|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La vida religiosa
Homilía k013001a, predicada en 19960228, con 17 min. y 20 seg. 
Transcripción:
Nos han hablado las lecturas de esta semana de hacer el bien, especialmente a los humildes, y del terrible peligro que supone para nosotros el no hacerle bien a esos, a los pequeños y a los pobres. Porque el riesgo mismo es haber ofendido, haber rechazado, haber desechado al mismo Cristo. Y nos habla el Evangelio de ayer, de la oración y de ese camino de oración, más que fórmula, que es el Padre Nuestro. Hoy las lecturas nos hablan de conversión. Esto nos indica que cada uno de los días de esta primera semana de Cuaresma, trae a nuestra mente y a nuestro corazón uno de los aspectos de este tiempo litúrgico, hoy, repito, se trata de la conversión.
Tres días hacían falta para atravesar a Nínive. Jonás, un poco de mala gana, pero finalmente, fiel a su ministerio profético, entra en la ciudad anunciando destrucción. Y ahí está una doble enseñanza, porque en el Medio Oriente nunca hubo una ciudad que fuera tan grande como para que se necesitaran tres días en atravesarla. A paso de buen beduino, tres días de camino podían representar, qué sé yo, ochenta, cien o un poco más kilómetros. Si un kilómetro equivale proporcionalmente a unas diez cuadras, pues aquí se nos está diciendo que Nínive era una ciudad que debía tener unas mil cuadras. Bogotá, en medio de su desorden urbanístico, quizás si la estiramos y la miramos de una punta a otra, pueda llegar a las quinientas o a las seiscientas cuadras, la actual Bogotá. De manera que la cifra es irreal, se trata de una ciudad como tal, hoy en la historia de la humanidad hay algunas en el mundo, uno piensa, que se yo, en Tokio o en Ciudad de México o algo así. Pues bien, esta ciudad inmensa es también inmensa en su pecado y lo que Dios muestra como consecuencia del pecado es la muerte, la destrucción. No es su inmenso poder, no es su grandeza lo que va a salvar a Nínive, sino su conversión. Por eso digo que aquí hay una doble enseñanza. De nada debe fiarse el corazón humano de sus capacidades: -Yo sé manejar estas situaciones, yo sé bien lo que hago. De eso no hay que fiarse, el ejemplo del rey humilde de Nínive que deja el manto, viste el sayal, se sienta en el suelo y utiliza su autoridad, no para defenderse de Dios, sino para defender a los suyos de la destrucción, el ejemplo de ese rey debe movernos también a nosotros a no fiarnos de nuestras propias fuerzas. Entonces, las primeras enseñanzas son: nuestros pecados llevan a la destrucción.
Y segunda enseñanza: en nada podemos fiarnos, en nada, y de nada podemos fiarnos, porque la autoridad de Dios está por encima incluso de una ciudad tan grande. Igual pasa en nuestra vida, de pecadito, en pecadito, se echa a perder una vida religiosa. Y también para nosotros hay destrucción. Esa destrucción a veces significa la pérdida del camino de la vocación, pero otras veces, lo que es más grave es ese continuar sin sentido y ese caso, lamentablemente se da. Nuestra vida religiosa es definida por el Concilio como: la búsqueda de la perfecta caridad. Si no estás en camino de esa perfecta caridad, te perdiste y vas rumbo a la destrucción. Pero tiene que verte ese amor, no puede ser una suposición. Es un amor del que hay que revestirse cada día, como nos revestimos de nuestro hábito. Y el Derecho Canónico habla en la vida religiosa del fruto de esa inspiración, de ese deseo de dedicarse a un Dios sumamente amado. Ese Dios sumamente amado es el que aparece o el que desaparece en nuestra vida de cada día. Si no estamos en camino de ese perfecto amor, de ese Dios sumamente amado, si no vamos en ese camino, nos hemos perdido y vamos rumbo a la destrucción. Tú no eres una excepción en eso, también tu vida puede ser una catástrofe. No te fíes de tu sabiduría, ni de tu experiencia, ni de tu piedad, ni de tu devoción. ¡Atención! La piedad no suple la fe. Los sentimientos religiosos no equivalen a la caridad. Y la simple obediencia, la simple obediencia, es decir, el hacer caso de las costumbres de un determinado lugar no equivale, sin más, a la verdadera fidelidad del alma.
Jonás profeta predica en Nínive y los ninivitas se convierten. Jesús lamenta a los de su generación y dice: «Esos van a ser juzgados por los ninivitas, porque aquí hay uno más que Jonás». Resultó más duro el corazón de los habitantes del pueblo de Dios que el de los mismos paganos. Nínive era un enclave del paganismo, en cierto sentido, la capital del paganismo, y ella se arrepintió. Jerusalén era la capital del pueblo de Dios y no se convirtió. Ahí se pone uno a pensar cuántos llamados a la conversión he escuchado. También a nosotros nos ha hablado uno que es más que Jonás. También Dios nos ha dicho de muchos modos, ¿cuántos modos más se van a necesitar para que tú caigas en la cuenta de que debes convertirte de tus pecados?, que los demás o las demás tienen que convertirse de sus pecados, bueno, pero tú tienes que convertirte de los tuyos. No sea que nuestro corazón resulte más duro que el de los ninivitas y más duro que el de la generación de Cristo. ¿Por qué lamentablemente hay la fama, la mala fama de que religiosos y religiosas no nos convertimos? ¿Cuáles son los casos de religiosos o de religiosas que dejen sus mañas, que dejen de cometer sus pecados? Hombre, si estás ofendiendo a la otra persona, que ya dejes eso. Si te has acostumbrado a mentir, que dejes eso. Si la vanidad y el orgullo han anidado en tu vida, que los dejes.
