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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Las tres grandes novedades del Padrenuestro
Homilía k012014a, predicada en 20200303, con 20 min. y 13 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, creo que todos tenemos claro que hay tres ejercicios principales en el tiempo de la Cuaresma. Esto nos lo ha enseñado la Iglesia, pues cada año y siempre desde el mismo Miércoles de Ceniza que abre este tiempo litúrgico. Esos tres ejercicios son la oración, el ayuno y la limosna. El propósito de estos tres ejercicios es sanar, limpiar, restablecer la relación que debemos tener con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos, para mejorar y sanar y restablecer la relación con Dios. Está la oración. Para mejorar y sanar nuestras relaciones con el prójimo, está la misericordia que nos mueve a la limosna, es decir, ayudar efectivamente al otro y para no dejarnos llevar de nuestros apetitos, codicias y excesos, está el ayuno. Es decir, que si uno vive bien la Cuaresma, realmente uno queda muy bien ajustado con Dios, con el prójimo y con uno mismo.
Las lecturas de hoy, especialmente el Evangelio, se centran en la oración poniéndonos ante los ojos la oración de Jesús. Esta oración la llamamos de Jesús porque es la expresión de su modo de orar, porque es la oración que Él nos enseñó y porque es la oración que nos caracteriza como discípulos suyos. Así que realmente hay algo de Jesús en tu corazón y en tu boca cuando dices con fe estas palabras que conocemos como el Padre Nuestro. Los tres ejercicios que he mencionado, oración, ayuno y limosna, no son una ocurrencia de Cristo. Son ejercicios tradicionales en el pueblo judío. Así, por ejemplo, encontramos en el libro de Tobías que se exhorta a la generosidad y a la limosna, incluso con una promesa muy bonita, la limosna perdona pecados, cubre pecados. El ayuno aparece en la práctica de muchos profetas, reyes y también de todo el pueblo. Y la oración es una práctica tan frecuente que en realidad marca el ritmo de vida de un judío creyente.
Así, por ejemplo, hay una oración bellísima que se conoce por sus primeras palabras en hebreo Shemá, Shemá Israel. Esas palabras significan escucha Israel. Son palabras tomadas del capítulo sexto del libro del Deuteronomio. Y un judío piadoso debía repetir esas palabras tres veces al día. Por supuesto, la oración contiene más. Es una profesión de fe. Es un verdadero acto de confianza en Dios que salva y libera. Lo que sigue después de, escucha Israel es, el Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y todavía sigue más el texto. O sea que el pueblo judío es un pueblo orante. La oración de Jesús el Padre Nuestro hunde sus raíces en esa tradición de plegaria, de súplica, de oración de los judíos, pero a la vez trae varias novedades para cerrar esta reflexión, comentemos brevemente tres de esas novedades, tres elementos que incluso a los judíos más piadosos de la época tenían que llamarles la atención y que, por supuesto, para nosotros son absolutamente preciosos porque nos dicen algo sobre cómo es el corazón de Jesús. A mí por lo menos me gusta decir que el Padre Nuestro es el verdadero retrato de cómo es Cristo. Más que lo que pueda dibujar un pintor, por piadoso que sea, más que lo que pueda esculpir un artista. Esta oración de Cristo nos muestra cómo es Él. Nos da un perfil interior de su ser. Las tres novedades a las que me quiero referir son el Padre, el Reino y la voluntad.
Llamar a Dios Padre y reconocerse como hijos de ese Padre no es algo nuevo para los israelitas. Ellos consideraban que ellos como pueblo habían salido de Dios y de modo metafórico se miraban como hijos de Dios. Cuando el Altísimo dice, el libro del Deuteronomio repartía a las naciones según el número de los hijos de Dios, Israel fue la porción que él escogió. Israel es el pueblo escogido. Israel es el pueblo que puede llamar a Dios Padre pero como pueblo, no eres tú nuestro Padre y nuestro Creador es uno de los clamores de uno de los profetas. La gran novedad de Cristo está en que Él, Él mismo se llama Hijo y llama a Dios su Padre, y esto nadie lo había hecho. Esto tiene una connotación tan densa que no pasó desapercibida a las autoridades judías. Por eso, cuando una vez lo amenazaron de muerte, Cristo dijo ¿Y por cuál pecado me van a condenar? ¿Quién me puede acusar de pecado? Dice Cristo. Y entonces le responden, no es por un pecado que hayas hecho, sino porque siendo hombre te haces igual a Dios. Y comenta el evangelista que es San Juan. Esto lo decían porque Cristo llamaba a Dios su Padre. Los judíos hablaban de Dios Padre, pero como una metáfora y para todo el pueblo. Pero una relación tan fuerte con ese Dios al que Cristo llama a su Padre es algo que no se conocía. Todavía toma más fuerza esta novedad cuando recordamos que Cristo utilizaba una palabra cariñosa. La palabra Abbá, una palabra que parece que se puede traducir como papá. Y otros dicen incluso con más amor Papito, que Cristo le diga al Dios eterno, omnipotente, creador de los mundos. Que diga que él es su papá. Es algo muy difícil de aceptar para aquellos judíos, pero es muy importante para nosotros como cristianos, porque nos dice San Pablo en su carta a los Romanos estos son los hijos de Dios, los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios.
