Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La Cuaresma nos une al desierto interior de Jesús, escuchando su Palabra para renovar el corazón; ella nos ilumina, nos consuela y nos enseña, dándonos fuerzas para cambiar y volver a Dios.

Homilía k012020a, predicada en 20260224, con 7 min. y 12 seg.

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Transcripción:

Sabemos, hermanos queridos, que la Cuaresma tiene características de desierto. Porque es, que nuestra Cuaresma no es otra cosa sino acompañar el desierto de Jesucristo. Y en ese desierto cuaresmal, pues, uno enfrenta dificultades, tal vez se cansa, tal vez se aburre, pierde el propósito, se distrae. Bueno, pues la Iglesia sabe muy bien esto y la Iglesia es madre y maestra, y por eso en la Cuaresma también tenemos grandes auxilios, es decir, no estamos desprovistos de recursos. Por ejemplo, uno de los propósitos y uno de los auxilios grandes de la Cuaresma es la escucha de la Palabra de Dios. Escuchar la Palabra, de eso nos habla la primera lectura de hoy, tomada de Isaías en el Capítulo cincuenta y cinco. Es un texto bellísimo, como tantos pasajes de Isaías, así como baja la lluvia y la nieve y fecunda la tierra. Así también la Palabra de Dios viene a nosotros, que muchas veces es como tierra reseca. Acuérdate, estamos hablando de desierto y créeme que el desierto no está únicamente afuera. A veces el desierto uno lo lleva por dentro.

Eso de que uno no tiene ganas de orar, no tiene ganas de practicar la virtud, no tiene ganas de perdonar, no tiene ganas de perder tiempo con Dios. ¡Qué feo que suena eso! Pues eso ¿Qué significa? Eso es lo que significa, es que hemos pasado o estamos pasando por ese desierto. Pero te repito, el desierto no está sólo afuera, está también adentro. Pues lo que le hace falta al desierto de tu vida es ese rocío bendito, esa lluvia del cielo que es la Palabra de Dios. Mira, la Palabra de Dios tiene fuerza por sí misma. Lo dice esa primera lectura de hoy; no volverá a mí vacía esa palabra, sino que hará lo que yo le mande. Es decir, la palabra tiene fuerza, ella tiene fuerza, la palabra va a hacer la obra. Ponte a pensar que esa lluvia celestial trae la bendición y trae la unción y trae la fuerza precisamente para que tu vida cambie, para que tu vida sea otra cosa. ¿Cómo lo realiza la Palabra de Dios? Pues yo creo que son muchas las formas.

Así como la lluvia hace tantas maravillas en el suelo y en las plantas, pues así la Palabra de Dios hace maravillas en nosotros. ¿Cuáles maravillas? Yo creo que se puede sintetizar en tres verbos. En primer lugar, la Palabra de Dios nos exhorta iluminando nuestra mente y mostrándonos dónde está lo realmente bueno y dónde está lo malo. La Palabra de Dios muchas veces nos exhorta, es decir, nos muestra mira, no vas por el buen camino, mira, te extraviaste, eso que estás haciendo no va a terminar bien. Y esa exhortación de la palabra que en cierto momento puede sentirse como una especie de regaño, es un regaño saludable, sabes. Es un regaño que que nos despierta, es un regaño que nos saca de la mentira del mundo. Catalina de Siena compara la acción del mundo y de lo mundano en nuestros corazones como un río que nos va arrastrando.

Y lo más terrible de ese río es que vamos distraídos, vamos ahí metidos en ese, en ese cieno del mundo y nos va llevando y vamos distraídos y no sabemos dónde vamos a parar. Bueno, pues ahora te quiero contar que si vamos a saber dónde vamos a parar, porque esa palabra al exhortarnos nos despierta y nos hace salir de ese río. O sea, Yo ¿Por qué tengo que hacer lo que hace todo el mundo? Yo ¿Por qué tengo que repetir la vulgaridad de los demás? Yo ¿Por qué tengo que ser cómplice en el pecado de esta tierra? No, no lo voy a hacer. Eso es acción de la palabra.

En segundo lugar, esta palabra nos consuela. Es como el complemento de lo primero. Porque si la exhortación a veces parece como una especie de regaño, la palabra también nos consuela y nos consuela, sobre todo mostrándonos el amor de Dios, mostrándonos que hemos sido amados y amados hasta el extremo, mostrándonos que hay un Dios fiel y compasivo, que hay un Dios que es capaz de entendernos. No va a ser nuestro cómplice, pero sí va a ser nuestro médico. Ese Dios es el Dios que nos consuela. Y esa consolación divina es tan necesaria porque el que recibe la consolación de Dios no va a estar después mendigando los consuelos de este mundo.

Lo tercero que hace la palabra es que además nos enseña. No es solo que nos diga lo que está mal, que esa es la exhortación, no es solo que nos consuele y nos dé nuevas fuerzas, es que también nos enseña y nos enseña cómo vivir. Hoy la gente está buscando tantas, tantas sectas y tantas sendas y tantas historias. Y si tú miras las redes sociales. Las redes sociales se nos han llenado de maestros que nos dicen por todas partes. Mira, métete en el estoicismo, otros nos dicen dedícate a manifestar, dedícate a declarar. Nos quieren volver como especie de brujos que con el poder de nuestra palabra vamos a cambiar el futuro. Y yo declaro y yo manifiesto, yo digo. Estamos llenos de maestros que pretenden enseñarnos cómo vivir hoy.

Qué tal si le damos la oportunidad al Señor para que sea Él el que nos enseñe, para que sea Él el que nos eduque. La Palabra te exhorta, la palabra te consuela y la palabra te enseña. Deja que llegue esa lluvia de bendición, esa lluvia del cielo a tu corazón. Vive tu Cuaresma a fondo. Acabamos de empezar este tiempo bendito. Vive tu Cuaresma a fondo y cuando llegue la Pascua, cuando llegue la Pascua, hablamos. Que Dios te bendiga.

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