la Palabra de Cristo, deseamos que esa no haya sido su definitiva suerte, deseamos que hayan acogido finalmente al Señor, porque la condenación no se le puede desear a nadie. Pero el hecho es que, mientras Cristo estaba predicando, estos, aunque vieron señales, milagros, aunque vieron exorcismos y escucharon preciosas predicaciones, se resistieron a la conversión. Ahí se nos presentan esos dos ejemplos: el de un pueblo que sí escucha la Palabra de Dios y el de otro pueblo que se resiste ante el llamado de conversión de Dios.

Y la Iglesia como que nos ofrece hoy esos dos pueblos, nos presenta hoy esas dos imágenes para ver en cuál de los dos queremos alistarnos, en cuál de los dos queremos matricularnos. Porque sin cesar y hasta el fin de los tiempos, la Santa Iglesia predica y predicará la conversión. Pero también hasta el final de los tiempos, hay pueblos y hay personas que reciben el llamado de conversión y hay pueblos y hay personas que no lo reciben. Esto es bueno saberlo para no desalentarnos cuando en nuestras familias o en nuestros barrios, comunidades, vecindarios, algunas personas escuchan y otras no, la Palabra de Dios. Yo conozco familias, por ejemplo, en las que alguna persona se convierte de corazón hacia Dios y ¿qué hacen los demás? alegrarse por esa conversión, ojalá fuera. Criticar, burlarse, aislar, observar detenidamente cualquier resbalón del supuesto convertido para caerle encima. Hay familias en las que Dios ha hecho maravillas y que sin embargo han tenido una respuesta desigual, porque hubo quienes se convirtieron y hubo quienes se resistieron.

Hay personas que han visto señales maravillosas, han participado, por ejemplo, de congresos de sanación y han visto milagros con sus ojos. Hay personas que han visto prodigios en la naturaleza, como esto que se llama: la danza del sol. Yo no he visto eso, pero me han contado que eso existe y sucede. Y hay personas que se han convertido por esos acontecimientos como sobrenaturales. Pero, hay personas también que ven esas señales y que finalmente parecen no convertirse y, al contrario, endurecerse en su pecado. El llamado es serio, el llamado es dramático, el llamado es urgente. vuelva usted hacia Dios.

Decía Juan Pablo Segundo, cuando inauguró aquel año santo de la Redención: «Abrid las puertas al Redentor». En el año 83, si no está mal mi memoria, «abrid las puertas al Redentor». Pues así también, sabiendo yo que no soy nadie, que soy un pecador, así también, y para que lo escuchen, en primer lugar, mis oídos, les digo con todo mi corazón: Abrid las puertas a Cristo, abrid las puertas a Él. Vamos a bajar nuestra soberbia, vamos a quebrantar el corazón, vamos a pedir lágrimas de arrepentimiento, vamos a hacer ayuno y mortificación, vamos a estrujar el corazón junto al corazón estrujado de Cristo en la cruz, para pedirle a ese Cristo que haga una operación quirúrgica en nuestra vida y convierta nuestro corazón de piedra en un corazón de carne. Y luego a ese corazón de carne le regale el don de su Espíritu para que podamos escuchar, acoger, vivir el mensaje de Jesucristo, para que no tenga que decirnos Él después: ¿qué hiciste con el amor que te di?, te prediqué, te hablé, te amé, ¿qué hiciste con mi amor? Porque en el fondo, el reproche de las palabras de Cristo en el Evangelio es ese: ¿Por qué no entiendes que te amo?, ¿por qué no admites, por qué no recibes la fuerza de mi amor, la fuerza de mi salvación, la gracia de mi perdón? Vamos a recibir hoy, hoy mismo esa palabra de salvación.

Sabe usted ¿cuál era el sentido del ayuno que hicieron los ninivitas?, permítame que lo describa con una imagen muy mecánica: imaginemos un carro al que se le echa mucha gasolina, pero que da y da vueltas y recorre y solo sirve para la parranda, solo sirve para el pecado, solo sirve para la degeneración. Lo primero que hay que hacerle a ese carro es apagarlo, hay que quitarle la gasolina, hay que frenarle el abastecimiento. El ayuno es como un freno poderoso que se le pone a la vida. Frene usted, pare, deténgase, frene, quítele impulso a su vida. Deje de estar comprando y gastando, codiciando y disfrutando. ¡Cese, deténgase, pare! El ayuno es un freno. Pare ese carro que se va a chocar, que va a quedar destrozado. ¡Deténgase, frene! Quítele alimento por un momento a su vida. Recapacite en lo que usted está haciendo y para dónde va su existencia. Y desde ese freno, nuestras pretensiones, nuestros orgullos, nuestra altivez se va bajando y de pronto es posible que se cuele la luz de la gracia y que llegue a lo profundo del corazón el amor que Dios ha querido regalarnos. Vamos a ayunar, a escuchar la Palabra de Dios, a orar con intensidad, a frenar nuestra carrera y a recibir a Cristo como nuestro Salvador. Esa es la belleza, esta es la gracia, esta es la ternura de la Cuaresma.

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