Y también en el mismo capítulo, que es el octavo, dice que el Espíritu de Dios ora dentro de nosotros con gemidos inefables que no pueden ser expresados en palabras, y nos hace exclamar Abba. De manera que cuando nosotros decimos con fe, con profundidad, con amor, el Padre Nuestro, estamos entrando en ese vínculo inexpresable, precioso, eterno, que une a Dios Padre y a Dios Hijo. Podemos decir que el Padre Nuestro es una ventana todavía mejor, una puerta que nos invita a entrar en la Trinidad. Ese es el Padre Nuestro y eso está en la palabra Padre. Grandes santos y sobre todo santas, han percibido esta novedad, como sucede con Santa Teresa del Niño Jesús, que encontraba difícil decir completo el Padre Nuestro, porque con la sola palabra Padre su corazón se levantaba una altura inimaginable y tenía, por decirlo así, una experiencia única de ser hija. Así que esto es muy propio del Padre Nuestro.
En segundo lugar está el tema del Reino. Ese pedir que venga el Reino de Dios o que venga Dios a reinar. Esta es una novedad también del Padre Nuestro, una novedad que debemos entenderla en el contexto de la vida pública del ministerio público de Cristo. Porque si miramos de qué predicaba Cristo, encontramos que la mayor parte de su mensaje tiene que ver con el Reino de Dios, con que Dios reine, enseñándonos a orar de esta manera. Cristo quiere que cada uno de nosotros tenga esa misma urgencia que Él tenía. Es como si Cristo estuviera diciendo lo que necesita el mundo, son muchas cosas. Son muchísimas las necesidades que hay materiales, económicas, laborales, afectivas, familiares, pero por encima de toda necesidad, lo más necesario será siempre que Dios reine. Todo cristiano debe hacer suya esta súplica que no es difícil de aplicar a nuestra realidad. Entonces, por ejemplo, una persona casada tendrá que decir que Dios reine en mi matrimonio, que Dios reine en mi casa. Una persona que tiene un oficio de gobierno debería decir y habrá quien lo diga, yo tengo este encargo porque soy gobernador, soy presidente, pero lo importante es que Dios reine en este terreno, en este tiempo y en este lugar.
Además, cada uno de nosotros tiene que hacer suya esta súplica pensando en las distintas áreas de nuestra vida. Porque seamos sinceros, en la vida de cada uno de nosotros siempre hay cosas que se rebelan contra Dios y es muy importante que todo nuestro ser se rinda al reinado de Dios. Eso significa que Dios reine en mi economía, que Dios reine en mi afectividad, que Dios reine en mi tiempo libre, que Dios reine en mi sexualidad, que Dios reine en mi trabajo. Esa sola súplica, si realmente nos la apropiamos, hace que tengamos una transformación profunda de nuestra vida. Es todo un programa de vida.Entonces, fíjate el Padre Nuestro, dijimos, es en primer lugar una puerta de entrada al misterio absoluto e infinito de la Trinidad. Y ahora decimos que es un vehículo de transformación humana y social absolutamente impresionante.
El último elemento que quiero destacar es la novedad que tiene aquello de la voluntad de Dios. Dice el texto que más conocemos, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Con el debido respeto a todos y sin ninguna presunción, es una traducción muy deficiente, porque realmente cuando se pronuncia así es como si estuviéramos diciendo que se cumpla la voluntad de Dios en la tierra y que se cumpla la voluntad de Dios en el cielo. Si nos vamos al texto original, que es el texto griego, encontramos que en realidad esta doble petición está ligada por una partícula que es Hos. Esa es la partícula griega, una conjunción Hos que lo que indica es una analogía o comparación. De modo que una traducción más precisa es que se cumpla la voluntad de Dios en la tierra, como ya se cumple en el cielo, es decir, que el cielo sea el modelo para la tierra. Esto tampoco es novedad absoluta. Cuando Dios le habló a Moisés en el libro del Éxodo y lo que aparece en general en el Pentateuco, le mandó hacer una tienda que fue la tienda del encuentro y en esa tienda del encuentro le dice, o mejor, para hacer esa tienda, Dios le dijo estas palabras a Moisés, te vas a ceñir al modelo que te voy a mostrar. De manera que la tienda del encuentro con sus medidas y con sus materiales y con su estilo, se supone que debería reflejar en alguna medida, reflejar el santuario del cielo de ese santuario nos habla después la carta a los Hebreos cuando dice que Cristo, al morir en la cruz, presentó su sangre, no en un templo de aquí de la tierra, sino en el templo del cielo.