Como ustedes saben, tengo para mí la gracia de acompañar y de trabajar con algunos grupos de oración o de reflexión o de formación en la vida cristiana. Yo he visto vidas cambiar, lo he visto y he visto que la gente deja sus pecados con mucho trabajo, con recaídas, pero deja sus pecados y deja sus vicios y llora sus culpas y hace ayuno. Escúchame bien, Dios no va a bendecir la vida religiosa, ni con vocaciones ni con nada, mientras no haya esa conversión en nosotros, hasta que llegue el tiempo de la conversión. Porque el tiempo de la conversión es el que abre esa brecha por donde puede pasar el torrente de la gracia. Mientras no salgan de los muros de este monasterio noticias de conversión y de santidad, mientras eso no suceda, tampoco entrarán por los muros del monasterio esos torrentes de gracia que serían necesarios para que se bendiga de muchos, de infinitos modos, la vida de cada una, y para que puedan venir nuevas y buenas y santas vocaciones.
Yo oigo de conversiones y he visto conversiones de seglares. Yo no oigo mucho de conversiones, ni entre ustedes ni entre nosotros. Cuando se oye decir: -pues el padre tal, el padre fulano, llevaba una vida quizá indigna de su estado, pero ese fue un tiempo. Le vieras ahora con qué fervor. Yo eso no lo escucho, más bien lo que oigo son comentarios medio trágicos por los risueños en los que se dice: --ese es así, yo lo conozco así desde estudiante. Desde estudiante lo conozco así. ¿A usted no le deprime rezar por personas que nunca se convierten? ¿Usted no le parece que ahí su vocación queda superada o fracasada? -Es que era así, yo me acuerdo. El de estudiante era igualito. Genio y figura hasta la sepultura. Y las cuaresmas, ¿nunca tocaron el corazón de ese padre, nunca? Oiga, ¿no hubo un solo predicador que le llegara al alma? Y cuándo he oído yo, de una religiosa que se diga: -pues ella durante un tiempo estuvo como muy descuidada en su vida religiosa y fue muy opaca y solo se ocupó de chismes y bobadas. Pero vieras cómo ha transformado su corazón. Ahora es un altar de silencio, de fervor, de generosidad, de penitencia. Eso es lo que oye. Y a veces tenemos el triste espectáculo de ver que la persona se le va arrugando la cara y se le va arrugando el alma.
Y también hay vidas de religiosos y religiosas sobre los cuales caen las palabras de Daniel, profeta y visionario, cuando juzgó el caso de la casta Susana, allá le dice a esos ancianos: «viejos en años y en pecados». ¡Cuántas cuaresmas más! ¿También estas palabras mías son inútiles, también usted resultará impermeable a mis palabras? ¿Tiene que pararse aquí quién, quien tiene que hablarnos a nosotros? Si es que acaso estamos más endurecidos que la generación que Cristo llamó perversa. ¿Quien tiene que hablarnos a nosotros para que al fin confiemos absolutamente en su gracia y dejemos la pésima compañía, esa mala madre que es el pecado? ¿Por qué los problemas y las heridas entre nosotros se enconan casi indefinidamente? ¿Por qué tiene que oír uno casi con espanto, que fulano nunca se ha podido entender con su hermano? Oiga, nunca. O sea, son años en que casi no han podido hablar, en que quizás se han quitado el saludo, ¿eso se llama vida cristiana, eso se llama evangelio? Y así pretendemos que Dios bendiga, ¿qué? ¿Que bendiga qué?
No somos flores en ese caso, sino duros cardos que, si nos tocan, se hieren. Si esos casos existen, si hay de eso aquí, clamemos, como nos dice Joel, con llanto, con ayuno, con luto, clamemos porque estamos cerrándole la puerta al mismo Cristo y no vendrá Cristo así, no va a venir. Yo tengo que decir, como Jonás, que Dios anuncia la destrucción. -Vino exagerado el padre hoy, tuvo mala noche y se pone a hablar bobadas. Ojalá sean bobadas mías, ojalá sean solo bobadas mías.
Un historiador de la vida religiosa hacía cuentas de que dos terceras partes de los institutos fundados en la Iglesia han desaparecido ya. La Iglesia como tal, tiene la promesa de que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella, pero ningún instituto lo tiene. Y cuando uno mira lo que es la vida religiosa y la vida dominicana y la vida contemplativa, que en otro tiempo tuvo tanto brillo, tanto esplendor, tanto perfume. Cuando uno mira ¿qué garabato es eso hoy en muchísimos países y lugares?, uno dice: ¿y cuál es la vacuna nuestra?, ¿estamos andando por un camino distinto? ¿Ustedes están preparando, hermanas, un camino distinto para que florezca Dios, para que nazca el amor, para que el perfume de la santidad se sienta, se perciba?

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|