Algunas personas se sienten incómodas cuando se empieza a hablar del cielo. Cuando yo estaba en mi formación de filosofía y teología, más o menos en el tiempo de formación en el que se encuentran aquí mis hermanos dominicos, cuando yo estaba en esa época estaba muy fuerte la idea de que si uno habla del cielo es que uno se está escapando de los dolores de esta tierra y que ese es un espiritualismo. Pero si uno mira textos de la Biblia, como por ejemplo el libro de Daniel, que es muy importante en este tema, uno se da cuenta que no hay nada más liberador, si se entiende bien, no hay nada más liberador que hablar del cielo. Y por algo Cristo nos enseña a decir Padre Nuestro del cielo, Padre Nuestro que estás en el cielo. No se trata de que Cristo esté situando a Dios en una esfera lejana, porque muy al contrario, al llamarlo Padre, expresa una relación cercanísima, como ya explicamos. Entonces, cuando Cristo dice que el Padre está en los cielos, no lo está alejando, el cielo, y repito textos claves están en el profeta Daniel, lo que indica es la soberanía de Dios, más allá de la astucia, las pretensiones, los egoísmos, la violencia de los imperios de esta tierra. De tal modo que, como muestra este profeta, los imperios de esta tierra, precisamente en la medida en que se endiosan, terminan volviéndose homicidas.
Pero en la medida en que volvemos nuestra mirada al que es verdadero y único Dios, y que está por encima de todos, como el cielo está por encima de la tierra, entonces encontramos la medida justa para que el poder no se vuelva un ídolo y para que nosotros no nos volvamos lobos, los unos para con los otros. Es muy llamativo que un hombre que nunca fue cristiano, pero que tenía cierto respeto por el cristianismo. Estoy hablando de Gengis Kan. Él tenía un tipo raro de espiritualidad y para él, la única espiritualidad en la que creía era en la supremacía del cielo contemplado en el inmenso firmamento de Mongolia y de Siberia y de las estepas asiáticas. Entonces, cuando se habla de que se cumpla la voluntad en la tierra, como se cumple en el cielo, lo que estamos diciendo en el fondo es no voy a idolatrar a nada ni a nadie, a ningún sistema político, a ningún sistema filosófico, a ninguna criatura de esta tierra, porque sólo rige y solo importa en realidad el Dios de los cielos, la voluntad del que está en el cielo. En este sentido, el Padre Nuestro es una oración impresionantemente liberadora, porque al situarse por encima de los sistemas filosóficos, económicos, políticos, está haciendo que nosotros podamos mirar con la debida perspectiva, incluso con la debida distancia, todo lo que se ponga de moda. Y esa maravilla de distancia libera el corazón y lo dispone para tener un solo señor.
Termino recordando a uno de los más grandes intelectos que ha tenido la Iglesia Santo Tomás de Aquino. Muchos han dicho que Santo Tomás habló de tal manera y es tan completo su sistema que puede ser comparado a una bellísima catedral, sobre todo en el estilo de las catedrales góticas, las catedrales medievales, una construcción maravillosa donde todo se va apoyando una cosa en la otra hasta llegar a una altura impresionante. Y a mí me parece muy llamativo que este hombre que creó para la Iglesia Católica una catedral de pensamiento tan fantástica, sin embargo, se sentía libre de esa catedral y por eso, cuando tuvo su experiencia mística del seis de diciembre de mil novecientos setenta y tres, después dice, quemen eso, es quemen la Suma Teológica, que para nosotros es una lumbre inmensa. Quemen eso, acaben con eso, ese no es un acto de locura. Esa es la soberana libertad del que tiene conciencia de que Dios está muy por encima de los más altos vuelos de la inteligencia humana o de nuestros propios deseos. Mis hermanos, el Padre Nuestro es inagotable. Es la oración de Jesús. Es la manera de entrar en su propio misterio. No olvidemos esos tres elementos; el Padre, el Reino y la voluntad. Y al decir hoy en la Misa, esa oración, que el Espíritu Santo nos conceda pronunciarla con mayor profundidad, con mayor convicción y con mayor fruto. Amén.

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